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Mug (Twarz) (***)

2 febrero 2019

Sin redención

Jacek vive en una pequeña localidad de Polonia. Se trata de una población de misa diaria que pretende construir un Cristo Redentor a imagen y semejanza del de Corcovado. Cuando trabaja en la cabeza de la estatua, el protagonista cae dentro de ella y se destroza la cara. Los médicos no logran recomponerla de forma satisfactoria.

La vida de una persona puede cambiar en un instante. Todo aquello que tenemos, y consideramos inamovible, puede desaparecer por culpa de un mínimo capricho del destino. Esa es la premisa principal de la última puesta en escena de la cineasta polaca Malgorzata Szumowska. A sus cuarenta y cinco años cuenta con una dilatada carrera que, hasta el momento, ha tenido su culmen en esta producción, en la que combina aspectos tradicionales con otros bucólicos, a los que añade ciertos delirios colectivos difíciles de calificar.

Quienes vean esta película se sentirán interesados por una imagen de Cristo Rendentor que, al fin y al cabo, es la desencadenante de esta historia. El joven Racek -Mateusz Losciukiewicz- es un tipo muy peculiar. Seguidor a ultranza de Metallica, su vestimenta y apariencia física no parece encajar demasiado con la fisonomía de una localidad de misa diaria, en la que el tiempo parece no discurrir.

Por la ubicación de la mencionada efigie, que se quiso levantar a imagen y semejanza de la del Corcovado, sabemos que la narración tiene lugar en Swiebodzin, la capital del condado del mismo nombre, situada al noroeste de Polonia. La estatua existe realmente, se levantó en 2010 y no solamente supera en tamaño a la brasileña, sino que con sus 36 metros y una corona superpuesta de tres se presenta como la construcción religiosa más alta del mundo. Se calcula que su peso alcanza las 440 toneladas. En ella trabajaba Jacek, concretamente en su cabeza, cuando se cayó dentro y se destrozó la cara.

Hasta entonces, su vida podía considerarse feliz. Tenía una novia con la que pensaba casarse, Dagmara -Malgorzata Gorol-, contaba con un trabajo y una familia que le mimaba. Todo cambió cuando los médicos confiaron más en la voluntad divina que en su eficiencia con el bisturí. Probablemente, aquel día, en aquel momento, Dios tenía otras cosas más urgentes porque el rostro de Jacek quedó desfigurado, perdió la visión total del ojo derecho y apenas se le podía entender cuando hablaba. Lo conseguía su aplicada hermana -Agnieszka Podsiadlik-, dispuesta a que el protagonista recuperase sin traumas su vida anterior. Los demás renegaban de él, incluida su madre -Anna Tomaszewska- y la de Dagmara -Iwona Bielska-, quien le da con la puerta en las narices al considerar que aquel monstruo no puede casarse con su hija

Lo cierto es que ese episodio afectó notablemente a la vida familiar y al entorno del sufrido muchacho de cabello largo, chupa de cuero y seducido por el trash metal. Su propio cuñado -Robert Talarczyk- se queja amargamente de que no intima con su esposa porque las atenciones de ésta se dirigen casi exclusivamente a su hermano pequeño. Lo hace ante el sacerdote -Roman Gancarczyk-, reafirmando el arraigado sentido religioso y el carácter devoto de los convecinos. El confesionario es el paño de lágrimas, al estilo del barman de cualquier filme ante el que protagonista ahoga sus penas y le convierte en confidente. Por el mismo lugar desfilan la madre de Jack, que lamente despreciar a su propio propio, y una Dagmara liberada que se pasea sin sonrojo en brazos de otros.

Hay un cierto sentido folclórico en la propuesta de Malgorzata Szumowska. También una evidente crítica al mundo rural y sus inercias mojigatas. Alterna la comedia con el drama, aunque hay más de esto último. Especialmente, cuando toca referirse al aislamiento de quienes son diferentes. Este protagonista no es un hombre elefante, que puede exhibirse en público al tiempo que se contrasta su inteligencia. Simplemente, es repudiado por una comunidad que antes lo aceptaba sin trauma y ahora lo trata como si se tratase de un apestado. Tampoco el sacerdote de turno sale en su defensa. Se limita a cumplir con su obligación y a inquirir a las mujeres acerca de sus encuentros sexuales con los hombres.

A través de su puesta en escena, la autora consigue su objetivo, aunque a veces le pierda su generosidad con los planos abiertos, en colaboración con el fotógrafo Michal Englert, como si quisiera hermanar su relato con una ensoñación o un cuento. El costumbrismo que emana esta cinta, original y entretenida, queda patente. La Polonia rural sigue rendida al catolicismo y sus gentes parecen seres inocentes de escasa malicia. Tienen delirios de grandeza, o aspiraciones aparentemente imposibles, como los de la estatua de Cristo. Si se quiere, casi siempre se puede, aunque la redención no llegue para todos ni en el momento preciso.

From → Cine

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