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Ghostland (**)

19 septiembre 2019

A la sombra de Lovecraft

Una mujer hereda una casa familiar y se desplaza a ella con sus dos hijas. Durante la primera noche, son atacadas brutalmente en la mansión por dos desconocidos que les dejarán una profunda huella. Dieciséis años después las tres mujeres regresan al mismo lugar.

Una mujer conduce un automóvil en el que también viajan sus dos hijas. La pequeña, Beth Keller, es una entusiasta de los relatos de terror, principalmente de los escritos por Howard Philips Lovecraft. Ella misma, a pesar de sus miedos, también quiere ser escritora y fantasea con sus posibles éxitos. Viajan a una mansión familiar heredada y situada, como corresponde en un relato de estas características, en una zona aislada de la Norteamérica profunda.

Los elementos para desarrollar una película de género están servidos. Además, por medio de fotos y referencias literarias se cumplimenta un buen homenaje al autor de Los mitos del Tchulhu. Referenciar el celuloide al novelista nacido en Providence durante el mes de agosto de 1890 no suele ser una idea brillante. Hasta ahora, los largometrajes basados en su obra han resultado ínfimos en su calidad, o irremediablemente vulgares y carentes de sentido.

En este caso, el guion del cineasta francés Pascal Laugier, aunque con capital canadiense, utiliza al afamado autor literario para rendirle tributo, casi como si lo considerara el padre del terror moderno, A cambio, el más simple parecido con cualquier fragmento de su obra es pura coincidencia puesto que no existe de forma deliberada. De inicio, la propuesta es una más de ese subgénero en el que, ya sean desconocidos o no, asaltan una casa aislada durante la noche.

Pauline –Mylène Farmer- ejerce de madre complaciente e intenta mediar entre sus dos hijas, Beth –Emilia Jones- y Vera, interpretada por Taylor Hickson, quien sufrió un grave accidente durante el rodaje. Necesitó setenta puntos de sutura en su rostro y terminó por demandar a la productora. Las dos chicas no se llevan excesivamente bien puesto que la mayor tiene celos de la más joven. Durante el viaje, una de ellas efectúa una peineta a los ocupantes de una furgoneta de dulces después de que hubieran oído que anda suelto un asesino que se adentra en viviendas privadas y mata a sus ocupantes salvo a chicas adolescentes.

Una vez que se han instalado, los dos ocupantes del vehículo industrial entran de forma violenta en la mansión. Se trata de un hombre fuerte y gordo –Rob Archer- y de una furibunda mujer vestida de negro –Kevin Power-. Las tres residentes consiguen imponerse en una situación realmente comprometida, y salen airosas del trance. Dieciséis años después, Beth –Crystal Reed- se ha convertido en una exitosa autora de novelas de terror, y su hermana Vera –Anastasia Phillips- sigue todavía alterada por el episodio ocurrido cuando eran adolescentes. Ambas vuelven a reunirse con su madre en la casa donde tuvo lugar el asalto. Allí se reproducirá el horror

Pascal Laugier sorprendió con Martyrs en 2014, pero no se mostró a la misma altura posteriormente. En sus inicios se le incluyó en la lista de cineastas que contribuyeron a la denomina Nouvelle horreur vague, pero una década después parece anclado, con unos recursos que huelen a rancio o suenan a cine antiguo, Si exceptuamos algunos planos brillantes, las sorpresas quedan al margen. Todo resulta demasiado convencional o perteneciente a épocas pasadas, como las excesivas muñecas cuyo papel fundamental es el de provocar ciertos sustos esperados. Un debe en el que podemos incluir también la ficticia presencia de Lovecraft –Paul Titley-, ya que la época y la narración tampoco hacían necesaria su presencia.

Inicialmente, la producción apuesta a un ejemplo más de terror psicológico, aunque gira casi de inmediato a la violencia y el slasher. Ninguno de estos aspectos está tratado con la suficiente rotundidad. El desarrollo se queda casi siempre a medio camino entre lo que es y lo que quisiera ser. Los incondicionales del cine de terror no saldrán defraudados, puesto está narrada con vigor, si bien los caracteres se queden en la superficialidad, con unos diálogos que se sitúan muchos peldaños por debajo de lo que puede definirse como inteligente.

Las novedades que se pretenden permanecen igualmente fuera de foco a causa de los lugares y situaciones comunes por los que transita. En su puesta en escena, donde destaca la dirección artística, se pone de manifiesto una evidente inteligencia y un innegable feminismo. El personaje masculino más importante emerge como un ser primitivo, bruto y carente de imaginación. A cambio, ellas son más astutas y, llegado el caso, podríamos decir que también más crueles.

From → Cine

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