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Un pueblo y su rey (Un peuple et son roi) (1/2)

2 abril 2019

Protagonismo de la Asamblea Nacional

Se produce la toma de La Bastilla. El pueblo francés inicia la revolución de 1789. Mujeres y hombres de escasas posibilidades económicas se entrecruzan con figuras históricas conocidas por todos. Toma el mando la recién constituida Asamblea Nacional y ella se encargará de dictaminar el futuro del rey.

La Revolución Francesa cambió el curso de la historia. Tanto es así, que con ella comenzó un nuevo período, una nueva Era. Esta película intenta relatarnos con fueron esos hechos, desde la toma de La Bastilla hasta la subida al cadalso de Luis XVI. Así como los acontecimientos marcaron un antes y un después, esta producción dirigida por Pierre Schoeller no concede motivo alguno para dejar huella. Quizá, podría mostrarse en algunos colegios franceses para reforzar la explicación de ese período, aunque cuando yo estudiaba las clases de historia duraban apenas sesenta minutos y ésta toma el doble de tiempo.

Schoeller es un cineasta que con sus dos primeros títulos consiguió interesarnos. En esta oportunidad su guion se torna superficial por el período de tiempo que abarca y los muchos personajes que introduce. Autor de la partitura, tampoco parece excesivamente relevante, ni su puesta en escena, con planos redundantes y en ocasiones fatigosos. Lo cierto es que todo deja de interesar desde el comienzo, con la tragedia de una madre al dar a la luz y la mirada esperanzadora de un grupo de parisinos que celebran con algarabía la caída de La Bastilla, símbolo del oprobio, en la que unos animosos golpean la misma piedra de las almenas.

La fortaleza entre cuyos muros se torturaba al pueblo ahora deja ver el sol. Una idea interesante que se complementa con un tema musical. Por unos momentos parecíamos estar ante una propuesta similar a Los miserables desde un punto de vista más localizado, urbano y sensible. Aparece un hombre apodado El Tío -Olivier Gourmet-, un soplador de vidrio a cuyo alrededor unas jóvenes se hacen notar. La parte bucólica viene representada por Basile -Gaspar Ulliel-, un personaje incomprensible que llega para enamorar a François -Adèle Haenel- quien, en un alarde de facultades canta algo así: Han tomado La Bastille y yo tomo a Basile. Ya se puede imaginar cuáles son sus intenciones.

En Versalles el rey Luis XVI -Laurent Laffite-, su esposa María Antonieta -Maëlia Gentil- y toda su Corte aguardan su destino, que se dirime en la recién creada Asamblea Nacional. Por ella desfilan figuras históricas, como Jean-Paul Marat -Denis Lavant-, Maximilien de Robespierre -Louis Garrel-, o Louis Antoine de Saint Just -Niels Schneider-. Se nombra también un nuevo artefacto destinado a sustituir a la hora en lo que se refiere a la pena capital y que fuera creado por un tal Guillotin.

La propuesta parece olvidarse de unos números musicales sin apenas coreografía para dar paso documentos históricos. Fragmentos de discursos de unos políticos que fueron artífices de la República y terminaron devorados por sus fauces en un período histórico que se extiende hasta 1793 y que se inicia con la caída de la Monarquía para concluir con los albores del Reinado del Terror. Como alternativa a una especie de documental se ofrecen las vivencias del grupo de parisinos que es protagonista en las calles y observador de los debates políticos. Si la parte histórica es endeble, la otra no emociona ni cautiva. Simplemente, las imágenes pasan sin que nos atrapen.

Hay un esfuerzo económico notable en el capítulo de la producción. El vestuario destaca sobre el resto, incluida la diversidad de cucardas, o escarapelas que señalaban a los defensores de la república. Los intérpretes, una pléyade de convincentes actores franceses, muestran su profesionalidad y apoyo a la causa, pero tampoco pueden exprimirse más con unos roles que apenas les proporcionar motivos para ello. En la puesta en escena destacan, sobre todo, algunas secuencias rematadas en postproducción. Especialmente, con una vista general de París durante la noche en la que los revolucionarios portan antorchas para demostrar su fuerza.

El cine histórico es complicado, especialmente cuando trata de ofrecer una nueva perspectiva de un acontecimiento de sobras conocido. Todo se complica más cuando los hechos afectan a un período suficientemente largo como para no poder efectuar una radiografía a fondo en un par de horas de proyección. La mayor parte de las veces exige detenerse en unos cuantos personajes o un hecho determinado. Estas premisas mencionadas, y algunas más, se las ha saltado de un tirón Pierre Schoeller con un resultado tan decepcionante como esperado.

From → Cine

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