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Lazzaro feliz (Lazzaro felice) (***1/2)

5 noviembre 2018

Esclavo de los esclavos

Un joven agricultor de apenas veinte años forja una fuerte amistad con el hijo de la marquesa para quien trabaja. El afecto se fortalece cuando el noble le pide que le ayude a fingir su propio secuestro. El vínculo entre ambos llega a tal grado que Lazzaro se verá obligado a ir a la ciudad por primera vez.

Cada uno de los largometrajes de la joven cineasta italiana Alice Rohrwacher es sensiblemente mejor que el anterior. Con esta fábula, salpicada de realismo fantástico, estuvo a punto de llevarse la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, aunque tampoco se fue de vacío después de recibir el galardón correspondiente al mejor guion. La historia se basa en una historia real que habla de una forma de esclavitud en época actual.

Nos encontramos en La Inviolata y poco a poco conocemos más detalles de esa explotación agrícola. De momento, nos conformamos con la pedida de mano de Maria Grazia –Saria Pascal Attolini- y el deseo de los novios por irse a la ciudad. La urbe es algo utópico. Tanto, que como veremos más adelante, el puente que une la finca con, se supone, el resto del mundo, está semiderruido. Niccola –Natalino Balasso- llega repartiendo caramelos a los niños antes de reunirse con los trabajadores del lugar. Después de hacer las cuentas llega a la conclusión de que son ellos quienes deben dinero a la Marquesa Alfonsina de Luna –Nicoletta Braschi-, la propietaria del lugar, la reina del cigarrillo, ya que la plantación que rodea la casa señorial es de tabaco.

Ya nos hemos familiarizado con Lazzaro –Adriano Tardiolo-, un joven de apenas veinte años al que todos mandan. Parece que su único pariente es su abuela, una anciana liviana a la que transporta en brazos cuando es menester. A él se le encargan todas las labores de la más ínfima escala social. No rechista. Cualquiera diría que se trata de un disminuido psíquico, pero no es cierto. Es piadoso y sensible. La bondad parece su única razón de ser. Tanto, que la marquesa dice que ella encarga a su gente las tareas y ellos a Lázzaro. No rechista, al igual que los primeros cristianos ante el sacrificio.

Es el último eslabón de una cadena que, en pleno siglo XXI, nos retrotrae a la época más oscura del vasallaje. Las gentes que trabajan en esa hacienda no pasan de ser meros esclavos, sin posibilidad de abandonar un trabajo por el que, además, han de pagar a la propietaria. Todo ello en un ambiente yermo y cálido a la vez, a excepción de las grandes hojas de tabaco. A Lazzaro le susurran desde el campo frondoso. Se diría que porque él es alguien especial. También porque le obliga el trabajo. Lazzaro mira a la luna, de igual nombre que la marquesa. Únicamente mira.

Dos hechos vienen a modificar la vida de esa comuna de tiranizados. Llegan los carabinieri para poner las cosas en su sitio y abolir un sistema de vida tan injusto. Previamente, Lazzaro conoce a Tancredi –Tomasso Ragno-, el hijo de la marquesa. Un joven moderno que no parece estar a gusto con las reglas que imperan en la propiedad. En su absoluta bondad, el protagonista le da tabaco, porque tiene que fumar cuando le invade la tos, le sirve café y le oculta y le da aposento cuando Tancredi le pide que le ayude a fingir su propio secuestro. En la casa no le harán mucho caso porque ya ha urdido con anterioridad otras acciones, ni siquiera aunque la carta que anuncia el rapto se encuentre firmada con sangre. La de Lazzaro, claro, que el marquesito no quiere hacerse daño.

Una primera parte magnífica, con encuadre cuadrado y ritmo lento, pero absorbente y con un relato en el que lo real y lo fantástico se dan la mano, sin obviar leyendas de la zona ni acontecimientos que rayan en el milagro. Pasa el tiempo, y Lazzaro está en la ciudad buscando a Tancredi. Solo Antonia –Alba Rohrwacher-, la única persona que en la plantación le hacía un mínimo caso, llega a reconocerle. Se cruza con otros personajes, marginales siempre, como Ultimo –Sergi López-, que no puede obviar su ascendencia catalana.

En la ciudad la propuesta parece decaer con respecto a lo que sucedía en el campo. Los colores son más fríos y el entorno más impersonal. La película sigue rayando a gran altura, y las influencias de Luis Buñuel, Federico Fellini y Vittorio de Sica se mantienen. El mérito es que cualquiera de ellos podría haber firmado sin decoro esta producción, y no es que la autora haya bebido en las fuentes de esos maestros, o de que se perciba su influencia. Un auténtico hallazgo, rodado con actores no profesionales en su mayoría y gracias al cual puede que haya nacido una estrella. El trabajo de Adriano Tardiolo resulta tan auténtico como encomiable. En la recta final, su personaje sigue mirando la luna, pero una lágrima se escapa de su mejilla.

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