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El silencio del pantano (**)

30 diciembre 2019

Verdades por mentiras

Un escritor de novela negra utiliza los escenarios de Valencia natal para sus tramas de intriga y, de paso, denunciar la corrupción política. El caso es que la realidad no parece demasiado alejada de la ficción y a veces hasta se confunde. Así se relaciona el poder con las bandas que se benefician del tráfico de drogas.

Un hombre se sube a un taxi cuyo conductor es bastante peculiar. Pide que le lleve a una carretera y que ya le dará más instrucciones. El cliente no parece encontrarse demasiado bien y en una gasolinera, apartemente sin servicio, termina matando al conductor. Se trata de Q, un popular autor de novelas policiacas que, en ese momento, está presentando su nueva obra y ofrece una definición de lo que entiende por un verdadero asesino. Mata porque puede, afirma.

Así arranca la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Juanjo Braulio que ha sido llevada a la pantalla por el asturiano Marc Vigil, un director primerizo después de haberse curtido en series de ficción televisivas tanto en España como en México. El protagonista -Pedro Alonso- prosigue en off, al tiempo que inicia su nueva novela, contando su parecer sobre los distintos estratos sociales y refiriéndose a la idiosincrasia de Valencia desde comienzos de este siglo. Se centra principalmente en un catedrático de Economía, ex Conseller de la Generalitat e influyente político apellidado Carretero -José Ángel Egido-.

Desde ese momento, la ficción se solapa con la realidad, ¿o tal vez sean la misma cosa? El autor secuestra al político, a quien termina asesinándolo, lo que destapa una corrupción policial y política que salpica a las altas esferas. También se relaciona con ella a la cabecilla de una familia gitana, Puri -Carmina Barrios-, cuyos tentáculos llegan hasta la mismísima Delegada del Gobierno -Maite Sandoval-. Tiene un brazo ejecutor, llamado Chema Falconetti -Nacho Fresneda-, que se ocupa de los trabajos sucios. Por ejemplo, prender fuero a un garito en el que personas de color pasaban droga. Vosotros a los vuestro, vender gafas y collares, les dice antes de incendiar el local.

Se utilizan diversas peculiaridades de Valencia, especialmente lo que afecta a la Albufera, para establecer un paralelismo con los actos de los principales personajes, aunque esas pinceladas se muestran únicamente al principio y en el desenlace. No se incide sobre ellas en el resto de un relato que discurre por los cauces de un thriller convencional cuyo principal defecto es el de ser demasiado localista. Se pueden contar las mismas cosas sin ser tan específico y buscando la universalidad.

Si lo que de verdad se pretende es advertirnos sobre la corrupción política en la Comunidad, ya tenemos el precedente de El reino, en la que Rodrigo Sorogoyen mostraba algo semejante con un planteamiento mucho mejor urdido y una puesta en escena bastante más convincente. El común denominador entre ambas es Luis Zahera, ganado del Goya al mejor actor secundario en el filme de 2018 y que en esta ocasión interpreta al taxista anteriormente mencionado.

Aunque mantiene un evidente interés, el guion está lleno de lagunas, algunas de las cuales saltan a la vista desde el primer momento y otras requieren justificantes cuando se completa el puzle al término de la proyección. Dejando aparte una matrícula actual con vocales, lo que no existe, se habla de un crimen en Orriols, pero no se sabe a ciencia cierta a cuál de los cometidos se refiere. Más difícil de adivinar si tenemos en cuenta que realidad y ficción conforman un todo unitario en el que se ofrecen verdades por mentiras, o situaciones verídicas que son relativas únicamente a la inspiración del novelista sobre el que gira la trama.

Hay circunstancias incoherentes y otras explicadas de forma deficiente. Seguramente, problemas de montaje que intentan descarnar las cuestiones adyacentes en aras de la línea principal, estimando que por sí sola tiene la fuerza suficiente como para despertar y mantener el interés. Por eso se habrá quedado en el limbo el hallazgo de un cadáver en el río Turia en el que se ha recreado un antiguo ritual romano.

Particularmente, nos gustan más las secuencias en las que Q aparece como un personaje cuyos límites entre la realidad y la ficción resultan difusos. La figura de Alfred Hitchcock emerge en el horizonte, e incluso el subrayado musical de Zeltia Montes evoca a Bernard Herrmann. Esos momentos cada vez son más pasajeros e infrecuentes conforme avanza la película. Es entonces cuando se da prioridad a la acción, borrando esos pasajes intimistas a los que nos gustaría que se les hubiese dado una mayor profundidad. Un muro de cañas que hunden sus raíces en el pantano. Es la definición del entorno y puede ser extensiva a esta propuesta.

From → Cine

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