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Domino (2019) (*1/2)

23 febrero 2020

Solo es real lo que se filma

Un policía de Copenhague persigue por toda Europa al asesino de su compañero durante una intervención presuntamente rutinaria. El asesino es un libio que va tras los pasos del líder de ISIS, culpable de la muerte de su padre. También es un personaje utilizado por la CIA para dar con el paradero del terrorista.

Finalmente ha conseguido estrenarse un largometraje que pasó por evidentes apuros económicos. Su responsable, durante el rodaje de varias secuencias que se llevó a cabo en Almería denunció a los productores daneses de falta de pago. Finalmente, una empresa española inyectó dinero para que pudiera ultimarse y derivó en el cambio de algunos actores y en un montaje que evidencia graves carencias. Parece que se llevó a cabo durante la post producción y algunas escenas se nos antojan incompletas o no muy rematadas.

A Brian de Palma siempre se le ha considerado un discípulo aventajado de Alfred Hitchcock. No cabe duda de que Fascinación fue determinante en ello, pero sus mejores películas hay que buscarlas en las que tienen concomitancia con la mafia –El precio del poder o Los intocables de Elliot Ness-, el terror –El fantasma del paraíso, Carrie– y la acción –Misión imposible-. Sus cualidades como cineasta son indiscutibles y en cada uno de sus trabajos deja fragmentos de gran calidad. Sin embargo, para que puede mostrar todo su talento también necesita un buen guion y eso es algo que falla en este filme.

Dinamarca ha presentado varios de los mejores ejemplos de cine de intriga durante los últimos años en Europa. En esta ocasión, el texto de Peter Skavlan no se encuentra al nivel esperado, y eso que De Palma lo salva con eficiencia en sus inicios, particularmente durante el transcurso de una persecución por los tejados. Sucede después de que Christian –Nicolaj Coster-Waldau- y su veterano compañero Lars –Soren Malling- hubieran acudido a solucionar un problema aparentemente doméstico. Los dos policías se encuentran con una situación mucho más trágica y, a consecuencia de un despiste del protagonista, el teórico malhechor le corta el cuello a Lars.

Se trata de Ezra Tarza –Eriq Ebouaney-, un libio que persigue a Salah Al Din –Mohammed Azaay-, líder ISIS, el asesino de su padre. Este personaje es utilizado por la CIA en su papel de agente doble y en ello tiene una participación más que activa el agente Joe Martin –Guy Pearce. Asumiendo que en la muerte de su compañero ha tenido mucho que ver su negligencia, Christian perseguirá a Ezra por media Europa, llegando hasta Almería. Estará siempre acompañado por otro miembro del cuerpo de policía que también tiene sus propios intereses en resolver el caso. Alex –Carice van Houten lleva en su vientre un hijo de Lars, quien pensaba divorciarse de su esposa de manera inminente.

Los dos actores que en Juego de tronos apenas coinciden, aquí representan el mayor reclamo en lo que se refiere al reparto. Ninguno de ellos está por encima de unos roles poco brillantes. Están inmersos en una historia tan simple como llena de aristas. Se quiere juntar muchos aspectos, principalmente, la amenaza terrorista que se cierne sobre Europa y cuyos focos principales se concentran en Bélgica y se irradian por los países vecinos. Uno de las pasajes más significativos es el atentado que una mujer francesa lleva a cabo en la alfombra roja correspondiente a un certamen cinematográfico de los Países Bajos.

Lo vemos a través de los monitores de la misma forma que los terroristas graban sus actos. Da la sensación, y es un postulado preocupante, que sólo ha sucedido aquello que se ha registrado en las imágenes correspondientes. Únicamente es real lo que se filma. Se advierten propuestas atractivas que pueden fomentar que se profundice sobre ellas, o al menos que se cambien pareceres al respecto. Es entonces cuando llega un montaje al que parece que le faltan más planos de los necesarios y que afecta sobre todo al personaje que interpreta Guy Pearce. El guion se vuelve simple y totalmente predecible. No aporta nada al género y se añade a unos cuantos problemas que desde la dirección resultan muy difíciles de contrarrestar.

Quizá por esa razón el metraje a cámara lenta, tan usado por De Palma, excede lo convencional. Lo que suele ser utilizado como recurso en este caso supera lo lógico. Técnicamente, la media es muy superior. El octogenario cineasta de New Jersey ha recurrido a uno de los especialistas habituales en su filmografía, como el músico Pino Donaggio, cuyo acierto en Vestida para matar es innegable. También es destacable la fotografía del español José Luis Alcaine, teniendo en cuenta el juego habitual de color que lleva a cabo de Palma.

From → Cine

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