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El reverendo (First Reformed) (***1/2)

26 septiembre 2018

Nadie sabe lo que piensa Dios

Un ex capellán de campaña dirige una iglesia calvinista en una pequeña localidad del estado de Nueva York. Todavía no ha superado el fallecimiento de su hijo, ocurrido en Irak cuando una joven feligresa le pide ayuda. Está embarazada y su marido, un activista contra el cambio climático, quiere que aborte.

La cámara se acerca muy lentamente a una iglesia de aspecto colonial holandés. Su fachada aparece cuidada y en su interior el reverendo que la tiene a su cargo ha comenzado a escribir un diario sobre papel, y a pluma. Diariamente, durante un año, anotará sus vivencias. Pasado ese tiempo, lo destruirá. Así arranca la última propuesta fílmica del cineasta y escritor Paul Schrader, responsable de títulos como American Gigolo y Mishima, pero que en los años trascurridos de este siglo nos había dejado demasiadas sombras y escasa luz. Todo lo contrario que este largometraje, con el que vuelve a situarse muy próximo a la cima de su dilatada filmografía.

Su protagonista es el ministro de la Iglesia Reformista Ernst Toller –Ethan Hawke-. Se trata de un ex capellán del ejército que, siguiendo la tradición familiar, animó a su hijo para que se alistase. Encontró la muerte en Irak, lo que provocó la ruptura de su matrimoniomuy pocos se mantienen unidos tras la muerte de un hijo- y favoreció su adicción a la bebida. No demasiado, pero sí suficiente. Aquejado de fuertes dolores y de hematuria en sangre, su médico ve claros indicios de un cáncer, lo que pretende confirmar con una gastroscopia, si bien él no lleva a cabo ningún cuidado especial.

Su iglesia va perdiendo feligreses de forma gradual y, muy a su pesar, se ha convertido en un lugar de visita para aquellos turistas casi despistados que se encuentran con una capilla, auténtica reliquia, que está a punto de conmemorar su 250 aniversario. A los actos previstos acudirán las fuerzas vivas, tanto políticas como religiosas, así como hombres influyentes. Ese es el caso de Edward Balq –Michael Gaston-, que aporta generosos donativos a Abundant Life, el centro del que depende la parroquia de Toller, situada en Snowbrige, al norte del Estado de Nueva York. El pastor Jeffers –Cedric Kyles- es quien está al frente de esa Iglesia que posee todas las comodidades, e incluso un gran auditorio y un ajustado coro.

La inercia del personaje central se ve modificada cuando Mary –Amanda Seyfried-, una de sus parroquianas, solicita su ayuda. Está embarazada, pero su marido, Michel Mansana –Philip Ettinger-, quiere que aborte. Se trata de un activista ecológico, que fue detenido recientemente en Canadá por su postura beligerante contra el cambio climático. Su esposa ha encontrado un chaleco bomba en el sótano de su casa. Ambos hombres se citan e intercambian posturas. Michel no quiere traer un niño al mundo sabiendo que el año 2050 nuestro planeta será casi inhabitable.

Cuando, posteriormente, el reverendo Toller tiene acceso a los archivos de Michel empieza a dudar. Cuando menos, a plantearse la vida de otra manera. Afirma que nadie sabe lo que quiere Dios, discute acerca de la contaminación atmosférica con Edward Balq y desprecia a Esther –Victoria Hill-. Ella es una aplicada devota que ansía cuidarle y convertirse en su compañera. Parece ser que hubo una aproximación anterior entre ambos que el reverendo pretende olvidar, máxime en unos momentos en los que no quiere compromisos y sí enfrentarse al devenir en solitario, asumiendo todas las consecuencias.

El comienzo del largometraje nos predispone para una obra mascada, que transcurre a tiempo lento y se nutre de la voz en off del protagonista. Las palabras que se escuchan coinciden con lo que apunta en su diario. Con una fotografía certera de Alexander Dynan, sorprende que haya sido rodada en un formato casi cuadrado que potencian los largos planos del film. Un título en el que predomina el dolor, pero también el deseo, donde Ethan Hawke se muestra como un actor brillante a lo largo de un trabajo de dirección pulcro y eficiente. En su primera parte, Ingmar Bergman, e incluso Michael Haneke aparecen como referencias en la puesta en escena. Emerge como un producto más europeo que se transforma en más salvaje y más norteamericano desde el momento en que tiene lugar el hecho que modifica el comportamiento del protagonista. Una secuencia de juego en pareja, nada sexual pero muy erótica desembocará en un final que puede confundir al espectador. Es tan sorprendente como inesperado. Una obligación a intercambiar pareceres y a profundizar en sus personajes.

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