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Yuli (**1/2)

12 diciembre 2018

El cubano que se convirtió en Romeo

El bailarín Carlos Acosta prepara en La Habana una coreografía sobre su carrera artística. Suficiente como para evocar su difícil niñez y su ascensión hasta convertirse en el primer bailarín de color que fue cabeza de cartel del Royal Ballet de Londres. Pese a su éxito internacional, nunca olvidó sus orígenes.

Carlos Acosta es un bailarín reconocido en todo el mundo. Fue el primer artista de color que encabezó una función en el Bolshói, además de diversos logros al frente del Houston Ballet y del Royal Ballet de Londres. Pero no tuvo una niñez complaciente ni el suyo fue un camino de rosas hasta llegar al estrellato. Yuli, como le llamaba su padre a Carlos Acosta cuando era chico, llegó a ser el primer Romeo afroamericano en el mundo de la danza, pero él no quería dedicarse a esta actividad, lo que le llevó a sufrir severos castigos y palizas.

El artista es también el protagonista de esta función, en la que participa también como coproductor. En su día escribió No Way HomeNo mires atrás– la novela autobiográfica que ha servido de base para que Paul Laverty escribiese el guion que sería dirigido por su pareja, Icíar Bolláin. Estamos habituados al compromiso que estos dos cineastas suelen tener con las libertades. Por eso chirriaba, aparentemente, que hubieran dedicado un film a un genio de la danza. Tiene su explicación, puesto que Yuli ha regresado a su Cuba natal para fundar una compañía que él mismo dirige. Además, Laverty, al recoger el premio al Mejor Guion en San Sebastián pidió públicamente el cese del bloqueo a Cuba por parte de los Estados Unidos.

Carlos Acosta no fue un revolucionario. Es más, ni siquiera pretendía dedicarse a la danza. Lo suyo era el break que bailaba en las calzadas, o tal vez dedicarse al fútbol y ser como Pelé. Su padre, Pedro Acosta –Santiago Alfonso-, quiso apartarle de la calle, y viendo el potencial que tenía para el ballet intentó que se abriera camino en esta disciplina. A su hijo no le gustaba esa actividad y, además, los muchachos del barrio le llamaban homosexual. No asistía a clase y se llevaba enormes palizas de su progenitor hasta que ingresó interno en un centro artístico de la provincia de Pinar del Río que supuso un cambio diametral en su vida gracias a la profesora Ramona de Saa, que en la pantalla se convierte en la maestra Chery –Laura de la Uz-.

Tiempos revueltos en los que los miembros de la familia de la madre del protagonista –Yerlín Pérez- podían bañarse en la playa de Varadero o disponer de pasaporte porque eran blancos. A cambio, a él y a su hermana Marilyn, por ser negros como su padre, un camionero sin apenas estudios e hijo de un esclavo, les estaban negadas todas esas prebendas, si es que hay que considerarlas como tal. Pese a la relación tempestuosa entre los dos varones, la película no deja de ser una historia de amor fraternal. El bailarín, devenido también en coreógrafo, reconoce que si no hubiera sido por su padre hubiera sido un delincuente.

Nació en un barrio marginal llamado Los Pinos, por lo que necesitaba tomar dos colectivos para ir a clase cada día. Hoy vive en una lujosa casa en Siboney junto a su esposa y sus tres hijas. No quiso hacer caso a su padre, quien siempre le aconsejó que se olvidase de ellos y de la isla y se quedase a vivir en Londres. Resulta más fuerte el amor que profesa a su país y a su familia, aunque no siempre ha recibido el mejor trato entre los suyos. Cuando regresa a La Habana por primera vez tras acariciar el éxito, le colocan en el escenario en un lugar que no le correspondía, casi de meritorio. A ello se unía el deterioro psíquico de su hermana Berta –Andrea Doimeadiós-.

A partir de texto biográfico, Paul Laverty ha construido una historia en la que Carlos Acosta regresa a Cuba para poner en marcha una coreografía basada en su propia vida. De esta forma se repasa su infancia –Edison Manuel Olbera Núñez- y su juventud –Keyvin Martínez- hasta llegar a la cima. Se centra fundamentalmente en sus vivencias infantiles y en su ascensión en el mundo de la danza. Hay poco espacio para los amigos o los devaneos amorosos. Sí que aprovecha una lesión para mostrar las diferencias entre turistas blancos y nativos negros en la Cuba castrista.

Icíar Bollaín se luce con las imágenes de La Habana y se centra fundamentalmente en los escenarios. Resulta particularmente atractiva la banda sonora de Alberto Iglesias, que permite unas coreografías modernas y llenas de sentido. Llegan hasta un punto en que resulta difícil discernir la ficción del tratamiento documental que emana a lo largo de la proyección. La identificación con su país y su ascensión definitiva centran la atención en la pantalla. Hay pocos momentos para la distensión o para la reflexión. Ésta aparece a cuentagotas con un centro de artes escénicas que se quedó en a medio construir en La Habana y que Carlos Acosta pretende rematar algún día,

From → Cine

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