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Parásitos (Gisaengchung – Parasite) (****1/2)

25 octubre 2019

Ricos y pobres

Los componentes de una familia sobreviven a base de picaresca. Cuando el hijo varón entra a dar clases de inglés en una casa de la mejor zona de la ciudad hará todo lo posible por colocar a su hermana y a sus padres en la misma mansión. Se trata de dos cédulas muy diferentes cuya conjunción es prácticamente imposible.

Generalmente, los premios máximos en los grandes certámenes cinematográficos suelen ser discutidos. En ocasiones, las menos, el respaldo es unánime, y así se puso de manifiesto en la última edición del Festival de Cannes con esta propuesta del coreano Bong Joon-ho, que se alzó merecidamente con la Palma de Oro. Después de rozar el Oscar hace una década con la excelente Mother, su cine se lanzó por los derroteros de la lucha de clases aprovechándose de distintos géneros cinematográficos. RompenievesSnowpiercer, 2013- y Okja -2017-, así lo atestiguan.

Insiste en su temática, pero la ataca esta vez desde la comedia. Una familia, la protagonista, vive poco menos que el inframundo; otra lo hace en la opulencia, con una gran casa individual diseñada por un arquitecto de renombre y en la que todo es tan lineal como despejado. Exactamente al revés de lo que sucede en el domicilio de los Kim, con sus trastos desperdigados en un habitáculo cuya ventana se encuentra a ras de suelo. El inodoro, que aparece en una especie de altillo, basta como ejemplo para entender como es la vivienda.

Sobreviven doblando cajas para entregar pizzas, piratean Internet, y buscan desesperadamente mayores ingresos cuando aparece un amigo del hijo varón, Kim Ki-woo –Choi Woo-sik-, que le ofrece dar clase de inglés a una muchacha de la clase alta. Está enamorado de ella y debido a que ha de ausentarse un tiempo, únicamente confía en quien llama su hermano. Haciéndose llamar Kevin, cae de pie en una familia sofisticada en la que destaca el ocupado Park Dong-ik –Lee Sun-kyun- y un ama de casa tipo florero fácil de convencer y de gustos refinados, Park Yeon-kyo –Jo Yeo-jeong-.

La hija, Park Da-song –Jung Hyun—jun- se enamora del nuevo profesor y éste aprovecha la coyuntura para ubicar a su hermana Kim Ki-jung –Park So-dam- como tutora de arte. Sus razonamientos parecen irrefutables, por lo que se trata de otra persona confiable. Más tarde será el cabeza de familia Kim Ki-taek –Song Kang.ho- quien ocupará la plaza de chófer, mientras que su esposa Kim Chung-sook –Jang Hye-jin– se convertirá en ama de llaves. Una vez todos colocados, el casoplón de los Park nos mostrará un nuevo secreto, justo detrás de una estantería de botes de cocina. Los pobres trabajan para los ricos. Estos no existirían sin aquellos, aunque la conjunción de ambas esferas parece tan difícil de mezclar como el agua y el aceite.

La familia Kim es lo más parecido a nuestros pícaros. Abren la ventana aunque se atufen porque así se aprovechan del fumigado municipal. Bong Joon-ho los trata con cariño. Se nota que se siente más próximo a ellos que a los Park, pero a estos no los juzga. Muestra su sofisticación y hasta cierto punto los caricaturiza, aunque sin caer en la crítica más ácida. Contrapone los dos mundos y lo hace a través de un guion espléndido y de la ayuda de un trabajo excepcional por parte de Kyung Pyo-hong, el director de fotografía.

Más adelante, cuando tiene lugar una fuerte tormenta que provoca una inundación, la puesta en escena no decae en absoluto. Del abigarramiento incrementado por los planos cortos de los Kim a los más abiertos que ilustra el estatus más pudiente, todo encaja milimétricamente. Así se llega a una apoteosis en la que aparece la violencia más rabiosa. Parece que lo había entrenado en Rompenieves. So bien en este caso busca el lado más gracioso, aunque no por ello menos punzante en la diferencia y la lucha de clases que propone desde el principio.

Si no queremos entrar en profundidades, disfrutaremos de una película que no tiene desperdicio a lo largo de sus dos horas de proyección. Está a punto de precipitarse en peligrosas rampas descendentes, pero el cineasta salva todos los obstáculos con giros maestros que desembocan en una metáfora final. Ahí es donde entra la otra parte, la de la exposición de estratos sociales. No hay denuncia. Entre juegos malabares cinematográficos y una aguda disección se completa un largometraje para disfrutar y para pensar. Lo más próximo a una obra maestra. Desde luego, el mejor trabajo de su autor hasta la fecha.

From → Cine

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