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Familia sumergida (**1/2)

29 abril 2019

La imposible libertad

Marcela acaba de perder a su hermana. De su familia antes de casarse solo le queda un medio hermano y se siente desubicada. Su esposo y sus hijos tienen sus respectivos problemas ante los cuales ella parece cada vez más ausente. Un amigo de su hija mayor le ayuda a salir de esa indecisión en que parece instalarse.

La pérdida de un ser querido siempre produce, aparte de un vacío irreparable, una sensación evidente de desorientación. Eso es lo que le sucede a la protagonista de este relato, la ópera prima de la argentina María Alché, que se alzó con el Premio Horizontes a la mejor película latinoamericana en el pasado Festival de San Sebastián. Se trata de un drama en la que su protagonista quiere buscar su sitio. Se siente desplazada tras la pérdida de su hermana Rina y no encuentra en su familia la complicidad necesaria.

Marcela -Mercedes Morán- ha recogido diversos enseres de casa de Rina. Se quedará con algunos y otros los empaquetará para su medio hermano. Quedan objetos de su padre común y toda una suerte de emociones que emanan de esos objetos. De regreso al hogar se encontrará con la cruda realidad de un marido -Marcelo Subiotto- que a causa de su trabajo está obligado a viajar con frecuencia. También con las de sus tres hijos -Laia Maltz, Ia Arteta y Federico Sack-. La mayor se acicala para una fiesta en una quinta en las afueras con el objeto de despedir a Nacho -Esteban Bigliardi-, un amigo de su novio. La mediana, que comparte habitación con el menor, cuenta las horas para vivir fuera de casa, y su hermano apunta al fracaso escolar.

Todo apunta a una historia costumbrista, aunque paulatinamente la cámara tiene una única destinataria en la figura de su protagonista. Mercedes Morán, a quien veíamos con el síndrome del nido vacío junto a Ricardo Darín en El amor menos pensado, se reencuentra con el nihilismo que significa sentirse sola rodeada de gente. Incluso cuando visita a su madre en un centro para mayores que más bien parece un psiquiátrico. La actriz se encarga de un personaje difícil y lleva a cabo un trabajo impecable. La película ella, especialmente en una primera parte en la que no parece suceder nada.

Poco a poco entramos en el interior de su personaje central. Nos lleva a ella una cámara que pasa de estar fija o colocarse sobre el hombro del operador y viceversa. Solamente en las contadas veces en que sale al exterior se aboga por la ortodoxia, siempre refrendado por una fotografía oscura y casi nublada de Hélène Louvant. Si el espectador aguanta, y espera que pase algo más apasionante, tendrá su recompensa. No obstante que nadie espere algún vértigo ni una salida de todo. El ritmo pausado es similar al relato interior porque la cabeza de Marcela está hecha un lío. Quiere algún revulsivo, como también lo necesita el público, pero no se sabe a ciencia cierta qué.

Así entramos en una de las posibilidades, aquella por la que ha optado su autora. Nacho, que debiera irse de la ciudad después de haber sido admitido en un trabajo para el que se postulaba, no tiene más remedio que quedarse. La empresa en cuestión le ha dejado tirado en el último momento cuando ya tenía el hotel pagado. Mientras los demás se ahogan en sus traumas, él frecuenta el pequeño hogar de Marcela, en el que apenas cabe sus cinco componentes. Efectúa alguna chapuza puesto que para colmo de males se ha estropeado la lavadora, y comienza a pasear con la protagonista, e incluso a acercarse a ella más de lo aconsejable.

El rostro de la mujer se ilumina por momentos. Será un verano efímero porque se encontrará con la aceptación después de transitar por la decepción. Se desemboca en un plano final admirable, con la mayoría de los personajes bailando en torno a unas copas y unos canapés. Si nos han entrado en el filme, esa secuencia te parecerá tan fuera de tono como el resto. Si, por el contrario, te has acercado a Marcela y comprendes sus problemas, te parecerá una propuesta lógica y sincera.

Es una producción especialmente dirigida a las mujeres, sobre todo para aquellas que han entrado de lleno en la mediana edad y ven como sus sueños se acercan más a una pesadilla. No demasiado trágica, aunque pesadilla al fin. El largometraje tiene mérito, especialmente porque María Alché tiene convicción y sabe lo que quiere contar y cómo hacerlo. Su visión tiene la rémora del ritmo. Que pase lo necesario para que no pase nada. A veces, efectivamente, no pasa nada.

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