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Miau (*1/2)

17 octubre 2018

Una película sobre la felicidad

Cuatro jubilados están a punto de perder su último tren, pero quieren sentirse vivos y huir del aburrimiento. Por eso trazan un plan descabellado que para ellos resulta suficiente para vencer a la abulia. Cuando se presenta la ocasión,  se ponen manos a la obra para perpetrar un robo a todas luces imposible.

Zaragoza es el epicentro de este relato, basado en la primera novela de Juan Luis Saldaña, cuyo título no deja de ser sorprendente: Hilo musical para una piscifactoría. La adaptación ha corrido a cargo de Ignacio Estaregui, rematando de esta forma su segundo largometraje. Prácticamente, ha  respetado muchos de los lugares que se describen en la novela, desde la cafetería Cibeles, que conserva su estética setentera, a esa playa recreada y nombrada como La Cala del Encantado.

El protagonista es Telmo –José Luis Gil-, un tipo que está escribiendo un ensayo acerca de uno de esos chistes cortos que consideras absurdo pero con los que te ríes indefectiblemente. Tiene que ver con el dependiente que no encuentra en la tienda un traje de camuflaje porque es muy bueno. Hay quien  investiga para llegar al centro del meollo, y quien se traslada a la zona cero de cualquier acontecimiento para tener conciencia de los círculos concéntricos que genera. Telmo quiere llegar a aquella persona que inventó el chiste, aunque para ello tena que preguntarle a sus conocidos o el mismísimo alcalde de la localidad en que vive.

Tiene un buen amigo en Aramendi –Álvaro de Luna-, un personaje más retraído e inseguro. Si hay que acompañar, se acompaña, aunque siempre en segundo plano. Mucho más echada hacia adelante es Eladia –Luisa Gavasa-. Propietaria en su día de un negocio de restauración, Telmo fue el único que se dio cuenta de los amores que profesaba con su socia. Ambas se fueron a Barcelona, donde vivieron años maravillosos como pareja, hasta que su compañera la abandonó a Eladia y por ello terminó regresando a sus raíces.

Nadie en su sano juicio podría esperar un gran futuro para estos personajes, inquietos a su manera, pero castigados por el paso del tiempo. Sus esperanzas son leves hasta que entra en escena Monreal, que por muy aragonés que sea, al estar interpretado por Manuel Manquiña, no puede evitar el acento gallego. Van a recogerle a la salida de la cárcel, donde ha cumplido ocho de sus diez años de condena. Ahora, regresa a la libertad con todas sus esperanzas intactas y con el deseo, sobre todo, de vivir.

El propio Monreal es quien propone a los otros tres una locura, nada menos que robar una escultura áurea del Museo Pablo Gargallo, donde se expone buena parte de la obra de Kiki de Montparnasse, quien fuera musa de los artistas parisinos en el período de entreguerras, y cuyo verdadero nombre era Alice Prin. La empresa es descabellada, pero propone algo diferente en la vida triste y descendente de sus amigos. Por lo menos, tienen un motivo por el que luchar y tiempo para emplearse a fondo en un objetivo que requerirá toda su atención.

Lo que podría ser una comedia de jubilados en torno a un golpe que asegurase su vejez no lo es tanto. Interesa menos el dinero que el sentirse vivos, que matar el tiempo antes de que el tiempo les mate a ellos. No hay risa fácil que oculte un interior mucho más dramático de lo que se supone. Las concesiones quedan ausentes. Bien es verdad que es una tontería poner hilo musical en una piscifactoría. Tanto, como la empresa que pretenden llevar a cabo los cuatro protagonistas, fuera de lugar y de conocimientos.

El zaragozano Ignacio Estaregui adapta también la novela a su modo, con una voz en off que subraya las pesquisas de Telmo. Su puesta en escena se aparta de retruécanos y de la más mínima superficialidad. En parte, suponemos, por el presupuesto apretado. El desarrollo es irregular, con personajes adorables, como el de Monreal, y otros que no concuerdan demasiado. Álvaro de Luna, que debiera estar menos olvidado,  es mucho actor para un Aramendi poco menos que insustancial. José Luis Gil es quien da impulso al carro con su tirón popular. Tampoco necesita emplearse a fondo para cumplir con un personaje sin demasiados recovecos.

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