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Obediencia (Obbey) (**)

16 febrero 2019

Cada uno en su sitio

En plenos disturbios londinenses en 2011 destaca la figura del joven Leon. A los quince se abrazó voluntario a la asistencia social y cuatro años después regresa a casa junto a una madre alcohólica que vive con un maltratador. Encuentra esperanza en el boxeo y en una joven llamada Twiggy.

En las calles de Hackney, en el East End londinense tuvo lugar el origen de los disturbios acaecidos en 2011. La rabia y la desesperación era el denominador común de los jóvenes de color. La mayoría con estudios deficientes y sin apenas esperanza. Cada uno de ellos encontraba una válvula de escape ante cualquier mínima oportunidad, si bien la mayoría se decantaba por aspirar el óxido nitroso de los globos y mantener sus citas en tugurios aparte de conversaciones de sexo llevadas generalmente al límite.

Seis jóvenes caminan por el centro de una calle en una secuencia de apertura que constituye una especie de resumen de lo que veremos después. El compendio de un viaje sin ninguna meta que concluye con la huida después de que el más alto, Leon -Marcus Rutherfod- golpease violentamente el cristal de un coche para que uno de sus compañeros robase un bolso. Aquel es el protagonista de un filme que el escritor y director debutante Jamie Jones nos entrega masticado. Combina imágenes reales de los disturbios con dramatizaciones de sus personajes. Recurre a los medios de comunicación de la época hasta que el tiroteo de Mark Duggan por parte de la policía en Tottenham provocó las protestas que derivaron en una violencia generalizad y en saqueos.

De ello da buena cuenta esta propuesta, si bien en ocasiones lo hace para adornar la historia de Leon, que a los quince años se acoge voluntariamente a la asistencia social. Cuando regresa a casa, a los diecinueve, su madre Chelsea -T’Nia Miller- vive con Chris -James Atwell-, otro hombre maltratador, como todos los que se ha encontrado en su camino, incluido un marido ausente, al que nunca vemos. El muchacho, de buenos sentimientos, se refugia en el boxeo, pero no será el deporte lo que le redima. Muy al contrario, su preparador -Michael Quartey- nunca le trata con perspectivas de campeón.

Con una asistenta social -Rachel Stubbings- frustrada, aunque de buenas intenciones, que le recuerda al protagonista su escasa preparación para enfrentarse a un posible trabajo, a León le quedan muy pocas salidas. Sus colegas, más que amigos, la discoteca de turno y la aspiración de óxido nitroso, constituyen el epicentro de su radio de acción. Así conoce a Twyggy -Sophie Kennedy Clark-, una muchacha blanca de quien queda prendado. Se trata de una chica liberal con un novio activista -Sam Gittins-, representante de esa otra facción que solemos encontrar en movimientos que arrancan en barrios desfavorecidos. Hija de buena familia, cuya reacción a sus mayores es unirse a quienes les combaten. Juegan con red, porque, como en este caso, siempre tendrán los brazos abiertos por parte de su familia.

Vengo del mismo lugar que tú le dice Twiggy a Chelsea la primera vez que se encuentran. No somos del mismo lugar, cariño, le responde ella. La joven, más que el boxeo o cualquier otra cuestión es la válvula de escape para Leon. No la entiende como el clavo ardiendo o el asidero para salir de su marginación. Más que otra cosa, la idealiza. Para él es como un ángel que viene a reconfortarlo. Así se advierte cuando ella le cura sus heridas, con el cabello rubio resaltando en un plano oscuro, dentro de una tónica general de colores fríos.

Jamie Jones apuesta por el drama, centrándose en un personaje condenado por su entorno y el medio el que se desenvuelve. Por ejemplo, sus amigos se meten en problemas in pensarlo, casi de manera inconsciente o por inercia. Deja muy pocos momentos para la calma o la ternura. Tres ante todo: el ya referido cuando Twiggy enjuga sus heridas, el pasaje en el que Leon consigue su teléfono, y en un paseo bucólico por el río Lea, con los árboles ejerciendo de figuras celestiales, y en el que la ausencia de música eleva a los protagonistas a una especie de paraíso.

Las preguntas flotan en el aire. El autor no pretende tomar partido, y sí mostrar una concatenación de hechos que inciden directamente en el devenir de los seres humanos. Las reflexiones que pueden extraerse de Obediencia son muchas, aunque algunas se debilitan por un personaje de buenos sentimientos que parece obligado a quedarse atrapado en el fondo. Marcus Rutherford firmas una actuación irreprochable en su debut ante las cámaras. Se desenvuelve perfectamente en un ambiente de tensiones sociales, alcoholismo, la pobreza y las frustradas aspiraciones de la clase trabajadora. No hay redención y la esperanza es remota, casi un mito. La película en ningún momento muestra concesiones con sus personajes, que chocan a cada instante con un pétreo muro que les devuelve a una situación desesperante.

From → Cine

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