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Los dos papas (The Two Popes) (***1/2)

6 diciembre 2019

Rigidez y flexibilidad

Antes de su renuncia, Benedicto XVI sostuvo algunos encuentros con el cardenal Bertoglio, posterior Papa Francisco. Ambos representan posturas antagónicas en el seno de la Iglesia Católica. El alemán, siempre estricto y conservador, mientras que el argentino oponía a ello su talante más aperturista.

Tras el fallecimiento de Juan Pablo II, los cardenales católicos elegían en Roma a su sucesor. El gran favorito era el alemán Joseph Ratzinger, que había sido el defensor de la fe con el Papa muerto. Estaba revestido de un aura profundamente conservador y se mostraba claramente opuesto al celibato eclesiástico a la unión homosexual. Antes de que se ratificara su elección veía en el argentino Jorge Bertoglio a un rival importante, no solo por las ideas que defendía sino también porque en las primeras votaciones se mostraba como el enemigo a batir por un hombre que ansiaba el cargo.

Pasado el tiempo, Bertoglio afirma que ha enviado varias epístolas al Vaticano, pero sigue sin obtener respuesta del Santo Padre. Por ello prepara el viaje a Roma con la intención de solicitar al Pontífice que acepte su renuncia como cardenal-arzobispo, de forma que se convierta nuevamente en un simpe pastor. La decisión de trasladarse al Vaticano se produjo poco antes de que llegase una invitación formal por parte de Benedicto XVI.

Los dos se citan en Castelgandolfo, a orillas del lago Albano, residencia oficial de los Santos Padres. A Bertoglio, un jesuita que apuesta por la sencillez y la escasa ornamentación, se le aconseja que vista en función de su cargo porque así lo desea el cabeza visible del catolicismo. Su primer encuentro resulta ácido. Tienen puntos de vista muy diferentes acerca de la Iglesia y el argentino, incluso, bordea la insurrección. La tirantez entre ambos irá aflojando entre chistes, referencias musicales y el acercamiento mutuo a través del diálogo.

El brasileño Fernando Meirelles, cuyo desenvolvimiento del drama político queda patente en su obra cumbre, Ciudad de Dios, se interna en la comedia gracias a diálogos chispeantes, en ocasiones profundos, a caballo entre la teología y la simpleza humana. El guionista Anthony McCarten ha construido una historia sólida e imaginativa que el cineasta complementa con un talento indiscutible. Lo que parecía que llevaba el camino de una charla interminable entre dos representantes de polos opuestos desemboca en un trabajo amable y atractivo al que no le pesan las dos horas largas de metraje.

Mucho que ver en el éxito de esta producción de Netflix, que consigue con sus apuestas trabajos impensables respaldados por grandes estudios, tienen sus dos protagonistas. Anthony Hopkins es un Ratziger sobre todo creíble, pero su trabajo va más allá de la caracterización y del texto. Navega de forma subterránea, robándole terreno de forma imperceptible a su interlocutor, que tampoco se queda atrás. Jonathan Pryce es un Bertoglio eficiente, apoyado por Juan Minujín que lo encarna en su etapa más joven.

Los dos actores británicos ofrecen un curso de interpretación y engrandecen la película cuando la cámara de Meirelles más se les aproxima. Es cierto que se ven más empequeñecidos entre las amplias estancias del Vaticano, especialmente cuando se sitúan frente a la Capilla Sixtina. No obstante, su labor es de plena satisfacción y conforma un conjunto irreprochable en casi todo lo que muestra, aunque más discutible en lo que calla o en aquello en que pasa de puntillas.

Con unos temas musicales desconcertantes, como el Bella ciao, sabemos que a Ratzinger es un amante de la música clásica, que le gusta comer solo los platos que preparaba su madre y bebe refrescos de naranja. El prelado argentino es más de vino, pizza, ABBA y fútbol. En la primera parte es él quien ataca para sentirse disminuido por el alemán en la continuación, cuando se recuerda su actuación en el pasado durante la dictadura. Unos flashbacks en blanco y negro presumiblemente largos nos remiten a su trayectoria. A cambio, el futuro Papa Francisco es el que mejor parado sale de este filme basado en hechos reales. Se nota una clara predisposición del autor a enaltecerlo y perdonarle sus pecados, desde su novia al colaboracionismo con los militares.

Nada sobre los rumores que hablan de una juventud hermanada con el nazismo. Ese calificativo se le reserva a Benedicto XVI, quien también sale de rositas a la hora de referirse a los abusos sexuales y a los desmanes del Banco Vaticano. En ese sentido, no se pretenden herir susceptibilidades para apostar claramente por la ligereza. Por eso, desde el punto de vista fílmico, poco que reprochar, salvo lo anteriormente referido. Atendiendo al compromiso y la historia, presenta lagunas y puntos oscuros. De cualquier forma, es un regalo de interpretación, de agudeza en las conversaciones y de puesta en escena.

From → Cine

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