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Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro) (****)

7 enero 2019

Injusticia histórica

Un hombre y sus dos hijas se trasladan a una casa rural para estar más cerca de su esposa, aquejada de tuberculosis. Un día, la pequeña de las niñas se adentra en el bosque siguiendo a un extraño animal. Le darán el nombre de Totoro y se convertirá en un personaje protector de las dos hermanas.

Al fin se remedia una injusticia histórica. En España el cine ha dejado anécdotas sangrantes, desde convertir en incesto un adulterio, prohibir El crimen de Cuenca, o subir los escotes de las actrices en los afiches promocionales. Desgraciadas anécdotas de este tipo se podrían contar por decenas, pero hay otras que duelen de otra manera, como que grandes hitos en la historia del séptimo arte hayan quedado en el cajón del olvido. Así sucedió con Mi vecino Totoro, que solo se pudo ver con mucho retraso en el extinto Canal + y que ahora, por fin, treinta años después, puede disfrutarse en las salas cinematográficas.

Cierto es que se trata de un filme muy especial, que únicamente se estrenó en Japón cuando fue producido, allá por 1998, y cuyos beneficios comerciales resultaron poco jugosos. Sin embargo, se ha convertido en un clásico, una de las obras maestras más interesantes del cine de animación y que fue capaz de abrir nuevos caminos. Tanto es así que el estudio en que fue creado este largometraje, Studio Ghibli, puede situarse a la altura de Disney y que el personaje protagonista de esta historia, Totoro, es más popular en su país que el mismísimo Mickey Mouse. En todo el mundo pueden encontrarse representaciones de este ser bondadoso y cuyas licencias para fabricar muñecos de peluche concedieron libertad artística a su creador, Hayao Miyakazi.

Este genio de la animación se inició a la sombra de series televisivas que hicieron disfrutar a los niños de todo el mundo, principalmente Heidi y Marco. Por entonces primaba una técnica bastante minimalista. Los movimientos se reducían al máximo para alargar las historias todo lo posible. La rentabilidad estaba asegurada. A mediados de los años 80, Iseo Takahata y su mano derecha, Hayao Miyakazi, deciden volar en solitario para mostrar sus ideas libres del corsé de la productora y presentan Nausicaä del valle del viento, un manga que se convirtió en un éxito de inmediato.

Fue el paso decisivo para crear Studio Ghibli y dar rienda suelta a su imaginación. El castillo en el cielo rompió moldes, pero mucho más el siguiente largometraje, Mi vecino Totoro, escrito y dirigido por Miyazaki, una historia anti sistema, en la que sus autor nadaba contra corriente. Aparentemente sencilla, alberga un conglomerado de propuestas que podrían resumirse en que se debe proteger a los niños porque, al fin y al cabo, ellos son quienes tienen la posibilidad de cambiar al mundo o de conservarlo.

En los años cincuenta, el profesor universitario Tatsuo Kusakabe se instala con sus dos hijas, Satsuki y Mei, en una residencia rural para estar más cerca de su esposa, aquejada de tuberculosis. El hombre se entretiene contando historias sobrenaturales a las pequeñas, dejándose llevar por una desbordante imaginación. Lo primero que se encuentran en la casa son unas criaturas de hollín llamadas susuwatari, que al descubrir la bondad de los nuevos inquilinos deciden marcharse.

Un día, Mei persigue hasta el interior del bosque a una curiosa criatura, que la llevará hasta el hueco de un gran árbol de alcanfor en donde se encuentra una versión mucho más grande y oronda del extraño ser. La relación entre las dos hermanas y Totoro, bautizado así por los gemidos sonoros que emite, se convierte cada vez en más estrecha. Tatsuo les dice a sus hijas que se trata de un espíritu protector del bosque, pero lo cierto es que apenas sabemos nada sobre él. Solo, que es entrañable, aunque desconocemos sus orígenes, sus hábitos y hasta como se alimenta. Lo que era más relevante es que se había creado una nueva forma de animación, propia para chicos y grandes, con gran riqueza técnica y una temática afectiva y atemporal que conciencia sobre problemas universales, como la ecología y la relación entre los seres humanos.

No impide que nos deje secuencias antológicas, como cuando Totoro se entusiasma con el son de la lluvia al caer y una de las niñas le cede su paraguas mientras aguardan el autobús con forma de gato al que posteriormente dedicaría un corto, Mei y el Gatobús. Verdaderamente, se trata de una producción para disfrute de los niños, y también para que los mayores les evoque una infancia perdida que todos debiéramos recuperar. La cinta aparece en todas las listas de las cien mejores películas de la historia, y no en un puesto muy elevado. Después, el estudio y Miyazaki dejaron títulos como La princesa Mononoke, o El viaje de Chihiro, ganadora de un Oscar, al que se añadió otro con carácter honorífico. El séptimo arte se había topado con uno de esos genios que aparecen con cuentagotas.

From → Cine

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