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El misterio del dragón (The Mystery of the Dragon Seal – Viy 2) (*1/2)

11 enero 2020

El misterio del dragón – Un puzle universal

El cartógrafo británico Jonathan Green recibe el encargo de crear un mapa con todas las tierras pertenecientes a la lejana Rusia. En su periplo viajero se encontrará inmerso en las más extrañas aventuras, aunque ninguna de ellas alcanzará el nivel de enfrentamiento con el Rey de los Dragones, un producto de la magia negra.

Nos encontramos con la segunda parte de las aventuras del cartógrafo Jonathan Green, cuyo original cinematográfico se basa muy libremente en el texto de Nikolai Gogol titulado Viy. Después de una inversión de veintiséis millones de dólares y el gran éxito comercial en Rusia, se ha apostado fuerte. Esta secuela contó con un respaldo económico de cuarenta y ocho millones, lo que dio para contratar a un elenco internacional que pudiera asegurar las ventas en todo el mundo, y también la inversión china, cuya censura aprobó finalmente la exhibición en su territorio.

Todos esos pormenores hacen que la película se conozca por varios títulos según la parte del planeta de que hablemos. Parece que sus mentores no hacen caso al dicho que sostiene un axioma incontestable: casa con dos puertas, difícil de guardar. Oleg Stepchenko repite en la dirección tras el filme conocido como Transilvania: El imperio prohibido, y no evita un pequeño homenaje cuando el protagonista, Jonathan Green -Jason Flemyng- tiene que superar nuevamente Transilvania y los Cárpatos, lo que favorece la presencia de esa niebla paranormal de la que surgen figuras fantasmagóricas e imaginativas.

La historia arranca en China, donde se nos cuenta una leyenda relacionada con un dragón, las hojas de té y la magia. Tras alabar la citada infusión se afirma que solo un hombre y su hija tenían la facultad de recoger sus escamas, pero terminan siendo llevados a distingos lugares muy separados entre sí por los resultantes de la magia negra. El Rey Dragón, surgido de estas malas artes, es el ser más peligroso y cruel que pudiéramos pensar. Tanto como cualquier villano de película o un jefe de un final de fase avanzado en cualquier videojuego.

Cuando creíamos que el desarrollo del largometraje se adentraría por el vasto territorio dominado por China, asistimos perplejos a una aventura que nos lleva hasta Rusia e incluso a Inglaterra, con su epicentro en la Torre de Londres. Si todos los personajes de ficción son excéntricos, los que realmente existieron se presentan como caricaturas rocambolescas. Auténticos esperpentos en la acepción menos amable de la palabra. El zar de Rusia es para meterlo en un manicomio y, después de encargarle a Green el mapa de todo el imperio, el cartógrafo debe abandonar la corte con el rabo entre las piernas, su invento de precisión al hombro y sin ninguna contraprestación. Ni siquiera unas migajas monetarias.

Mientras, en Londres, una banal historia de enamorados nos lleva a la Torre en la que unos prisioneros no tienen esperanza alguna de salir con vida y soltarse de los grilletes que les encadenan a los gruesos muros. Como el amor mueve montañas, las paredes no son nada en comparación con la pasión de los enamorados. Gracias a ello, asistimos a un duelo inesperado entre un cautivo al que llaman Maestro -Jackie Chan- y James Hook -Arnold Schwarzenegger-. Naturalmente, su presencia obedece a la mayor financiación y a la amplitud de miras. Con ellos aparecen otros nombres conocidos, como los de Rutger Hauer y Charles Dance, junto a figuras asiáticas de la talla de Anna Yao y Anna Churina.

La trama no es farragosa, pero sí desconcertante, pasando por parajes que, a priori, no parece que tengan demasiada conexión. Se convierte en una especie de puzle universal cuyas piezas se intentan enlazar con pegamento en vez de por un encaje más natural. En toda la producción hay un deseo evidente de apostar por la acción, que alcanza su cénit en la parte final. De todas formas, cuando aparece en escena Jackie Chan, aprovechando cualquier objeto para mostrar sus habilidades es cuando la película crece.

Un buen pellizco de la inversión se lo han llevado los decorados, incluido un Londres decimonónico que tenemos nuestras dudas de que se parezca realmente al original. Se aprecia un esfuerzo en todas las construcciones, aunque a veces parezcan estar tan compuestas a escala que da la sensación de que una carroza sobresaldría por encima de las casas. Con todo ello, el largometraje es irregular. Acusa demasiadas concesiones y casi nunca se muestra suficientemente entrelazado como para seguirlo con atención. Hay momentos espectaculares y otros que son difícilmente aceptables. También sufre por los problemas típicos de una súper producción en la que cada cual quiere llevar el ascua a su sardina y por un guion extraño, alocado y con demasiadas fisuras.

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