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Joker (*****)

8 octubre 2019

El hombre que quiere hacer reír

Arthur Fleck vive con su madre y hace ocasionalmente de payaso en trabajos basura. Sueña con actuar como cómico delante de un gran público porque su objetivo en la vida es hacer reír a la gente. También tiene problemas mentales, lo que influye para que la gente a su alrededor le vea como a un bicho raro.

¿Hay que situar a esta película dentro de la retahíla de producciones relacionadas con la abrumadora ola de súper héroes que nos invade? Desde el punto de vista de su personaje central, no hay más remedio. Sin embargo, Joker es otra cosa porque se trata de una película con mayúsculas. Seguramente incómoda para una mayoría, aunque siempre trascendente. Tanto, que entra de lleno en la categoría de obra maestra.

Su guion es extraordinario, porque viene a completar una figura excéntrica y salvaje. Llega, incluso, a justificar sus actos por una infancia terrible y una madurez a la que muy pocos podrían sobreponerse. Su esquizofrenia debería conducirle de por vida a un pabellón psiquiátrico, pero él solo quiere hacer reír y en sus propuestas de persona desequilibrada encuentra el respaldo de aquellos que celebran la aparición de cualquier friki. Así sucede con Murray Franklin -Robert De Niro-, responsable de un late show de máxima audiencia. Me gusta este tío. Únicamente ve su fachada.

La partitura de Hildur Guonadóttir es la más salvaje que hemos escuchado en mucho tiempo. Claro que este conjunto, en el que destaca sobremanera el trabajo de su protagonista, Joaquin Phoenix, no sería válido sin el excepcional trabajo de Todd Phillips. El director de Resacón en Las Vegas controla todos los detalles a la perfección. Sus actores brillan como su escala de grises y una ciudad de Gotham que no se parece a ninguna otra vista en la gran pantalla. Si algunos momentos recuerda a Nueva York en otros podría confundirse con San Francisco.

Arthur Fleck vive con su madre, Penny -Frances Conroy- en un edificio miserable en el que tiene como vecina a Sophie Dumond -Zazie Beetz-, con la que llega a intimar. Trabaja como payaso de anuncio o llevando un rayo de felicidad a los niños hospitalizados, y su existencia está llena de reveses. Únicamente un enano de la troupe que controla su jefe se muestra más cercano. Tiene un pasado todavía más cruel, del que nos enteraremos en una parte final absolutamente feroz. Es el bicho raro que recibe palizas porque sí.

El protagonista solo quiere hacer reír y sueña con debutar ante un público mayoritario con sus chistes. Lleva un diario en el que apunta sus ocurrencias y cae de pie en el programa de Murray Franklin. Naturalmente, una cosa es hacer reír y otra que se rían de ti. Unido a sus problemas cerebrales, el desenlace, por mucho que nos duela, debe ser considerado lógico. No salvo al protagonista. Todo lo contrario. Sin embargo, reconozco que es una víctima de la sociedad, una falla en el sistema que el propio sistema no ha sabido, o querido, recomponer. Por otra parte, se compone una figura retratada con es mero, que brilla cinematográficamente por sí sola y engancha a la vez con su entorno, incluido Thomas Wayne -Brett Cullen-, el padre de Batman.

Me niego a buscarle connotaciones políticas a este Joker. Me importa un bledo que se inscriba dentro de la era Donald Trump. Es una película con mayúsculas que brilla por sí sola. La puesta en escena de Todd Phillips podría guardar algún paralelismo con Taxi Driver, y entonces la presidencia de Estados Unidos pasaba de Gerald Ford a Jimmy Carter, donde los inquilinos de la Casa Blanca más sosos de la historia. Por otra parte, entendemos que Martin Scorsese no podrá decir, después de este largometraje, que las producciones relacionadas con súper héroes no son cine porque les faltan emociones. Pocas veces hemos visto en la gran pantalla un personaje como Joker.

Capítulo aparte merece el trabajo de Joaquin Phoenix. No le quito mérito a la versión que hizo en su día el malogrado Heath Ledger en El caballero oscuro, aunque siempre me pareció ligeramente sobreactuada. Nacido en San Juan de Puerto Rico y tres veces candidato al Oscar –Gladiator, Walk the Line y The Mask- alcanza el cénit de su carrera con un trabajo descomunal, mayúsculo. Canta, baila, retuerce su cuerpo, brilla con sus muecas y suya es una de las mejores risas de la historia del séptimo arte. Comparable a la de Tom Hulce en Amadeus. Contribuye a que el conjunto sea una de las mejores apuestas de la década. Pocos podrían imaginar que un trabajo de este tipo ganase el León de Oro en Venecia. Casi nadie esperaba que un filme de estas características fuese tan imponente, arrebatador e impresionante en todas sus acepciones. Respecto a su calidad y por lo que se atañe a los efectos que provoca en los espectadores.

From → Cine

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