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La ciudad oculta (***)

31 mayo 2019

Un viaje a las entrañas

Documental rodado en el subsuelo de la capital de España. Un paseo por sus alcantarillas y su intrincada red de túneles. Una ciudad dentro de la gran ciudad, desconocida, pero que mantiene su pulso cotidiano y desconocido.

No es fácil articular una película de hora y media sin diálogos, sin narración y sin apenas una banda sonora que lo subraye. Después de destripar el interior del emblemático Edificio España, Víctor Moreno insiste en su tercer largometraje en los interiores desconocidos. Esta vez ha escogido el subsuelo de Madrid. Únicamente con su cámara y la escasa partitura de Juan Carlos Blancas ha completado una propuesta original e inquietante. Prácticamente futurista en su exposición.

Bajo la ciudad se esconde otra ciudad. Son sus entrañas. Sin ella no podríamos vivir como acostumbramos. Sobran cosas y faltan otras, al igual que en la superficie. El subsuelo cambia los laberínticos barrios por algo similar repleto de túneles, tuberías, alcantarillas, suministros de agua, gas o electricidad, transporte… No se trata de una guía de la infraciudad, ni siquiera pretende la posibilidad de una simetría oscura. Más bien, es una producción experimental. Una sucesión de planos que abarcan un abanico de sensaciones, desde lo hipnótico a lo repulsivo, pasando por lo trágico y lo elemental.

Mientras la superficie duerme, en su particular infierno se vigila. Se examinan las líneas de metro, se solucionan problemas y se trabajan en otros caminos nuevos. Se deben repasar los cableados, las conducciones y todo aquello que por cotidiano no consideramos vital por mucho que lo sea. Las brigadas pueblan las galerías en busca de contratiempos o para remediarlos. Hay animales, cucarachas y ratas de tamaño considerable. También gatos, que aguardan con templanza la ocasión de un alimento mayúsculo. En los caudales de agua, vertederos o no, pueblan millones de bacterias y seres únicamente visibles al microscopio. Y queda sitio para los sin techo.

Todo eso ya lo sabíamos, pero lo que realmente desconocíamos era el partido que se podría extraer a esas imágenes hasta conformar un documental extrañamente atractivo. Es verdad que podemos pasar sin él y que su visión, salvo en el aspecto estético, no nos ofrecerá mayores compensaciones. Tampoco es menos cierto que resulta difícil despegar la mirada del celuloide una vez que hemos comenzado a visionarlo.

Víctor Moreno insiste en que el modo más ortodoxo de enfrentarse a esta producción es con total oscuridad y, si es posible, con auriculares. El plano inicial muestra una negritud absoluta. Cuando nuestra retina se va acostumbrando advertimos un punto luminoso, luego otro, y así sucesivamente hasta parecer que nos encontramos bajo el manto de una noche estrellada. Realmente, se trata de los puntos brillantes que se reflejan en una pared. Se trata del comienzo de una singular sinfonía que, desde el inframundo, engarza con una investigación a lo desconocido.

Que nadie piense en un trabajo convencional. No se detiene la cámara en el cómo ni casi nunca en el por qué. Interesa el dónde y su ubicación en el espacio que le corresponde. Viaje a las alcantarillas, a la red del metropolitano, a la intervención de los bomberos y a un  mundo por descubrir en el que nadie quiere implicarse, pero que está ahí. Late bajo nuestros pies, nos resulta necesario y tiene sus concomitancias con el espacio exterior. Stanley Kubrick y su 2001 aparece en el horizonte. Del subsuelo a las estrellas. No es mal viaje.

From → Cine

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