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Sin fin (**1/2)

3 noviembre 2018

Segunda oportunidad para el amor

Javier viaja en el tiempo. Retrocede porque quiere recuperar el amor de María. Pretende regresar al momento en que se conocieron, cuando se enamoraron. El objetivo es que ella vuelva a ser la muchacha risueña y alegre que se convirtió en el amor de su vida.

Otra cosa es la realidad, pero el cine nos ha demostrado en la pantalla que para el amor siempre hay segundas oportunidades. Las comedias románticas se basan en el recurrente chico conoce a chica, o viceversa, que se enamoran, rompen su relación y vuelven a estar juntos. Los dramas terminan en ruptura, que se produce de muy distintas formas. Rara vez en este género se produce un final feliz, y esa inercia es la que precisamente quieren romper César y José Esteban Alenda con esta historia.

Después de acumular decenas de premios internacionales con sus cortometrajes, incluido un Goya, debutan en el mundo del largometraje con una historia basada en uno de sus trabajos anteriores, Not the End. Los hijos de quien fuera el distribuidor independiente más importante del cine español, y salvador de la cantera futbolística del Atlético de Madrid, demuestran que aman al cine y que lo comprenden. No defrauda su película, ganadora del premio de interpretación masculina en Málaga. Con su empresa, Solita Films, pretenden respaldar proyectos personales y de calidad. El suyo cumple esas normas.

La propuesta se basa en un viaje en el tiempo, pero no se trata de una historia de ciencia ficción ni tampoco un remedo de cualquier novela de Nicholas Sparks. Aunque hay aspectos que se entremezclan con los anteriores, Sin fin es más un viaje interior. Tampoco pretende en su desarrollo enmendar posibles culpas del pasado o corregirlas. Existe una clara intención de autoanálisis, de aprender de los errores propios y del desencanto que se incrementa en uno mismo a medida que transcurre el tiempo.

Javier –Javier Rey- aprovecha la máquina del tiempo de su creación para regresar y encontrarse nuevamente con María –María León-. Ve como su yo de mediana edad se levanta del lecho conyugal y se va a trabajar sin apenas despedirse. Ella se provoca cortes en su cuerpo producto de la frustración. Se autolesiona como válvula de escape. Espantado, Javier se va de la casa, pero se encuentra con su yo de setenta años –Juan Carlos Sánchez-, que le recuerda el vacío y el dolor causado por la pérdida de María. El regreso esta vez le lleva al momento en que hablaron por primera vez.

Fue en un autobús nocturno. Javier emerge como un joven solitario, introvertido, tímido y aplicado a sus estudios. Ella acaba de dejar su trabajo en una discoteca y será la última vez que se suba a ese colectivo. Es una muchacha alegre, desenfadada y segura de sí. Él le explica su pasión por los amaneceres y las puestas de sol. Desde una terraza madrileña ven despuntar el alba y ella le pide que le deje tiempo junto a él. Hasta el ocaso. De esta forma, emprenden un viaje hacia Conil donde, según María tiene lugar la más bella puesta de sol.

Ese recorrido se ve salpicado de situaciones en las que aparecen ellos de jóvenes, pero también cuando han cumplido la mediana edad. Antes era ella quien se insinuaba, la que deseaba acercarse a un hombre que aparentemente la había fascinado. Pero Javier regresa para aproximarse a María. La necesita. Su vida, aunque pudiera ser exitosa en su trabajo, está vacía sin ella, que se extraña de ese proceder tan diferente al vivido. El protagonista masculino sabe que es su única oportunidad y no quiere dejarla escapar.

Mari Paz Sayago y Paco Ochoa completan un reparto escaso, con otras intervenciones cortas que únicamente ayudan a profundizar en un relato nostálgico y dramático. Las distintas épocas se alternan en la pantalla, aunque son perfectamente diferenciables. El cabello de Javier es más largo y alborotado cuando es joven, tiene una cuidada barba que empieza a canear con la mediana edad, y el pelo absolutamente blanco cuando la alcanza la tercera edad. María luce una melena larga y lacia cuando es joven y un corte prácticamente de chico cuando su hombre regresa del futuro con intención de revivir sus recuerdos y volver a soñar juntos.

La historia es convincente y se sigue sin dificultades. Puede despistar al principio, cuando Javier se ve así mismo en dos momentos iguales de su existencia, pero todo se aclara de inmediato. Las interpretaciones, basadas sobre todo en miradas, se elevan en los silencios. Probablemente, se puede aducir que la puesta en escena resulta demasiado descarnada, austera como la propia historia. Reluce el aspecto intimista, quizás, un poco obligado por la escasa financiación.

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