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El silencio de la ciudad blanca (**)

24 octubre 2019

Historia y muertes rituales

Dos jóvenes de veinte años aparecen asesinados en circunstancias que recuerdan a una serie de crímenes cometidos veinte años atrás. De aquellos se culpabilizó a un comunicador especializado en acontecimientos extraordinarios que está a punto de obtener su primer permiso penitenciario.

La trilogía escrita por Eva García Sáenz de Uruti cuanto con más de un millón de lectores en España y su contenido es muy cinematográfico. Encaja, además, con el género que más ha revalorizado la cinematografía de Daniel Carpalsoro, quien de esta forma insiste en el thriller. El cine español ha incursionado últimamente en este tipo de filmes, una temática en la que cada día se muestran más expertos sus cineastas.

La historia, de por sí farragosa, emerge todavía más complicada en la pantalla y aunque su responsable se muestra atinado con la puesta en escena y demuestra su categoría tras la cámara, no puede enmendar un guion que naufraga en más secuencias de las necesarias. Algunas resoluciones son precipitadas y los personajes más complejos de lo que se nos quiere hacer ver. Existen contrasentidos evidentes y que afectan al triángulo de personajes principales, lo que lastra a la película desde el comienzo.

Unai -Javier Rey- regresa a su puesto de inspector de policía de Vitoria después de haber sufrido la muerte de su mujer embarazada en un accidente de automóvil. Parece conocer muy bien a Mario -Manolo Solo-, un periodista. Poco después de que le presenten oficialmente a la subcomisaria Alba -Belén Rueda-, que acaba de pedir el traslado desde Francia. Se extrañará el policía cuando los dos otros dos personajes se besan en público. En realidad, son marido y mujer.

Esas situaciones transcurren durante la investigación del asesinato de dos jóvenes de veinte años, que aparecen desnudos, presumiblemente asesinados por introducirles avispas en la garganta. Sus sexos están cubiertos por enormes girasoles y la colocación de sus cuerpos recuerda a una serie de asesinatos rituales acontecidos veinte años atrás. De ellos se inculpó a Tasio, un comunicador televisivo de fenómenos extraños -Alex Brendemühl-, que fue denunciado por Ignacio, su hermano gemelo.

La investigación corre a cargo de Unai y de su compañera Estíbaliz -Aura Garrido- en torno al cuadragésimo cumpleaños del primero. De joven, en la cuadrilla le apodaban Kraken y, sin que se explique convenientemente en la pantalla, se trata de una incógnita perseguida en las redes sociales. Está claro que adaptar una novela a la pantalla grande obliga a desprenderse de algunas situaciones o de ciertos caracteres que funcionan bien en la literatura, pero constituyen una rémora en el celuloide por falta material de tiempo para contarlo todo. Un defecto muy visible en esta adaptación, cuyos guionistas no han querido dejarse nada en el tintero a cambio de ser confusos y de eludir ciertas explicaciones necesarias.

La situación de Tasio en la cárcel, y sus conversaciones con el policía, recuerdan en la distancia a las de Hannibal Lecter y Clarice Starling. Especialmente con respecto a la labor didáctica del doctor para ayudar a esclarecer la cadena de crímenes y la presencia de insectos en la trama. Carpalsoro consigue diferenciar a sus personajes, y desarrolla una puesta en escena que se convierte en una magnífica guía publicitaria de Vitoria. Llama la atención de que en plenas fiestas de la Virgen Blanca no se encuentre a nadie por la noche en la parte vieja, pero las persecuciones por su catedral, la cripta de la seo vieja, la Casa del Cordón y otros lugares de interés resultan sumamente atractivas.

Sucede lo mismo con otras localizaciones alavesas. Se describen en la novela y están retratadas con mimo en el filme. En cuanto al asesino, según deduce Unai cuando desconocemos su identidad, es un tipo atlético, con conocimientos de arqueología e historia, pero también de agricultura. Se descubre pronto a ojos del espectador quien es el culpable de remover los crímenes rituales iniciados en un dolmen, y continuados escrupulosamente con monumentos o construcciones de la ciudad en estricto orden cronológico.

La situación se complica con los encuentros y desencuentros, incluidos los amorosos, de la subcomisaria y el detective. Ambos perdieron un hijo durante el estado de gestación y los recién nacidos ocupan un lugar capital en la resolución por lo que tienen que ver con una práctica de bebés robados. Tampoco se rehúyen costumbres ancestrales, como la utilización de las manzanas como ritual para un método sanatorio, tal y como le explica su abuelo -Ramón Barea-, al protagonista. También, el significado de los girasoles y de las avispas.

From → Cine

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