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El Príncipe (**1/2)

15 enero 2020

Estado de reclusión

Chile, 1970. Un joven narcisista y solitario mata a un amigo durante una noche de borrachera. En la cárcel compartirá celda con un veterano quien le ofrecerá protección y ternura. A medida que pasan los días aprenderá a manejarse en el penal mientras asiste a pasajes de violencia y lucha de poder.

Las películas de género carcelario tienden a la intimidación y a una serie de encuentros sexuales más o menos permitidos, aunque nunca inesperados. En ese aspecto, la novela de Mario Cruz no se queda en lo superficial. Menos acción de la imaginable para mostrarnos unos personajes ambiguos que en modo alguno son supervivientes. Más que nada, se adaptan a su situación que, por cierto, no era la más halagüeña en el Chile de 1970, Estamos a pocos meses vista de la elección de Salvador Allende como presidente de la República.

Un joven aparece degollado en un establecimiento público, mientras que otro se dirige a la máquina de discos para que suene una canción. El denominador común del puntaje musical es Ansiedad, uno de los temas icónicos en la voz de Nat King Cole. Todavía con manchas de sangre en la camisa, el presunto asesino, Jaime -Juan Carlos Maldonado- ingresa en la cárcel. Termina en cuna celda junto con dos literas y otros cuatro convictos entre los que destaca El Potro, al que encarna el veterano y camaleónico actor Alfredo Castro.

El Potro desdeña a su compañero habitual, a quien le encarga que lave la ropa del recién llegado, al cual mira con cierta lascivia. Le indica que se acueste con él después de ducharse y esa misma noche le hace el amor sin que Jaime oponga mayor resistencia. A la mañana siguiente el recluso apartado -Sebastián Ayala- sirve a regañadientes el desayuno y bautiza al recién llegado con el nombre de El Príncipe. Le vemos recrearse ante el espejo y tratar con cariño a Platón, el gato de El Potro.

Las cartas están sobre la mesa, Cada oveja con su pareja y algunos caídos en desgracia. Los veteranos ofrecen protección y también ternura. Lo que pasa en la celda se queda en la celda porque Jaime ve al veterano recluso besar apasionadamente en los labios a una mujer durante una visita. No es mi esposa, le dice El Potro. La mía es mucho más guapa, pero a los que estamos aquí dentro nos esperan mujeres feas y desdentadas con cinco hijos en la puerta.

Nadie parece allí dentro lo que realmente es fuera. Tampoco sabemos los delitos que cometió cada cual para estar encerrado. Excepto El Príncipe. De él sabemos casi todo a través de flashbacks y notamos que su comportamiento en libertad y en el penal son muy parecidos. Su narcisismo y su soledad van unidos a su persona desde el principio. Ve como su mejor amigo, Gitano -Cesare Serra-, triunfa con las chicas. El protagonista siente interés por él y cuando comienza a tontear con otro homosexual rompe una botella y le sesga el cuello. En un episodio anterior, cuando vive una aventura en Santiago con una mujer mayor -Catalina Martín- se hace hincapié en su gusto por la ropa, lo que también se llevará consigo a la cárcel.

En San Bernardo, su localidad natal, mostraba sus habilidades con el fútbol. También se interesa por tocar la guitarra. Son elementos muy adyacentes dentro de una historia que narra la vida en prisión sin cortapisas, llegando incluso al sexo explícito. El drama está servido y la acción viene de parte de un interno conocido por Che Pibe -Gastón Pauls-, un tipo que dice ser argentino, proveedor de diversos artículos a sus compañeros de reclusión. Tanto él como El Potro son dos gallitos y el entendimiento entre ambos resulta imposible. Si le tengo que odiar, dice El Potro, prefiero que sea argentino y no chileno.

El príncipe sigue adelante con su narcisismo y su inclinación por los efebos, especialmente el que acompaña a Gastón, lo que no le hace ninguna gracia a El Potro, quien se muestra como el padre que Jaime siempre echó en falta cuando lo necesitaba. Dentro de la celda hay un afecto que no se puede entender desde fuera. El protagonista lo asume, aunque también aprovecha sus experiencias para ir adquiriendo un rol insospechado a la vista de cómo fue su llegada a un recinto donde los guardias se imponen por la ley de la fuerza y no entran a mediar en las tensiones carcelarias.

Sebastián Muñoz debuta en el largometraje con esta propuesta y no se esconde. En ningún momento juega con las metáforas ni con los eufemismos. Muestra cualquier detalle con crudeza, sin omisiones. Tiene menos pudor con el sexo que con la violencia, lo que desemboca en una cierta incomodidad en algunos pasajes. Deja algunos detalles sin desarrollar y nunca consigue ofrecernos una visión al completo del penal y sus internos. Se centra fundamentalmente en su protagonista y el debutante Juan Carlos Maldonado firma un trabajo más que interesante en ese sentido, transmutando perfectamente su carácter introvertido por una mayor fortaleza.

From → Cine

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