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Bienvenida a Montparnasse (Jeune femme – Montparnasse Bienvenue) (**)

12 noviembre 2018

Nueva vida en la Rive Gauche

Después de irse al traste una relación que ha durado diez años, Paula se encuentra sola y sin dinero en París. A sus treinta y un años, decide echarse el mundo por montera y tirar hacia adelante. Para ello, se sumerge en la vida de la capital como una joven más de su generación.

La Rive Gauche, o Margen Izquierda del Sena albergó a comienzos del siglo XX a los artistas e intelectuales que intentaban proyectarse en París. Más que otra cosa, era una forma de vida presidida por la bohemia, que presumía también de una manera distinta de vestir. Todo ha cambiado ahora, y esa rivera fluvial alberga otro tipo de gente, los bobó, que designa a los actuales burgueses bohemios.

En ese contexto encontramos a Paula –Laetitia Dosh-, una muchacha de treinta y un años de la que sobresale su melena pelirroja y el abrigo carmesí que robará en uno de los pasajes iniciales a otra enferma de un hospital. Su novio, un prestigioso fotógrafo llamado Joachim Deloche –Grégoire Monsaingeon- la ha puesto de patitas en la calle después de una década de relación. Ella se queda con lo puesto y su figura sirve de ejemplo para representar a toda una generación.

Hablamos de los jóvenes actuales, que prácticamente no tienen pasado y tampoco se plantean el futuro. Viven el presente, y Paula se entrega a fondo en esa vorágine. Alguien proveerá. Su energía resultará contagiosa para algunos y un objeto de ofuscación para otros. La escritora Léonor Serraille firma su primera película, y lo hace con pasión, diseccionando una sociedad que a buena parte de los espectadores le puede parecer desencantada, caótica e irracional. Tendrían que plantearse si verdaderamente es lo que hay.

Ha contado con una actriz que viene representando últimamente a la generación preparada e inconformista que intenta hacerse un hueco desde la marginalidad. Laetitia Dosch es como esos jugadores callejeros de baloncesto que en Estados Unidos ganan más dinero apostando y jugando en lugares públicos que dejándose tentar por la NBA. Es una muy buena intérprete que sin embargo no entra en la rueda de los filmes más taquilleros. Su trabajo en esta producción, guste más o menos su personaje, es magnífico y fue recompensado con el premio de interpretación en la Seminci de Valladolid.

Paula puede sacarnos de quicio. Quizá comprendamos mejor su forma de ser una vez que conocemos a su madre separada –Nathalie Richard-. Hay un cierto punto de irreflexión en su forma de actuar. O es una pícara de primer grado o bastante ingenua para pretender instalarse en casa de una amiga, llegar a la casa de un chico que conoció la noche anterior y mandarle a freír espárragos cuando él intenta a acariciarla Podríamos pensar lo mismo cuando pretendió que, por haber servido de modelo para la foto que asentó la fama de la que fue su pareja, deba de tener techo y sustento asegurados de por vida.

Puede que sea una superviviente, o que esté más cerca de la ignorancia. Evidentemente, llega a un punto en el que no tiene más remedio que trabajar. No le importa desconocer la materia de que se trate, porque ella siempre camina hacia adelante en ese presente continuo en el que ha decidido instalare. Como llega a decir, tiene nostalgia por las cosas que aún no ha hecho. El mundo a su alrededor no la echa de menos. Tal vez, ni siquiera la considera, pero si algo peculiar tiene la protagonista para sobrevivir con decoro es su gran sentido de la improvisación.

La proa enfila en otra dirección y su nave comienza a enderezarse cuando asume que debe de trabajar, ya sea como niñera de Lila –Lilas Gilberi-Poisot- o como vendedora de lencería en unos grandes almacenes bajo la supervisión de Géraldine –Lou Valentini-. La tolvanera y dramatismo que presidía hasta entonces el relato ofrece un sesgo más calmado e incluye concesiones a la comedia. Surgen personajes más afines, como Ousmane –Souleymane Seye Ndyaye-, el guardia de seguridad o la joven Yuki –Léonie Simaga-, a la que llega tras un malentendido.

Hay algún poso de Patricia Highsmith en la composición de la protagonista, pero el suspense tan apreciado por la autora estadounidense brilla aquí por su ausencia. Léonor Serraille no se preocupa por buscar razones o llegar a una conclusión más o menos coherente de lo que será el devenir de su personaje central. Simplemente, la muestra como ejemplo, y muchos espectadores se cabrearán con ella. Es inquieta, un auténtico terremoto, y la cámara la sigue, prefiriendo el primer plano, para complementar esa propuesta obsesiva  de cualquier joven de hoy: absorbente, y con ese punto de egoísmo altanero y chulesco provocado por su propia frustración.

From → Cine

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