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El Gordo y el Flaco (Stan and Ollie) (***1/2)

15 marzo 2019

Tres parejas por el precio de una

A comienzos de los años 50, cuando su estrella languidecía, Stan Laurel y Oliver Hardy se embarcan en una gira por Gran Bretaña que se inicia en teatros inmundos. Cuando promocionan su show los grandes recintos les abren sus puertas de nuevo. Para ellos, el afecto y su trabajo conjunto ejercen como denominador común.

No me gusta el título en español de esta película. Probablemente, sea más comercial, pero remite a un biopic que se encuentra muy alejado del contenido de este guion de Jeff Pope dirigido por John S. Baird. Trata, eso sí, de los últimos días de la pareja humorística que en los años treinta eran dueños de las pantallas cinematográficas. Una última gira cuando el ocaso extendía su manto. Ellos mismos eran conscientes del final, tanto artístico como físico, por mucho que Stan Laurel siguiera pensando escenas para un largometraje que jamás se rodaría. Incluso, después de la muerte de su compañero artístico siguió maquinando gags para ser representados por ambos.

Es el momento de la recta final, cuando los implicados se rebelan a que eso ocurra para caer finalmente en la resignación. Son instantes duros en los que suelen salir a relucir las miserias de cada cual y los reproches guardados en sus bolsillos. La fórmula más histriónica y salvaje nos la dejó Alex de la Iglesia en Muertos de risa. Afortunadamente, no tiene nada que ver con este caso. El reencuentro con una de las parejas más conocidas del celuloide aboga por la ternura, por la tragicomedia tratada de la forma más elegante posible. El humor oculta el drama de cada uno de los personajes porque, como bien se repite en el filme, el show debe continuar.

En los años treinta eran los ídolos de la taquilla. Sus apariciones en la gran pantalla se contaban por éxitos y esa fue la razón  por la que Stan Laurel –Steve Coogan- quería un aumento de sueldo por parte del estudio encabezado por Hal Roach –Danny Huston-. Su contrato estaba próximo a esperar, pero no el de Oliver Hardy –John C. Reilly-, lo que unido a sus divorcios y a la pasión por apostar en las carreras de caballos le obligó a continuar con otro compañero artístico que únicamente servía para echar de menos a quien fuera su pareja en los platós durante sus años de éxito.

En 1953 el empresario británico Bernard Dellfont –Rufus Jones- les contrata para una gira por Gran Bretaña que ellos acogen con ilusión para que sea la antesala de una nueva película. Stan escribe secuencias para una parodia de Robin Hood en la que dirán que roban a los pobres para dárselo a los pobres y así evitan intermediarios y que los ricos se enteren de sus actos. Los teatros apenas se llenan hasta que ellos intervienen en la promoción. Cuando sus respectivas esposas llegan a Londres ya se encuentran en un hotel de lujo y gozan nuevamente de una gran popularidad.

Gracias a ellas se ofrecen tres dúos en una misma función. El más importante es el de sus maridos, con una actuación descomunal de sus dos intérpretes. Cualquiera diría que Reilly Coogan no dan la imagen, respectivamente, de Oliiie y Stan, pero las cuatro horas de maquillaje en el caso del primero y la versatilidad del segundo les proporcionan el perfil adecuado. Ellos encarnan de forma admirable el compañerismo, la ternura, el afecto y la aceptación del adiós a sus momentos de gloria.

El segundo dúo lo marca el recuerdo de los personajes reales, con sus tics y algunos de sus momentos inolvidables en su faceta de artistas. A ellos hay que añadir a Ida Kitaeva Laurel –Nina Arianda- y Lucille Hardy –Shirley Henderson-. La primera era una aspirante a actriz que lo intentó como meritoria; la segunda, una script, mucho más dulce y en apariencia apocada que, sin embargo, demuestra una fortaleza a la altura de su amiga. Ambas también representan el desencuentro y la afección, casi a la altura de lo que representan sus maridos. Además, sus encuentros y desencuentros se manifiestas de forma paralela a los de ellos.

Si escarbamos, encontramos poca originalidad en el planteamiento y escaso riesgo en el desarrollo. Sin embargo, cualquier convencionalismo se queda en un segundo plano gracias a un buen guion y a una espléndida interpretación. De alguna forma nos recuerda, salvando las distancias, a Green Book, la gran triunfadora de este año. Se trata de dos producciones que amenazan con precipitarse en cualquier momento y que, pese a todo, mantienen un nivel cinematográfico muy elevado. Tanto, que lo mejor que puede decirse de ambas es que abandonas la sala con una mueca de felicidad imposible de ocultar.

From → Cine

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