Saltar al contenido

Dios mío, ¿pero que te hemos hecho… ahora? (Qu’est-ce qu’on a encore fait au bon Dieu?) (*)

19 diciembre 2019

De aquí no se va nadie

El matrimonio Verneuil regresa de una gira por los países de procedencia de sus cuatro yernos con no muy buen sabor de boca. El cabeza de familia afronta su jubilación mientras debe hacer frente a un contratiempo mucho mayor, ya que sus hijas y sus respectivos maridos quieren marcharse lejos de Francia.

En la primera entrega, presentada en 2014, habíamos dejado a los Verneuil aceptando que sus hijas se casasen con un chino, un árabe, un judío y un negro. Con mayores dificultades en el caso de Claude -Christian Clavier-, personaje intransigente, chapado a la antigua y bastante reaccionario. Gracias a su contemporizadora y más libertaria esposa, Marie -Chantal Lauby-, también se había congraciado con André Koffi -Pascal N’Zonzi-, el padre de familia africano que esgrime los mismos defectos.

Después del abrumador éxito comercial de aquella comedia, Philippe de Chauveron regresa con una secuela todavía más chauvinista, menos sorprendente y de menor calidad. Su desarrollo es una exaltación de Francia y lo bien que se vive en el país vecino, lo que hará feliz a sus habitantes y dejará bastante fríos al resto, si no es que llega a incomodarlos. Sin ir más lejos, el jamón por el que tanto suspira Koffi se vendería en España a precio de saldo. En comparación con un pata negra es como situar en un mismo plano un arroyo intermitente con el río Nilo.

Se inicia el relato con un supuesto viaje de los Verneuil por los diferentes países de procedencia de sus yernos. De regreso en el avión se regocijan por pisar nuevamente suelo patrio. La huelga de servicios públicos no les desanima. ¡Esto es Francia!, dicen. Los gags se reproducen a ese nivel, como el homenaje de brie, paté, cabeza de jabalí y vino que se dan a sí mismos cuando vuelven a su casa. Durante la reunión con sus hijas y sus respectivas parejas destacan las penurias pasadas en el extranjero debido a las deficiencias culinarias, los mosquitos y otras circunstancias que no se dan en su tierra, donde hasta las vacas parecen un monumento nacional.

El eminente notario Charles Verneuil se jubila. Lejos de tratar esa circunstancia, con sus pros y sus contras, se obvia para que se enfrente a un problema todavía mayor: sus hijas están dispuestas a vivir fuera de su país. La pintora aficionada Ségolène -Émilie Caen- decide irse a China con su marido Chalo Ling -Frédéric Chau-. El actor sin trabajo Charles Koffi -Noon Siawara- convence a su embarazada esposa Laure -Élodie Fontan- de asentarse en Bollywood, donde ella tendrá un puesto legal. David Benichou -Ary Arbittan- no ha conseguido financiación para su proyecto de comida halal y piensa que en Israel podría tener mayores oportunidades negocio. Su mujer, Isabel -Fréderique Bel-, se aplica en el idioma y espera convertirse al judaísmo en tres años. Finalmente, el abogado Rachid Benassem -Medi sadoun-, cansado de representar a inmigrantes del Magreb, quiere irse a Argelia donde su esposa Odile -Julie Piaton- podría defender a las mujeres que luchan por su libertad.

La situación no gusta a los padres de las chicas, que harán lo posible por revocarla. Insisten en que quieren pasar más tiempo con sus nietos, lo que no se demuestra en el desarrollo. Realmente, lo que desean es verse como gallinas cluecas y tener debajo de sus alas a toda la familia. La distancia hasta París es asumible, y para refrendar las virtudes de su entorno, la cinta se convierte en una guía turística de Chinon y alrededores, incluyendo su imponente castillo, donde fueron ajusticiados varios miembros destacados de los templarios. De eso, naturalmente, no se dice nada, que todo ha de resultar lo más bonito y limpio posible.

De aquellos franceses en la diversidad, núcleo central de la primera entrega, ya no queda nada. Aquel eufemismo para referirse a los galos de origen magrebí, musulmán, judío y oriental da paso a la tolerancia homosexual y al supuesto peligro emanado del terrorismo. El feminismo ya se había rozado en el filme precedente y ahora Charles Koffi ha de afrontar que su hija Vivien vaya a casarse con una mujer. En Francia, por supuesto. Mientras el sacerdote amigo de Marie Verneuil intercede para un refugiado que ha huido de los talibanes.

Una propuesta que no quiere molestar a nadie y que se queda en las más absoluta de las simplezas. Los toques de humor son manidos y totalmente blancos. Ni siquiera un casto beso. Esta vez todos los componentes de la familia no cantan La Marsellesa, pero aparece una gorra del general Charles de Gaulle y se nombra a Honoré de Balzac. Y es que tanto el conjunto, como sus partes, parecen patrocinados por la Oficina de Turismo francesa, incluida la puesta en escena de De Chauveron, a quien le falta en su historia referirse a otros puntales de referencia galos, como la moda o a la Guía Michelin, para ilustrar un producto que busca fervientemente la taquilla a través del chauvinismo más exacerbado. Si no es francés, no es bueno.

From → Cine

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: