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I Hate New York (**1/2)

10 noviembre 2018

Punk y undergorund trans

Durante diez años el autor se adentró con una cámara doméstica y sin guion en la subcultura neoyorquina para relatarnos las intimidades de cuatro artistas y activistas trans. Mujeres, en general, que se han mostrado inconformistas y dispuestas a no aceptar las imposiciones del sistema.

La noche ofrece posibilidades que le parecen negadas al día. El mundo trans, por ejemplo, brilla especialmente cuando se pone el sol. Parece que en la oscuridad todo está permitido y se disipan las inhibiciones. Gustavo Sánchez se ha pasado diez años pata ultimar su primer documental. Más de ciento cincuenta horas de material bruto grabado con una cámara doméstica y siguiendo las normas más estrictas del movimiento Dogma. Ha contado con el respaldo de Juan Antonio Bayona, el cineasta, y de su hermano gemelo Carlos, el músico. No en vano, el relato rezuma tanta contravención como veracidad.

La libertad y la transgresión se dan la mano porque las cuatro protagonistas de esta producción luchan por sacar a la luz un mundo que parece destinado poco menos que a la clandestinidad. Ellas son Amanda Lepore, Sophia Lamar, Chloe Dzubilo y T. de Long. Representan un ramillete variopinto, que va desde las lentejuelas y el oropel de alguien que es el alma de la fiesta y quien convoca a todos quienes deben estar. Incluye igualmente la poesía y la música dentro de unos parámetros casados con el underground, que serían identificados como punk en Londres o trash en Portland.

La acción trascurre en Nueva York. Se sabe porque hay un par de imágenes que muestran conjuntamente el puente de Manhattan y el de Brooklyn, pero podría suceder en cualquier capital avanzada del mundo. ¿Hay alguna diferencia entre las cuatro mujeres que ocupan la parte central del relato con sus semejantes de Madrid, Buenos Aires, Ámsterdam o cualquier capital con noches abiertas? Ninguna. No solamente ellas, sino las otros trans que las acompañan: Bib Hansen, Lo Tillett-Wright, Katrina del Mar o Linda Simpson. El autor grabó a setenta personajes hasta decidirse por quienes finalmente configuran esta historia.

El mérito principal es la sinceridad y la deshinbición que muestran cada una de ellas. Hablan con enorme naturalidad tanto cuando se refieren a sus operaciones estéticas como a sus amores; ya sea en privado o en sus actuaciones ante un público variopinto. También, y lo más importante, se desnudan interiormente, relatando sus sueños y sus puntos de vista sobre cualquier tema. Siempre razonados y con plena seguridad. Cada uno debe escoger sus propios dioses, es una de las frases que se nos queda impregnada al ver este trabajo Un emotivo canto a la libertad.

De la misma forma en que el desarrollo del documental podría tener lugar en cualquier ciudad moderna, la exposición del mismo puede resultar frustrante en diversos puntos. La constante cámara domestica al hombro impone dos premisas: la abundancia de primeros planos al carecer de una profundidad de campo iluminada convenientemente, y el aspecto amateur que impone. Seguir el movimiento vanguardista surgido en 1995 impone ciertas normas que abocan a esas impresiones. La forma se somete al fondo. La iluminación, por ejemplo, a la ortodoxia periodística.

Las historias de las cuatro protagonistas son tan atractivas como verdaderas. Te sumerges en ellas desde quien imita a Marilyn Monroe con senos turgentes operados tres veces al artista que cambió de mujer a hombre. A cambio, el paso del tiempo desde el inicio del rodaje implica profundizar en temas que ahora mismo no tienen el mismo interés o idéntica repercusión que hace una década. Nos referimos, por ejemplo, al SIDA y todo lo que rodea a una enfermedad que ha dejado, afortunadamente, de ser anuncio inminente de fallecimiento.

A favor de la propuesta de Gustavo Sánchez hay que hacer hincapié en que huye del morbo. Expone las vivencias de sus cuatro personajes principales de forma absolutamente aséptica. Se limita a mostrarlos cómo son de la misma forma en que previamente ell@s se manifestaron ante la cámara. Hay un claro sentido de la responsabilidad y también de autenticidad en esta obra, que comienza sorprendiendo y termina mostrando una ternura que no podríamos suponer al principio.

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