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El árbol de la sangre (**)

1 noviembre 2018

Familias y secretos

Una joven pareja se instala en un caserío con la intención de escribir las historias correspondientes a sus propias familias. De esta forma, irán dibujando su árbol genealógico. Entre sus recuerdos aflorarán traiciones, verdades ocultas y secretos celosamente guardados entre unos y otros.

Con su debut en el mundo de los largometrajes con Vacas –1990- el donostiarra Julio Médem se convirtió en uno de los jóvenes cineastas españoles mejor valorados. Fue una década importante para él, hasta que con el siglo XXI sus propuestas se volvieron más caóticas, indefinidas y con unos guiones farragosos que debilitaban su comprensión. Sus últimas películas no pasaban del aprobado raso y se esperaba El árbol de la sangra con expectación y deseo de que levantase el vuelo.

Esta historia, escrita por él mismo, no le ayuda en ese propósito que mencionábamos. Se centra en una pareja de amantes, Marc –Álvaro Cervantes- y Rebeca –Úrsula Corberó- que se desplazan hasta un caserío en el País Vasco con la intención de recomponer la historia de sus familias y repasar sus correspondientes árboles genealógicos. Cada uno repasa su parte, desde la boda de sus padres y sus propias vidas desde, prácticamente, su nacimiento. Sus madres respectivas son dos mujeres relacionadas con el arte. Macarena –Najwa Nimri- toca el piano desde niña, canta y compone canciones, pero su salud mental es débil. Es la madre de Rebeca, cuyo padre es desconocido, pero Víctor –Daniel Grao-, un fan de la artista, terminó casándose con ella y comportándose como un verdadero padre con la niña.

La madre de Marc es Amaia –Patricia López Arnáiz-, una escritora que triunfó con su primer libro y quien, posteriormente, formará una pareja estable con su editora, Nuria –Maria Molíns-. Previamente, había tenido un romance con el que fuera chófer de sus padres, Olmo –Joaquín Furriel-, un tipo extraño, seductor y de oscuro pasado. El devenir de ambas familias se entrelaza en diversos momentos hasta el punto de que resulta difícil, inicialmente, seguir el hilo conductor al pasar el relato de uno a otros protagonistas. Además, también entran en escena los abuelos, interpretados por José María Pou, Ángela Molina, Emilio Gutiérrez Caba y Luisa Gavasa.

La intriga está servida, pero también un relato de odios, secretos, amores, violencia y sexo, mucho sexo, tan del gusto de Médem. Mientras intenta diversificar su historia, las secuencias eróticas comienzan normalmente mostrando los pies de la pareja que se entrega a la pasión para terminar posteriormente por un plano situado casi a la altura de sus cabezas. Todo lo contrarios de las ubicaciones de su relato, que van desde el País Vasco a la Costa Brava pasando con las playas alicantinas, Andalucía y el Pirineo oscense. Casi como un largometraje de espías, pero desplazándose únicamente por la Península Ibérica.

La puesta en escena es ambiciosa por momentos, entremezclando a veces en la pantalla los dos jóvenes protagonistas con algunos de sus antepasados. Esa idea le concede un áurea irreal, casi fantástica, del que descendemos con el enorme árbol que aparece junto al caserío a modo de notario de lo que ha sucedido en torno a él. La banda sonora, en la predominan las cuerdas, siempre con el violoncelo como instrumento destacado, ayuda a ese aspecto lánguido que predomina en las imágenes.

Hay muchas intrigas y muchos secretos. Demasiadas cosas en las casi dos horas y cuarto de proyección. No se quiere hablar de política, pero se recuerda los niños enviados a Rusia durante la Guerra Civil, al tiempo que se recurre a la mafia georgiana para justificar ciertos aspectos de un guion río con características de folletín. Un drama que, estirado, podría dar para una serie televisiva en la que predominasen los engaños de todo tipo, y los asuntos más recónditos y rebuscados que pudiéramos pensar. Celebramos el regreso a la pantalla grande de Úrsula Corberó y reconocemos la valía de Julio Médem como cineasta. Lo que no nos llena tanto es una historia con demasiados recovecos, que desemboca casi en un galimatías. Es loable el intento de profundizar en cada uno de los personajes, aunque al final su desarrollo es bastante desigual.

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