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Diamantes en bruto (Uncut Gems) (****)

28 enero 2020

Una adicción incontrolable

El propietario de una joyería ubicada en el barrio de los diamantes en Nueva York es un adicto al juego. Cada vez está más entrampado y lucha por conseguir una racha que le permita sufragar sus enormes deudas. Una estrella del baloncesto es la tabla de salvación a la que intenta agarrarse.

Los diamantes, cantaba Marilyn Monroe, son los mejores amigos de las mujeres. Lo mismo pueden decir los varones. Es normal velos en las orejas de los famosos y hay quien no puede resistirse a ellos. En todo caso, como bien explicaba James Bond, son para la eternidad. Gracias a esas gemas los hermanos Ben y Joshua Safdie han firmado su mejor película. Un trabajo opresivo, sin tregua, aparentemente caótico en ocasiones y con un protagonista que está muy encima de sus mejores actuaciones.

Hablamos de Adam Sandler, este tipo cuyos dientes destacan en su fisonomía y que tiende a hacer el payaso cada vez que aparece en escena. Ya había dado muestras de que podía hacer algo muy superior gracias a títulos como Embriagado de amorPunch-Drunk Love, 2002-, o cuando fue dirigido por Noah Baumbach. Treinta años después de su debut en el celuloide emerge como un actor de cuajo gracias a Howard Ratner, un personaje que parecía haber sido escrito para otros actores menos dados al histrionismo.

Es el propietario de una joyería en el barrido de los diamantes neoyorquino en la que atiende de forma directa a ricos y famosos. Una especie de asistente llamado Demany -Keith Stanfield- le proporciona clientes exclusivos. Echemos la vista atrás. En una mina etíope unos trabajadores encuentran una roca con un ópalo admirable, lleno de generosas incrustaciones y unos destellos hipnotizantes. En las manos de Howard puede subastarse a un precio estratosférico. La cámara penetra en la mima y acto seguido lo hace en el cuerpo del protagonista al que se le practica una colonoscopia. Ambos recorridos son similares.

De la misma forma que las gemas están en las profundidades de la tierra, también lo están en lo más íntimo de Howard, un jugador empedernido que debe dinero a las mafias y a los prestamistas. La entrada en la tienda de una estrella del baloncesto, Kevin Garnett, puede salvarle de una profunda crisis económica. La presencia del ex profesional de la NBA cuando era el jugador franquicia de los Celtic de Boston nos sitúa, cuando menos, en los primeros años de la última década, antes de su traspaso a los Nets en 2013.

No es habitual que figuras del deporte tengan una importancia tan relevante fuera de su hábitat deportivo. KG ya había intervenido en 1984 en Ganar de cualquier maneraBlueChips-, pero todo giraba en torno al mundo de la canasta y su figura aparecía eclipsada por la presencia de Shaquille O’Neal o del veterano Larry Bird. No es el único que se interpreta a sí mismo en esta propuesta de los Safdie, ya que Abel Makkonen Testaye, más conocido por The Weeknd también hace lo propio, aunque con menos protagonismo.

Howard es despreciado por su esposa -Idina Menzel- y hasta por alguna de sus hijas. Se siente mucho más a gusto con su joven amante -Julia Fox-, con quien le une la misma pasión por los diamantes. Lo suyo es un deambular constante, sin pausa, de un sitio a otro, como si estuviera poseído por una droga que no le permitiese parar. Es su adicción, la de las gemas brillantes. Cuando enseña a Garnett el ópalo etíope, el deportista se lo pide prestado para que sea su talismán. Howard accede a cambio de quedarse con su anillo de campeón de la NBA que lo empeñará para una nueva apuesta.

La película es frenética por momentos, una locura. Aparecen los prestamistas y los mafiosos que quieren recuperar el dinero apostado y perdido por un jugador sin cabeza, cada vez más expuesto al fracaso. Las mujeres en torno al protagonista se comportan de forma desigual. No hay cariño. Más bien, odio o interés. Todo conduce a una posibilidad de escape gracias a la confianza ciega en los aciertos de Garnett en el tiro a canasta.

La cámara se mueve a una velocidad que nos parece supersónica y los diálogos asemejan ametralladoras. No hay ocasiones para el descanso. Durante dos horas y cuarto asistimos a un envite delirante. Convierte una historia que, sobre el papel, podría ser convencional en una propuesta ambiciosa que nos atrapa en su bien urdida jaula de emociones. Es un filme que se introduce en lo más profundo de nuestras entrañas, como las gemas que se extraen de la profundidad de las minas. La dirección, el guion, su protagonista y un acertado montaje que resalta los buenos efectos visuales la convierten en una de las más destacadas del año. Solamente le encontramos un defecto, que también es una virtud al mismo tiempo. Es una producción de Netflix, lo que nos priva de su visión en salas comerciales y pantallas gigantes, pero que habla bien a las claras de la apuesta por la calidad de esta plataforma. Ojalá cunda el ejemplo.

From → Cine

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