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Burning (Buh-ning) (***1/2)

18 octubre 2018

Un triángulo bien masticado

Un mensajero se encuentra con una vecina suya cuando eran niños. Ella se va de viaje a África y le pide que cuide a su gato. Cuando vuelve le presenta a su amigo a un joven misterioso y de buena posición que conoció en el Continente Negro. Este personaje revela un ritual bastante extraño.

Corea del Sur suele depararnos producciones en las que impera la violencia pero también dramas intimistas de un elevado valor cinematográfico. Entre sus cineastas más atractivos en relación con estas últimas propuestas destaca la figura de Lee Chang-Dong. Sus guiones son tan sutiles como sus magníficas puestas en escena, que incluyen títulos como Oasis, el film más valioso en su interesante carrera.

Hasta ahora, ha filmado sus propias historias en las que disecciona con habilidad las relaciones sentimentales, ya sea las protagonizadas por jóvenes como las referentes a personas de edad avanzada. Introduce su bisturí en las obsesiones de sus caracteres, aunque también le saca enorme partido a la relación de estos con problemas de salud. En esta oportunidad se basa en un relato original del literato japonés Haruki Murakami. Un texto que le permite ahondar en la pareja, si bien en este caso se centra en un triángulo que obtuvo el premio FIPRESCI en la última edición del Festival de Cannes.

Jong-Soo –Yoo Ah-In- cumple su trabajo como mensajero cuando una azafata que anuncia una lotería, Haemi –Jeon Jong-seo-, se identifica como una antigua vecina cuando eran adolescentes. Todo apunta a que ella quiere iniciar una relación más profunda con él, hasta que finalmente tiene lugar un encuentro amoroso en su casa. Haemi tiene previsto llevar a cabo un viaje por África y le pide a su amigo que cuide de su gato, lo que él cumple de manera escrupulosa en un apartamento que no destaca por su orden.

Cuando regresa Haemi lo hace acompañada por otro joven, Ben –Yeun Steven-, un tipo enigmático y aparentemente en buena posición social. Los tres se reencuentran en la casa de Jong Soo, donde cuida la herencia familiar: una vaca, diversas aves y otros productos del campo. Es el lugar en el que creció cerca de la chica que ha entrado con fuerza en su vida y donde se sorprende de la confesión de Ben. Cuando está deprimido o tiene que vengarse de alguien, quema un invernadero vacío, una forma de proceder que cala en el protagonista.

Previamente, a que Jong Soo manifieste su innegable interés por la fórmula de Ben para desmarcarse de sus problemas, y de que marche en busca de algo que prender con un poco de gasolina y un mechero, tiene lugar una se las secuencias cumbres de la película. Sentados los componentes del triángulo amoroso al aire libre y en torno a una botella de vino, ella se levanta, se queda desnuda de cintura para arriba y comienza a bailar a contraluz de un sol que se pone por el horizonte.

Es habitual que el cine de Lee Chang-Dong nos deje imágenes para el recuerdo. También, que desnude a sus personajes interiormente, y que lo haga en torno a la bebida. Sin embargo, este film está lleno de simbolismos que incrementan el misterio de una historia morbosa, retorcida y desconcertante. Filmada con una inteligencia al alcance de muy pocos, el mayor pero de esta producción, que algunos espectadores pueden considerar algo decepcionante en su final,  es su excesivo metraje. Casi dos horas y media de duración parece demasiado a pesar del interés que emana desde la pantalla.

Es difícil de asumir que con tan solo tres personajes relevantes se puede mantener la atención de esa manera durante tanto tiempo. No cabe duda de que las obsesiones tan caras al director, que en este caso representan los celos y la sed de venganza, pueden extenderse tanto sin que apenas lo advirtamos gracias a una tensión que se mantiene prácticamente hasta la conclusión. Hablar de un thriller será excedernos, posiblemente, pero no cabe duda de que la intriga permanece desde los primeros minutos de exhibición.

Lo que sí consigue Chang Dong de forma admirable es la combinación de la calma y la tensión que se respira a consecuencia de la historia. Cada nueva secuencia provoca sorpresa, puesto que no se esperan los derroteros que toma la película. El espectador puede sentirse confundido, aunque no tiene motivos para preocuparse porque es consciente de que antes o después, el cineasta pondrá todos los elementos en su lugar. La fragilidad de la relación triangular está contada son sutileza, al igual que los excesos a que pueden conducir los celos y la venganza. Su autor se aproxima en cada nueva propuesta a una obra maestra con mayúsculas.

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From → Cine

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