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Dogman (***)

6 noviembre 2018

El collar de la sumisión

A finales de los años ochenta el dueño de una peluquería canina en un pueblo costero está rendido a una especie de gigante delincuente y cocainómano. Cuando su vida personal llega a un alto grado de complicación decide tomar las riendas y dar un giro completo a lo que hasta entonces había sido su existencia.

A veces, basta con desarrollar una historia en un decorado  original y decadente para, con unos personajes marginales, recibir una sonora ovación en Cannes y representar a tu país en la siguiente edición de los Oscar. Posiblemente, echamos en falta aquel neorrealismo italiano de Rossellini y de Sica. Quizás, también falten directores que sean capaces de hacer una película interesante recurriendo a los suburbios y a las historias sensibles de seres humanos inmersos en la lateralidad.

A excepción de su fallida aventura inglesa, Mateo Garrone es de esos cineastas que ha demostrado inteligencia y buen oficio para sacar a flote ese tipo de propuestas. Lo demostró con Gomorra, y ahora aparca los enfrentamientos con armas de fuego gracias a este film, no exento de violencia, que se alzó con el premio de interpretación masculina en Cannes gracias a Marcello Fonte en su primer papel protagonista, aunque se fue de vacío en la Seminci vallisoletana.

La acción podría transcurrir en las afueras de Roma, pero está rodada en la localidad napolitana de Castel Volturno, y ubicada en el año 1988. Narra unos hechos reales  que se recuerdan en Italia como uno de los crímenes más espantosos de su historia reciente. Un hombre permaneció siete horas en una jaula para perros siendo torturado de manera salvaje, incluidas vejaciones y amputaciones en diversas partes de su cuerpo.

El protagonista es Marcello –Marcello Fonte- un peluquero canino cuyo establecimiento, Dogman, se encuentra ubicado en una zona de escaso atractivo, al menos en invierno. Junto a su local se encuentra el de un colega que compra y vende oro, mientras que un poco más allá se ubica el bar/restaurante donde los emprendedores que lo rodean se reúnen para almorzar y un local de juegos de azar. Mantiene una buena relación con sus vecinos. Es una persona aparentemente apocada, que tiene una hija de un matrimonio fracasado y que incrementa sus emolumentos pasando cocaína a a su alrededor.

Hay otro hombre cuya presencia resulta fundamental. Se trata de Simoncino –Edoardo Pesce-, un gigante matón y drogadicto que solo parece ablandarse ante su madre –Nunzia Schiano-. Marcello le respeta, le proporciona material para su adicción y, de vez en cuando, ejerce de chófer en los robos que perpetra el delincuente junto a otro colega. Luego se reparten el botín, aunque al personaje central siempre le quedan las migajas. Mientras tanto, disfruta con la peluquería y con los perros. Los de hay de todo tipo y condición, pero él demuestra su cariño y comprensión a todos ellos.

La existencia de ese conjunto vecinal se verá afectada cuando Simoncino, incapaz de satisfacer la deuda contraía con Marcello le pide a éste que le ayude a robar el establecimiento contiguo y hacerse con el oro que almacena. El protagonista se niega, pero le deja las llaves de su local una noche para que el gigantón derribe el muro que ejerce de linde y se haga con el botín. Será el propio Marcello quien se auto inculpe del robo, lo que le granjea la enemistad de los vecinos que en su mayoría habían pretendido eliminar con anterioridad al irascible matón debido a las extorsiones y palizas que sufrían por su parte.

Mateo Garrone, siguiendo los pasos de Sam Peckimpah, nos muestra la evolución de un hombre apocado en un superviviente que es capaz de mostrarse como el tipo más implacable. Viene a proponer que debemos liberarnos de las ataduras, de los collares que, como el caso de los perros, ayudan a la sumisión. Encuentra salidas lógicas, pero no airosas en este drama con ribetes de thriller.

Marcello es dependiente en todos los sentidos. De su hija Alida; de sus convecinos, a quienes provee de droga a cambio de afecto; y de Simoncino, al que proporciona cocaína para no sufrir las palizas que propina a otros. También de los animales con los que trabaja quienes, a la postre, demuestran ser más humanos que los personajes circundantes. Una buena película, en suma, más atractiva para aquellos que buscan cine diferente y comprometido, pero que se queda por debajo de la excelente Gomorra.

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