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Judy (**1/2)

31 enero 2020

La estrella que nunca fue feliz

Por sus problemas de alcoholismo y drogadicción, pocos se atrevían a contratar a Judy Garland sobrepasados los cuarenta años. Sin hogar y con sus dos hijos pequeños a cuestas, está a punto de perder su custodia. Por eso acepta una oferta para cantar en Londres, donde se la considera como un auténtico mito.

Que nadie se espere encontrar un biopic lleno de fantasía y lentejuelas. La película de Rupert Goold, basada en la obra escrita por Tom Edge y Peter Quilter, va más allá del fracaso de una estrella. Muestra la descomposición de un mito, ahogada en drogas y alcohol. El texto es poco o nada fiel a la historia real y se ocupa prácticamente de las actuaciones que ofreció en el club nocturno londinense Talk of Town durante cinco semanas consecutivas seis meses antes de su muerte.

A los dieciséis años debutó en el celuloide encarnando al personaje que la encumbró, la Dorothy de El mago de Oz. Había fichado por la MGM y Louis B. Mayer -Richard Cordery- ejercía sobre ella un control férreo. Apenas comía, porque tenía que alcanzar una figura esbelta, no podía variar de peso durante el rodaje y mucho menos dormía. Cinco horas cuando era niña, llega a decir. Se cita a Sherley Temple, quien debiera protagonizar el film, y no se cuenta que se desechó porque la niña prodigio tenía un contrato con la Fox.

Por entonces se encaprichó de Micker Rooney -Gus Barry-, pero le dio calabazas, y no se sabe nada de sus dos primeros maridos hasta que la encontramos divorciada de Sidney Luft -Rufus Sewell-. Actúa con sus hijos Lorna -Bella Ramsey- y Joe -Lewin Lloyd- por un puñado de dólares y es desalojada del hotel de lujo en que disponía de una suite. Sin dinero, visita a su hija mayor, Liza -Gemma-Leah Devereux- y allí conoce a Mickey Deans -Finn Witrock-, que se convertiría en su quinto marido. No sabemos nada del cuarto, y mucho menos existe una mínima referencia a Vincent Minelli, con quien rodó Meet Me in St. Louis, y fue al artífice de su cambio de imagen antes de convertirse en su tercer marido.

Con Luft solicitando la custodia de sus hijos, decide aceptar una serie de actuaciones en Londres para obtener el capital necesario que le posibilite tener un hogar y vivir con Lorna y Joe. La contrata Bernard Delfont -Michael Gambon-, que dispone a Rosalyn Wilder -Jessey Buckley- para que sea su asistente y su sombra. De entrada, ella se niega a ensayar y le dice al director de la orquesta -Royce Pierreson- que lo tiene todo bien aprendido.

Las drogas y el alcohol son determinantes para que llegue tarde a las actuaciones e incluso para que se enfrente con el público. Cada noche ofrece lo mejor de sí misma en el escenario, pero tiene serias dudas de si lo podrá repetir al día siguiente. Es el juguete roto de una adolescencia terrible, explotada por el estudio y en la que las pastillas sustituían a la comida y al sueño. El propio Mayer le dice a los dieciséis si prefiere ser cajera en un supermercado, esposa de un granjero, o ser aclamada por multitudes. Como ella, insiste, hay chicas en cualquier pueblo del medio oeste más guapas, más altas, o con la nariz y la boca más perfectas. Ella, sin embargo, tiene un don que las demás no poseen: su voz.

El crespúsculo del mito en la capital británica es evidente, salpicado por su último compromiso matrimonial y pequeñas alegrías que parecen fuera de lugar en la película. El hecho de que dos admiradores, Dan -Andy Nyman- y Ben -Phil Dunster- aparezcan en la historia solo parece tener relación con el respeto y vehemencia que el mundo LGTBI ha profesado siempre por la Garland. Ese detalle y muchos otros se apartan de una verdadera biografía, incluida la discusión final con Mickey Deans, ya que fue él quien la encontró muerta en el baño.

Un filme de estas características, en las que se huye de las candilejas, aunque no se excluyan, en beneficio de una agonía irreversible suele ser repetitivo. Esta producción no se aparta de esos cauces, pero tiene a su favor el inconmensurable trabajo de su actriz principal, Renée Zellweger. Se trata de una de las pocas mujeres que poseen los cuatro premios más importantes de la industria cinematográfica y, hoy por hoy, emerge como una firme candidata al Oscar. Desde la caracterización a su absoluto dominio de la escena, todo lo hace grande. Además, interpreta todas las canciones, lo que concede a su actuación un valor añadido.

Contrasta con la dirección de Rypert Goold. Parece como si quisiera evitar que el brillo de los números musicales ocultase el doloroso retrato de su personaje. Son en ellos donde flojea más su participación, lastrando la formidable labor de Zellweger. El calor necesario brilla por su ausencia, concediéndole más valor al drama personal. No era necesario cuando, a tenor de lo visto, se trata más de un trabajo de ficción sobre un personaje real que de una biografía creíble. Incluye a unos personajes que sobran a los que no les da el crédito necesario, como el caso de Liza Minelli, cuya aparición resulta testimonial y desencajada.

From → Cine

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