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The Old Man and the Gun (***)

25 enero 2019

Un talludito encantador

Forrest Tucker se pasó buena parte de su vida en la cárcel, o intentando huir de las distintas prisiones en las que fue confinado. Su último atraco lo cometió en 2000, cuando contaba con ochenta años. Previamente, le acompañaban otros amigos de lo ajeno de edades similares.

Evidentemente, la vida de Forrest Tucker es digna de ser contada. Un tipo que comete atraco tras atraco hasta que es encarcelado y que se fuga hasta dieciocho veces merece que su historia se sepa. Mucho más si tenemos en cuenta que uno de los penales de los que se marchó de rositas fue, precisamente, el de San Quintín, e incluso llegó a construir una balsa entre rejas para ayudarse en la escapatoria. Merece la pena que la firme en la pantalla David Lowery, que nos había dejado buen sabor de boca con su anterior filme, Ghost Story. Todo ello está muy bien, pero quedan empequeñecidos por un actor que eclipsa a cualquier astro que se le ponga por delante.

Robert Redford nunca ha ganado el Oscar como mejor intérprete, aunque sí como director. Clara injusticia. Con 82 años, esta película será, a buen seguro, su última oportunidad. Si se tratase de conceder la estatuilla por méritos, nadie podría estar en desacuerdo, pero es que además da una lección de interpretación tan sólida como su carrera cinematográfica. Nadie como él sabe echarse ligeramente hacia atrás el sombrero y muy pocos pueden presumir de su carisma. Su sonrisa nos convence absolutamente en la pantalla, y por su donaire y seguridad nos podría vender desde una casa en la playa hasta una Biblia porque caeríamos embobados en sus redes.

Ver a Redford encabezando la Banda de los Talluditos, como la definió John Hunt -Cassey Affleck-, el detective novato al que le toca investigar el caso antes de que se haga cargo el FBI, es todo un encanto. La cinta arranca con las andanzas de Tucker ya septuagenario después de fugarse de San Quintín. Una huida sorprendente y audaz que dejó confundidos a los agentes de la ley y a las autoridades. Se embarca con Teddy Green -Danny Glover- y Waller -Tom Waits- para perpetrar distintos atracos a sucursales bancarias. No son grandes botines porque tampoco los buscan para que los noticiarios apenas les hagan caso.

El plan es sencillo, Tucker se acerca a una ventanilla o pide hablar con el director y enseña una pistola. Ni siquiera apunta a nadie con ella. Simplemente con su palabra, su elegante traje azul y su sonrisa, sobre todo esta última, nadie se resiste a llenar de billetes el portafolio que lleva en su mano. Únicamente un bigote postizo le sirve para desvirtuar mínimamente sus rasgos faciales. Con anterioridad, el guion afirma que había estudiado a fondo cada detalle del asalto a perpetrar. No concuerda mucho si comprobamos que cuando fue detenido por última vez, tras salir en libertad condicional, robó ocho entidades crediticias en el mismo día.

Se trata de una propuesta pequeña, un filme independiente que no por ello es menos encantador. Lowery lo divide en varios capítulos, e incluso utiliza una simpática postproducción. No daba para más a no ser que se explicase el pasado del protagonista y su relación de pareja, incluida una hija cuya existencia desconoce. Quizá por eso se haya incluido una historia de amor con una viuda llamada Jewel, interpretada nada menos que por otra oscarizada actriz, Sissy Spacek. Ella tiene una granja y también cae rendida por los modos y los guiños del hombre que se ha cruzado en su camino a pesar de su reprochable actividad.

El caso es que cuando la policía llega al lugar de cualquier incidente provocado por los Talluditos, los afectados se remiten a su sonrisa y recuerdan que solo les enseñó su arma. Nada más, porque ni siquiera les encañonó. Al principio, nadie podría pensar que se trataba de una banda cuyos componentes rondaban los tres cuartos de siglo de vida. Ni el citado Hunt, que comparte todo con su esposa Maureen -Tika Sumpter-, ni el capitán Calder -Keith Carradine-.

Además de la formidable interpretación de Robert Redford, que casi le trasciende a su personalidad, un guion afable y una dirección más que correcta, la propuesta es destacable por su buena partitura. La labor de unos secundarios de lujo se refuerza con la banda sonora escrita por Daniel Hart. La acción transcurre en los años ochenta, y se escuchan temas de éxito en aquel momento y otros más antiguos, como el Lola de The Kinks, así como aportaciones de Andrew Tinker. Sin embargo, sobre todos ellos destaca el tema central y las variaciones creadas por Hart, virtuoso violinista que ya se ha hecho imprescindible en trabajos del responsable de esta producción desde que compusiese el soundtrack de Ghost Story.

From → Cine

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