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Pájaros de verano: (****1/2)

20 febrero 2019

Si hay familia, hay honor

Basada en hechos reales, trascurre entre los años 60 y 80 para narrar los orígenes del narcotráfico colombiano. Concretamente, se centra en dos familias de origen wayúu, que tendrán que convivir entre la tradición y el negocio que se les ofrece, en el que casi sin darse cuenta terminan involucrados.

Una mujer y su hija ponen fin al período de iniciación de la más joven. Sale de la choza en la que ha estado recluida un año con las pinturas en su rostro que denotan haber dejado atrás a la pubertad. La aldea lo celebra con una gran fiesta. Tiene lugar un baile ritual al que se incorpora un recién llegado quien, al concluir la danza le dice a la chica que será su mujer. Su tío, un palabrero le dice que un simple collar no basta para pedir su mano, que la dote será cara y será muy complicado que pueda obtenerla.

Efectivamente, la madre de la muchacha, Úrsula -Carmiña Martínez- exige una buena cantidad de animales y tres colgantes de determinadas condiciones. Es obvio que el enamorado, Rapayet -José Acosta- no tiene capacidad para convertir a Zaida -Natalia Reyes- en su esposa, pero intentará conseguirlo. Para ello trabaja a destajo mercadeando todo tipo de productos, especialmente café. En una cantina se entera, junto a Moisés -John Narváez-, su compañero de fatigas, de que un grupo de norteamericanos anticomunistas quieren marihuana. No duda en acudir a otro familiar, Aníbal -juan Bautista-, que tiene una plantación en la montaña.

Así empieza la relación de Rapayet con un narcotráfico todavía incipiente. Moisés se encarga, a golpe de revólver, de demostrar a los gringos con quien tienen que negociar. Es el primer episodio de una espiral de violencia. De momento, las tradiciones se cumplen. Moisés no es wayúu, idioma en el que está rodado casi la totalidad del filme, por lo que debe de atenerse a las leyes no escritas de La Guajira, una zona inhóspita, desértica y prácticamente inconquistable. Su gente no puede tocar el cadáver de una persona asesinada, pero sí que debe de restañar las heridas causadas. En todo caso, siempre debe de ir el discurso del palabrero por delante. El más importante es Peregrino -José Vicente Cote-, el tío del protagonista.

Al inicio, un hombre, a modo de juglar, canta un poema en el que afirma que con él se acabaran las historias que conoce y que por eso las repite. El caso es que tenemos dos familias, la de Aníbal, que es quien produce la marihuana, y la de Rapayet y Úrsula, cuyo hijo pequeño, Leónicas -Greider Meza-, protagonizará otro de los episodios discordantes. Si hay familia, hay honor; si hay tradición, hay honor. La línea que las separa es demasiado fina y, en el instante menos pensado, puede quedar desdibujada.

Ciro Guerra vuelve a sorprendernos. En colaboración con Cristina Gallego supera su espléndida El abrazo de la serpiente que, como ésta, también fue nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y tampoco está rodada en castellano en su mayor parte. Buena parte de culpa del éxito viene proporcionada por su guion y su partitura. Leonardo Heiblum ilustra de manera muy eficiente las imágenes, mientras que la historia de María Camila Arias y Jacques Toulemonde es lo suficientemente compacta como para que los cineastas la redondeen.

Está dividida en cuatro capítulos que tienen que ver con el ascenso, la estabilidad, el éxito y el inevitable enfrentamiento con el derramamiento de sangre correspondiente. Queda claro que para la mayoría de los personajes, especialmente los nativos de La Guajira, es más importante el honor que el dinero. El argumento tiene mucho de relato clásico. Se emparenta con la tragedia griega, pero también es muy shakesperiano, con Macbeth flotando en el inconsciente.

La película enamora. Hay muchos ejemplos relacionados con este género, en el que brilla sustancialmente Martin Scorsese, pero que también nos ha legado títulos inolvidables, como El precio del poderScarface-. Este filme no los desmerece en absoluto y se sitúa a su mismo nivel. No hay concesiones ni se buscan efectos televisivos. La exposición visual es apabullante y demuestra que no hace falta la exuberancia cuando se tiene un buen relato. Con unas pinceladas en medio del desierto entendemos de sobra. Hasta con una construcción en la nada cuyo interior muestra la opulencia sirve para entender como el dinero entra a espuertas.

De unas costumbres ancestrales, tribales, que entroncan con rituales de iniciación más propia de comunidades africanas, pasamos casi sin darnos cuenta a una realidad mucho más moderna en la que las jovencitas llevan bañador, no se cubren la cabeza y los cadáveres de las tumbas han sido sustituidos por armas de fuego que, antes o después, deberán ser utilizadas. Desde el comienzo, nos sentimos atrapados y esa comunión entre la película y el espectador no nos abandona hasta la última secuencia. Incluso, sus dos horas largas de duración nos parece poco.

From → Cine

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