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Bohemian Rapsody (**1/2)

31 octubre 2018

Queen en concierto

Biopic centrado en la figura de Freddie Mercury, el carismático cantante de Queen. Poseedor de una voz incomparable, dotó a sus compañeros de una personalidad propia tendente a la búsqueda de algo distinto. Una auténtica leyenda musical de vida azarosa y éxito incomparable.

Freddie Mercury está a punto de salir al escenario, junto con el resto de componentes del grupo Queen para intervenir en el viejo estadio de Wembley durante los veinte minutos asignados en el Festival Live Aids organizado por Bob Geldorf –Dermot Murphy- para combatir el hambre en África. Le vemos de espalda, con los vaqueros y la camiseta con los hombros al descubierto que ha dejado una imagen para la historia. Sabemos que de inmediato se nos contará su historia hasta llegar a ese momento.

Encontramos a Farrokh Bulsara –Rami Malek- descargando maletas en el aeropuerto de Heathrow. Por la noche acude a un garito donde el grupo Smile ofrece su música. Ese día, Brian May -Gwilym Lee- y Roger Taylor –Ben Hardy- se quedan sin voz solista y sin bajista. El joven nacido en Zanzíbar se ofrece, pero inicialmente le rechazan por su dentadura prominente. Nací con cuatro incisivos, dice, y añade que esa característica da mayor profundidad a su voz. Cuando le escuchan cantar se olvidan de sus dientes. En la próxima actuación será la voz solista, con John Deacon –Joseph Mazzello- al bajo.

Asistimos desde ese momento al irrefrenable ascenso de Queen, nuevo nombre del grupo, al que en sus orígenes consideraban adscritos a la escuela de Led Zeppelin. La discográfica EMI los firmó y quedaron bajo la tutela de Ray Foster –Mike Myers-, un ejecutivo poco favorable a las innovaciones. Por eso, y pese a las intenciones del grupo, Bohemian Rapsody no salió como single de su segundo álbum. Los seis minutos de duración la convertían en poco menos que no irradiable en cualquier emisora.

Farrokh cambió de nombre y apellido, dejó a su familia y encontró una compañera en la persona de Mary Austin –Lucy Boynton-, a quien llegó a pedirle matrimonio. Cuando el éxito del grupo era irrefrenable y las giras por todos los continentes se sucedía, el cantante, compositor y pianista cayó en las redes de Paul Prenter –Allen Leech-, su gerente personal. En una conversación con Mary le llega a decir: Creo que soy bisexual. No, eres gay, responde ella. Es el primer toque de atención de una historia que hasta entonces se presentaba como un biopic al uso, con una soberbia interpretación de Rami Malek, unas canciones fantásticas, no solo de Queen, y una puesta en escena ordenada y elegante pese a la extraña tendencia de un color demasiado oscuro.

Asistimos a la degradación de Freddie Mercury, paralela al fervor profesado por sus fans. Paul Prenter le llevó por el camino más oscuro de drogas, alcohol y sexo, alejándolo al artista de todo lo que le rodeaba, a excepción de sus gatos. Mary sufrió las consecuencias, como también sus managers, John Reid –Aidan Gillen- y Jim Beach -Tom Hollander-. Incluso, le recomendó firmar un contrato multimillonario con CBS para grabar dos discos en solitario, lo que le alejó momentáneamente de la banda. Para entonces, el sida ya se había apoderado de su cuerpo, y en aquellos momentos era una enfermedad mortal.

Después de seis años de preparación, y cambio de elenco y director, Bryan Singer se hizo cargo del proyecto. No trata a Mercury como uno de sus X-Men, pero casi. Se detiene en el parecido físico de sus personajes, incluido David Bowie –Max Bennett-, hasta el punto de que parece que parece que asistamos a una edición especial de Tu cara me suena. El guion se escapa por cualquier lado que se mire. Únicamente hay pinceladas de los miedos del protagonista, especialmente su temor a la soledad, y el sexo y la espiral a que se sometió el cantante tampoco se manifiestan con profundidad. Da la sensación de que no se quiere molestar ni transgredir ciertos límites para conseguir que la película sea aceptada mayoritariamente.

Y lo será, desde luego, porque las canciones resultan suficiente reclamo y porque contiene imágenes espectaculares. Ese Wembley abarrotado es una buena herencia de los efectos especiales de los súper héroes. También, porque se centra en un personaje enormemente carismático. Esta producción no va sobre Queen, sino sobre Freddy Mercury. De otra forma no se explica que el nombre completo de Brian May solo se pronuncie una vez y ninguna el del resto de componentes de la banda.

Dicho esto, también tengo que convenir que he pasado un buen rato, me he entretenido y hasta es disfrutado por momentos. Lo que no quita para echemos la culpa a Bryan Singer de una parte final lacrimógena y llena de tics y clichés no sólo del mejor cine musical, sino también  del melodrama más casposo. Insertos durante la actuación del Live Aid para provocar la lágrima fácil deberían estar ausentes para componen un producto mucho más serio y sugerente. Freddy Mercury lo merece. Como también hubiera merecido recordar Barcelona junto a Montserrat Caballé, teniendo en cuenta el título del film y el hincapié que hace el protagonista en fusionar la ópera con el rock. En el hecho de que las letras de las canciones pudieran estar subtituladas no nos vamos a detener.

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