Saltar al contenido

4 latas (*)

26 febrero 2019

Rumbo a Tumbuctú

Dos viejos amigos deciden ir a visitar a un tercero, que se encuentra en Mali gravemente enfermo. Se les une la hija de este último, separada de su padre desde hace una década, y juntos deciden atravesar el desierto en un viejo Reanult, que participó en la primera edición del rally París-Dakar.

Una odisea a través del desierto por medio de una road movie muy particular. Nada menos que al volante de un viejo Renault 4 de principios de los ochenta. Conocido popularmente como Cuatro L o Cuatro Latas, el vehículo en cuestión participó en la primera edición del rally París-Dakar y terminó en segunda posición. Lo guarda Ely –Susana Abaitúa-, la hija de un hombre que se marchó diez años atrás para instalarse en el desierto.

El inicio de la historia nos presenta a Tocho –Hovik Keuchkerian-, un guardia de seguridad que vive en el País Vasco y que acaba de escuchar en un programa de radio como una mujer decidió un día abandonarlo todo, su marido incluido, y marcharse con una maleta. Ahora se ocupa de una granja. El citado Tocho, alcohólico y fumador empedernido, que solo deja esos hábitos cuando duerme, se desprende de todo en la puerta de su casa. Se queda con los calzoncillos y las botas. Ha recibido una carta determinante.

El arranque nos sitúa en un personaje que no está contento con su vida, que quiere cambiar. Da pie a que Gerardo Olivares regrese al continente africano después de su interesante 14 kilómetros -2007-. Nos propone un viaje iniciático, un recorrido en automóvil que debe de llevar a sus protagonistas a Tombuctú atravesando el Sahara. Como es habitual en su cinematografía, también significa una disculpa para mostrar su habilidad para captar grandes escenarios naturales que, en esta ocasión, resulta todavía más evidente.

El vasco visita un viñedo en Francia donde espera a su propietario. Se trata de Jean Pierre –Jean Reno-. Juntos hicieron un viaje más de treinta años atrás, cuando tenían 21 y 29 años, respectivamente, en compañía de un tercero, Joseba – Enrique San Francisco-, quien les ha remitido una carta anunciando el fin de sus días. Dispuestos a embarcarse en avión, visitan a Ely, la hija de Joseba, quien se muestra reticente a acompañarles porque reniega de su padre. Finalmente acepta siempre y cuando viajen en el 4 latas con el que en su día visitaron África.

La ruta les conduce por diferentes países hasta que quedan varados en un puesto fronterizo que logran burlar aunque tienen que contar con un polizón, Mamadou –Joan dos Santos-, un inmigrante maliense que no consiguió su propósito de llegar a España. Por el camino se enredarán con un vividor oriundo de Valencia, Soriano –Arturo Valls-, se encontrarán con un tuareg y tendrán que cobijarse en una especie de oasis regentado por Alain –Francesc Garrido-, a quien en su día timó Juan Pierre.

Se entiende que el guion es, más que nada, una mera disculpa para sacar partido a ciertas imágenes del desierto y, especialmente, al vehículo que da título al largometraje. Al fin y al cabo, el texto se nos antoja como una mera disculpa, ya que Olivares se recrea en imágenes aéreas, moviendo el Renault a su antojo y desvirtuando algunas situaciones que, de algún modo, resultan paradójicas. Entre ellas, echar por tierra la hospitalidad y la habitual acogida que los tuareg muestran a quienes se cruzan en su camino.

El autor, que se apoya en una eficiente partitura de Pascal Gaigne, mueve los personajes a su antojo y, lo que resulta más increíble, hace que aparezcan fortunas e infortunios del modo más inesperado y por mor de que su relato resulte más agradable al espectador. ¿Se puede encontrar en medio del desierto, como por arte de magia, un japonés que pilota un prototipo de tres ruedas que se mueve por energía eólica? No solamente eso, sino que el hombre es ingeniero de Toyota, lo que resulta de máxima utilidad para enmendar una avería en el motor, y va cargado de agua y naranjas. Una especie de Papá Noel de las arenas.

Se juega con muchas cosas y no siempre resultan eficientes o, al menos, lógicas. Hay un cuaderno escrito por Joseba del que se echa mano en circunstancias muy determinadas y que aporta muy poco. Detalles tan difíciles de creer como que Jean Pierre se marche al desierto con una impresora de mano. Circunstancias absurdas que resultan efectiva de cara al patio de butacas, pero que no parecen demasiado aceptables. Quizá, la verdad más reconocible se pronuncia al final cuando se define al desierto, entre otras cosas, como una especie de playa sin bikinis ni chiringuitos con el mar a tomar…

El drama se confunde con la road movie y la aventura, dejando algunos detalles de humor. Un producto con el que su autor se mira al ombligo y le faculta para demostrar que cinematográficamente, cuando se trata de reflejar espacios abiertos, resulta intachable. El resto deja muchas dudas, incluido el montaje de los minutos iniciales, antes de llegar al Continente Negro, así como una resolución, cuando menos, llamativa.

From → Cine

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: