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Como ser un french lover (Just a Gigolo) (*)

18 noviembre 2019

Un gigoló al que se le pasó el arroz

Desde pequeño Alex pensó en vivir sin trabajar- Ser un gigoló colmaba sus aspiraciones y encontró en Denise la mujer perfecta. Tras más de un cuarto de siglo de convivencia ella le puso de patitas en la calle. De esta forma, el protagonista se refugió en casa de su hermana, a quien no veía desde hacía tiempo.

Dos años antes, Chris Spain y Jon Zack escribieron el guion de Instrucciones para ser un latin lover -How To Be a Latin Lover, película que debería de asentar entre los norteamericanos la figura de Eugenio Derbez, uno de los cómicos mexicanos más acreditados del momento. Deberían de colaborar a esa empresa nombres tan reconocibles como Raquel Welch, Rob Lowe, Salma Hayek o Michael Cera. No obtuvo el éxito esperado y ni siquiera se estrenó en algunos mercados como el español.

Siguiendo aquellas directrices, Olivier Baroux se atrevió con una versión francesa que sigue prácticamente los pasos del original, aunque cambiando de escenarios. Ni siquiera se luce con una propuesta en la Costa Azul, que podría haberle dado mayor empaque, y ubica su aventura en un lugar indeterminado. Se centra en Alex, quien quedó obnubilado desde pequeño con la portada de una revista en la que se veía a un adinerado hombre mayor con una mujer joven a su lado. Su ideal era el papel de la chica: un gigoló.

El intérprete elegido es Kad Merad, al que le han puesto una peluca espantosa con la intención de asemejarse más al original. El cuerpo de Derbez no estaba para muchas florituras, pero el de este comediante francés emociona mucho menos. Máxime, después de haber compartido un cuarto de siglo con Denise -Ariéle Semenoff-, la viuda rica que conquistó pasando por encima de su amigo y compañero de fatigas Damiel -Pascal Elbé-. El día que fue a regalarle con su dinero un Aston Martin por el aniversario de su unión, Denise se encaprichó más del vendedor del concesionario que del automóvil. Al no estar casados, Alex se fue de la mansión con un traje y una pequeña maleta.

El único refugio era la casa de su hermana Sarah -Anne Charrier-, viuda desde cinco años atrás y madre de un chaval de diez años, Hugo -Léopold Moati-. Como quiera que al chaval le hace tilín una compañera del exclusivo instituto al que acude becado, su tío le proporciona algunos consejos. En principio, por el interés, puesto que la chica es la nieta de una viuda multimillonaria, Samantha Hirsh -Anny Duperey- a la que el personaje central se propone conquistar sin mayores miramientos.

De todas formas, aquel cuerpo que lucía Alex con veinte años hace tiempo que se encuentra privado de su esbeltez. Ni siquiera la entusiasta responsable de una heladería, Lydie -Caroline Anglade-, ve en él un objeto de seducción. Le contrata por pena, de la misma forma que alberga en su casa una buena cantidad de gatos. Definitivamente, esa máquina de conquistar de antaño no hay quien la arregle, ni con tintes ni exfoliantes.

Quien no haya visto la producción norteamericana dirigida por Ken Marino, se reirá con algunos gags, presenciará una producción agradable y se sorprenderá con algunas historias colaterales sin que se trate de una comedia que pueda conquistar nuestro corazón o nuestro intelecto. Las lecciones que cualquier hombre pueda sacar del personaje central no le harán triunfar en su vida amorosa. Ni siquiera lo consigue con su sobrino, que no alcanza su propósito hasta que decide ser él mismo.

Este remake sale perdiendo en el reparto. De los nombres rimbombantes del original se ha pasado a un Thierry Lhermitte en lamentable estado de descomposición, que ya no sirve ni para ser un french lover. También es menos atractivo el baile entre los dos hermanos al son de una canción sesentera. Si acaso, tiene más garbo la secuencia inicial, cuando los dos hermanos se quedan huérfanos al fallecer su padre, quien les dedicaba a sus hijos el poco tiempo libre que tenía. Fue entonces cuando Alex decidió su camino y Sarah soñaba con ser arquitecta.00

From → Cine

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