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Lola y sus hermanos (Lola et ses frères) (**)

8 agosto 2019

Condenados a entenderse

Son tres hermanos, tan lejanos en apariencia como próximos. Lola ha conocido a alguien mientras prepara su divorcio en el momento en que Benoit va a ser padre nuevamente y está dispuesto a casarse por tercera vez. Pierre tiene problemas profesionales y llega tarde a la ceremonia.

La mayoría de los hermanos discuten y se aproximan mucho más cuando llegan a la edad adulta, aunque muestren puntos de vista diferente y los defiendan a capa y espada. Los tres personajes que nos trae Jean-Paul Rouve, que se reserva para él uno de ellos como es costumbre en su filmografía, se reúnen semanalmente para visitar la tumba de sus padres. Una cita puntual que les mantiene obligatoriamente en contacto.

Aunque es la pequeña, Lola -Ludivine Sagnier- se encarga de la cohesión entre ellos después de los dos varones se hayan enfrentado por una contrariedad. Ambos no hacen más que discutir, pero comprobaremos que son más los lazos que le unen que aquellos que los separaran. Curiosamente, ella es una prestigiosa abogada especialista en divorcios y está ultimando los trámites del suyo cuando Zoher -Ramzy Bedia-, uno de sus clientes, se ha convertido en su nuevo novio. A sus hermanos, Benoit –Paul Rouve- y Pierre -José García-, no les gusta si bien ninguno de ellos lo conoce.

Benoit, un oculista bastante inocente y tímido, no se siente preparado para ser padre. El embarazo de Sarah -Pauline Clément- le implica que vuelva a pasar por el altar por tercera vez. Pierre, con problemas laborales, llega tarde a la cita. Acaba de ser despedido de una empresa dedicada a la demolición y desescombro de edificios tras cometer un error. Resulta evidente que entre ellos hay un problema de comunicación. Este cincuentón que vive con su hijo intelectual, Romuald -Gabriel Naccache-, es el más agradecido en la pantalla pese a que no sea el más interesante.

La historia es una simple disculpa para incidir en las relaciones familiares y las diferencias generacionales. Como es habitual en sus películas, Rouve combina el humor con el drama en mayor y menor acierto. Posiblemente, consigue los mejores momentos de su carrera, pero al mostrarnos sin dobleces desde el principio las características de sus protagonistas se pierde buena parte de los efectos deseados. Un problema que, suavizado por el optimismo que destila, distancia al espectador y anula buena parte de la capacidad para interesarnos por sus personajes. Lola, posiblemente la más compleja, es la que produce un mayor interés.

Esas contingencias nos empujan a indagar en los roles secundarios, entre los cuales encontramos algunos detalles muy acertados, como el anciano del cementerio -Jacques Boudet -, que en una breve escena es capaz de meternos en su bolsillo. Un hallazgo de los guionistas en la segunda colaboración consecutiva del director con el escritor David Foenkinos. En Los recuerdos adaptaron una novela de este último, pero en esta ocasión optaron por una propuesta original.

La ternura fluye como nexo de unión a lo largo del filme. Rezuma humor y se aceptan las sonrisas, quedando la opción dramática bastante diluida. Genera conflicto, pero de sobra sabemos que los hermanos, principalmente los varones, están condenados a entenderse. No hay sorpresas Únicamente algunos momentos superiores al resto que son los que mantienen el interés.

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