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Gente que viene y bah (*1/2)

17 enero 2019

Un refugio con goteras

Una joven y prometedora arquitecta ve como su novio se enrolla con una estrella de la televisión. Tras echar por tierra su futuro laboral intenta refugiarse en su localidad natal, donde vive su madre. Una de sus hermanas es alcaldesa, la otra acaba de dar a luz y el benjamín se ha enrollado con un policía local.

Después de ganar el Goya al mejor cortometraje de ficción con Café para llevar -2014-, la barcelonesa Laura Font se ha encargado de llevar a la pantalla la adaptación de Gente que viene y bah. Se trata de una novela escrita por Laura Norton  dirigida a un público joven con envoltura de comedia romántica. Su primera novela, No culpes al Karma de lo que te pasa por gilipollas también fue llevada a la pantalla grande y, en ese caso, la propuesta se nos antojaba bastante más dinámica y sorprendente.

En este caso, lo más atractivo se encuentra en los personajes. De niña, Bea –Clara Lago- no quería ser como su madre, una especie de curandera light. Ella no pretendía sanar a quienes se acercaban a su domicilio. Solamente con imponerle las manos se percataba perfectamente de sus males y los enviaba al especialista correspondiente. Tampoco cobraba por sus intervenciones, aunque aceptaba todo tipo de comida preparada por sus pacientes. Los sanjacobos suponían una constante. La profesión de su padre tampoco era un referente. Ser marinero le obligaba a pasar mucho tiempo fuera de casa.

Finalmente, Bea estudió arquitectura y su futuro era brillante hasta que su empresa llegó a la final de una adjudicación importante. Todo el equipo fue a celebrarlo, incluido su novio y jefe, el también arquitecto Víctor –Fernando Guallar-. De repente, entra una famosa presentadora televisiva, una de esas mujeres que figuraban en la lista de Víctor como aquellas personas por las que perdería la cabeza y abandonaría todo. Bea, con una copa de más hace las presentaciones, pierde a su prometido y, a consecuencia de ello, su trabajo.

Razón suficiente para refugiarse en pueblo natal –Cantabría, según la novela-. Se instala en casa de su madre, Ángela –Carmen Maura-, y se reencuentra con sus dos hermanas. Irene –Alexandra Jiménez- es una alcaldesa de izquierdas, criticada por pretender construir una fábrica de biomasa. Su futuro dependerá de Diego –Álex García-, un viudo padre de una niña que trabaja para sus suegros, los terratenientes de la zona. Conduce un Mercedes rosa y la protagonista lo conoció en unas circunstancias no demasiado agradables. Su otra hermana –Paula Malia- acaba de ser madre, fruto de su matrimonio con Juan –Eduardo Ferrés- y el pequeño, León –Carlos Cuevas-, vive su particular romance con un policía local. Al final encuentra un cobijo, pero con muchas e incómodas goteras.

Cada uno de los personajes tiene su particular historia. Arrastran conflictos e incluso secretos. Entre todos componen un amplio abanico que van desde la vida casi pública de Bea hasta lo que esconde Ángela. Los aprietos no cesan y todos los caracteres confluyen en disparatada comedia donde también interviene de forma activa un enano. El problema principal es el desarrollo a cargo de Darío Madrona y Carlos Montero. Han recogido la esencia de la novela, pero su traslado al cine pierde buena parte de la comicidad y de la sorpresa.

Las situaciones menos sorprendentes se truecan en casi planas y el efecto de las más singulares se diluye en una propuesta donde, a excepción de Carmen Maura, los intérpretes se muestran irregulares.  Parece existir una inercia en no cargar las tintas hacia ninguno de los personajes. Si en la novela Víctor se nos antoja un tipo prácticamente detestable, que casi siempre piensa solo en sí mismo, resulta mucho más agradecido en el celuloide. La superficialidad queda patente en cada uno de los roles principales, diluyéndose sus respectivas personalidades.

Amparándose en el tirón de la novela, la película debiera funcionar en taquilla. Las dos intérpretes principales también constituyen un reclamo y el espectador no se aburre ni sale defraudado con una producción que apuntaba mucho más alto. Está más próxima a una sucesión de sketches que a un todo compacto. El final abierto del éxito literario difiere del desenlace mascado que se ofrece en el filme, donde el tema de Baccara Yes sir I can Boogie constituye una especial referencia. Refuerza la partitura de Arnau Bataller, que se ofrece con el mismo compromiso de unas imágenes poco arriesgadas y una luz diáfana respaldada por David Valdepérez.

From → Cine

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