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Un momento en el tiempo (Waves) (****)

31 enero 2020

El momento de la derrota

Dos hermanos y sus respectivas parejas. La película trata sobre el primer amor y las relaciones que de él se derivan. También del triunfo y de la desdicha, de decisiones erróneas que pueden desembocar en tragedia. A cada instante tenemos que sortear un campo de minas del que dependerá nuestro futuro.

Parece una ficción lineal, pero se convierte en dos historias de distinto calibre y semejante calado. La protagonizan dos hermanos que forman parte de una familia acomodada en Miami. Son jóvenes y parece que nada puede afectar su meteórico ascenso, principalmente por lo que respecta al varón. Sin embargo, el destino y la fortuna son veleidosos. Ciertamente, cada uno es dueño de sus actos, aunque a veces parezca que son tan irremediables como pueden semejar fortuitos.

En esa dicotomía se centra el tercer largometraje de Trey Edwards Shults. Un cineasta texano que a sus treinta y un años es tan poco acomodado como sus personajes por mucho que vivan en un auténtico casoplón. Dota a sus películas de unas imágenes que a muchos les pudieran parecer egocéntricas, pero sabe ponerlas al servicio del conjunto. Mucho mérito tiene su director de fotografía, Drew Daniels, quien sabe utilizar los recursos más manidos sin que parezcan banales.

Tyler -Kelvin Harrison Jr.- se toma el mundo por montera y lo hace de forma justificada. Es un campeón de lucha libre que está a punto de ingresar en una buena Universidad, al tiempo que disfruta de una novia, Alexis -Alexia Demie-, con la que se entiende a las mil maravillas. No hay forma de pararlo, ni en los entrenamientos, las fiestas, ni en los estudios o los ratos de ocio. Como grita entusiasmado junto a sus compañeros de deporte en un colegio exclusivo, es invencible. Así se puede sentir alguien cuando tiene dieciocho años y la vida le sonríe.

Su padre Ronald -Sterling K. Brown- es muy exigente, se muestra más fuerte que su hijo y le inculca a él y a su humana que un negro tiene que trabajar diez veces más que un blanco para obtener idénticos resultados. Está casado con Catherine -Renee Elise Golsberry-, una mujer solidaria, estéril, que ha tratado a los chicos desde su más tierna infancia como si fueran sus hijos. La dulce Emily -Taylor Russell- e la hermana de Tyler. Algo más joven que él, comienza a cruzar la frontera que separa la adolescencia del mundo de los adultos.

Se produce lo que parecía imposible. Tyler acusa una lesión en el hombro de la que debe operarse cuanto antes para evitar secuelas. Un infortunio que amenaza su triunfo en el deporte y su acceso a la Universidad. Las desgracias no llegan solas y Alexis le descubre que está embarazada. Comienza tomar pastillas para combatir el dolor y coquetea con las drogas y el alcohol. Una mezcla desaconsejable que desemboca en un hecho trágico. La cámara juega con las luces y unos encuadres que solo imagina Shults. Como hiciera en Llega la noche, cambia la pantalla de 16:9 a 4:3 para asegurar la opresión del protagonista. Los cielos azules de Miami se muestran grises, con nubarrones que amenazan tormenta.

Se produce el vuelco. La historia de Tyler y Alexis da paso a la de Emily, quien pronto se enamora de Luke -Lucas Hedges-, también experto en lucha libre, aunque no tan imbuido en ella como el hermano de su novia. Si su chica perdió a su madre, él hace mucho tiempo que no quiere saber nada de su abusivo padre, quien vive sus últimos días enfermo de cáncer en un hospital de Jefferson City, en Missouri. La historia de estos amantes es mucho más sosegada que la vivida en la primera parte del filme. La cámara no busca tanto los ángulos más imprevistos y se eleva el convencionalismo.

La película se mastica a lo largo de sus dos horas y cuarto de duración, y no puedes alejar la vista de la pantalla. Las imágenes son contundentes y el desarrollo del guion, aunque se trate de una propuesta poca novedosa, se lleva a cabo con la originalidad de un planteamiento que juega con unas cartas a las que extrae el máximo partido. Mucho mejor en la historia de Tyler que en la de su hermana, bastante más tópica. Tanto, que con otro cineasta y en otra película hubiera resultado tramposa y pretendidamente lacrimógena.

Trey Edwards Shults sale airoso y con nota de ese desequilibrio que muestran sus últimos veinte minutos. La película pierde efectividad y atractivo para recuperarlo en el plano final, idéntico al del principio. Una bicicleta, el equilibrio, la paz interior. El mundo puede derrumbarse a tu alrededor, pero no te importa si tienes la fortaleza y los apoyos suficientes como para que ni te importe ni te afecte. Una propuesta que nos deja, además, dos interpretaciones que destacan sobre un elenco compacto, la del férreo padre de los protagonistas y una Taylor Russell que viene de protagonizar Escape Room, en la que no podía sacar brillo a su personaje. Esta vez todo es diferente.

From → Cine

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