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Gauguin, viaje a Tahití (Gauguin: Voyage de Tahiti) (*1/2)

3 octubre 2018

El artista y su musa

Un desesperanzado Gauguin decide marcharse a Tahití en 1891 para encontrar nuevos alicientes con los que alimentar su arte. Quiere profundizar en una temática más simple y libre. Una vez en la Polinesia conoce a una muchacha que servirá de fuente de inspiración para sus obras más conocidas de ese período.

Eugène Henri Paul Gauguin dejó atrás todo para irse a la Polinesia francesa, concretamente a Tahití. Contaba con 43 años y su salud empezaba a declinar. Quiso comprometer a otros artistas de su generación, pero ninguno decidió acompañarle. Ese es el arranque del biopic dirigido por el escritor y cineasta francés Edouard Deluc. Para ello, se apoya en una ambientación sugerente y un diseño de producción más que convincente, si bien el conjunto resulta bastante convencional y hasta monótono.

Desconocemos las verdaderas razones que le impulsan a Gauguin a exiliarse en Tahití. Sí sabemos que no obtiene con su pintura los réditos suficientes para llevar una vida más que digna. El guion nos oculta los motivos por los que el mundo del arte le daba de lado ni el género de sus pinturas en relación a la moda imperante en París en la década final del siglo XIX. Era el momento de Toulouse Lautrec, por ejemplo, pero lejos del Moulin Rouge, nuestro protagonista se divertía en tugurios con otros personajes de vida alegre, incluidas mujeres semidesnudas.

Su esposa Mette –Pernille Bergendorff- decide no acompañarle tras visitarle por última vez con sus cinco hijos y constatar que el pintor vivía en una pocilga. De esta forma, partió rumbo a Tahití en los que sería su primer viaje a esa isla del Pacífico. Una vez allí, la atención se centra en otros tres personajes. Henri Vallin –Malik Zidi- era un médico que se convirtió en su mejor amigo, Jotépha –Pua-Taï Hikutini- figuraba como su vecino y figura más próxima a excepción de Tehura –Tuheï Adams-, la mujer que se convirtió en musa de sus cuadros más significativos. Aquellas obras del postimpresionismo que terminaron ejerciendo una decisiva influencia en genios posteriores, incluido Pablo Picasso.

No se cuenta ese detalle en el film, ni tampoco lo que encontró en Tahití para quedar cautivado y profundizar en un estilo que había anunciado durante sus períodos en Bretaña. Ahora resultaba más exuberante, con una destacada insistencia en retratar a Tehura con los pechos o todo el cuerpo al descubierto. También una frondosidad, una montaña y un océanos que rara vez se muestran las imágenes. El foco apenas se abre y los atractivos exteriores se quedan en atisbos de lo que esperábamos.

Lo mismo sucede con la propia vida del artista. Más que una aproximación a su figura, pretende acercarse a una historia de amor entre Gauguin y Tehura, a quien le conceden los nativos como esposa. Ambos aceptan, aunque en el film la edad de la chica es superior a los trece años que figuran en cualquier biografía. Malvende sus trabajos, si bien parece importarle más su arte que cualquier otra cosa, como llevar alimento a su mísera morada. Recela cuando ella solicita un vestido blanco para ir a la iglesia, lo que él rechaza, aunque en épocas anteriores hubiera pintado crucifijos.

Se hace hincapié en la delicada salud de un protagonista. Se obvia su autorretrato, evocando a la capital francesa, pero sí que se encuentra aquejado de diversos males, incluido el corazón. No es óbice para que lleve a cabo trabajos penosos con el fin de alimentar a su esposa después de un primer episodio de celos con su vecino. Ayuda a entender el personaje el buen hacer de Vincent Cassel quien, con el rostro salpicado de arrugas y una barca cana junto al sombrero de paja, establecen una fotografía creíble del protagonista. Un hombre avejentado, decrépito y con unos andares que el actor parisino recrea con acierto.

El resumen presenta un largometraje que esboza muchos temas, como la sexualidad, la religión, el colonialismo y las intrigas comerciales. Ninguna de ellas puede satisfacernos porque nunca se llega al fondo y el conjunto se recrea en la monotonía. Todo él respira melancolía, como las pinturas de Gaugin, siempre al límite de ese estado de ánimo que refleja Tuheï Adams en una acertada elección de casting. Un viaje al paraíso que raya en lo superficial, que se deja llevar por algo de pintura, los cuadros más relevantes de esa etapa con Tehura como modelo, y que se asemeja más a una faena de aliño que a una introspección en la vida, la obra y la época de Eugène Henri Paul Gaugin.

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