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Lo mejor está por llegar (Le meilleur reste à venir) (***)

2 marzo 2020

05Amistad, ante todo

Dos amigos de la infancia, ahora cincuentones y con una forma de entender la vida diametralmente distinta, se ven afectados por un malentendido. Cada uno piensa del otro que le quedan pocas semanas de vida y deciden dejarlo todo para hacer feliz al enfermo, lo que llega a poner a prueba su confianza mutua.

No es descabellado que suceda. Dos hombres van al médico y el acompañante deja al enfermo su tarjeta sanitaria para que le restañen unas heridas en la espalda a consecuencia de una caída. Al día siguiente, una vez vista la radiografía con detenimiento, se diagnostica un cáncer de pulmón que ya no se puede atajar ni con operaciones ni quimioterapia. Llega el momento más difícil, que es el de contárselo al afectado. Máxime, cuando éste piensa que el enfermo es su propio interlocutor.

Arthur Dreyfuss -Fabrice Luchini- es un profesor e investigador del Instituto Pascal absolutamente metódico. No cruza una calle si no es por un paso de peatones, se muestra severo con sus alumnos y, probablemente, esa vertiente de su personalidad le llevó a que su esposa Virginie -Pascale Arbillot- le pidiera el divorcio. Incluso su hija Julie -Marie Narbonne- se aburre con él cuando pasa los fines de semana obligada por la sentencia de la separación. César Montesiho -Patrick Bruel- es la cara opuesta de la moneda. Mujeriego, despilfarrador y sin un trabajo conocido, posee un carisma que le convierte en el foco de atención.

Ambos son amigos desde la infancia. Se conocieron en un internado cerca de Biarritz y desde entonces han sido inseparables. Es fácil comprender que el verdadero enfermo es César y que, en la conversación donde su colega tenía que informarle de la situación entiende que a quien le quedan pocas semanas de vida es a Arthur. Cuando deja a Lucía -Martina García-, su última conquista amorosa, se instala en la casa del doctor, al tiempo que este se las ingenia para tener una semana libre en su trabajo. Ambos se empeñan en buscar la felicidad del otro, complaciéndolo en lo que desee. El embrollo podría haberse resuelto en una secuencia, pero se mantiene hasta conseguir una comedia dramática consistente apoyada en la complicidad de sus dos actores principales.

César le pide a Randa Ameziane -Zineb Triki-, quien tras superar un cáncer ayuda a otros enfermos a superar sus depresiones-, que ayude a su amigo. A continuación, llevan a cabo un periplo viajero para que ambos cumplan sus anhelos. Se acercan al internado en el que se conocieron, ahora convertido en una franquicia que sirve para efectuar una leve crítica del sistema económico actual, y terminan en casa del padre del conquistador, Bernard Montesiho -Jean-Marie Winling-, instante que da paso a las desavenencias entre los dos personajes protagonistas. Desde París llegan a la costa atlántica e incluso a la India.

Alexandre de la Patellière y Matthieu Delaporte, autores de El nombre en 2012, son los responsables de este film sumamente correcto. Una propuesta que rebosa honestidad. Los momentos de comedia y los de tragedia son los mejor hilvanados y aquellos con los que más disfruta el espectador. Las partes de melodrama son las que representan los valles de una producción que presenta algunas reiteraciones y personajes que podrían desembocar en una subtrama, pero que se quedan reducidos al mínimo para el lucimiento de sus dos figuras, que actuaron juntos por primera y única vez hasta ahora en P.R.O.F., rodada allá por 1985 a las órdenes de Patrick Schulmann.

Se agradece que no se busque la lágrima fácil. El tono de comedia inicial se va diluyendo paulatinamente hasta adquirir un carácter más serio conforme avanzamos al desenlace. Por momentos, emerge como una comedia de enredos, aunque en este aspecto no desbarra y se advierte bastante contenida.

La complicidad de Luchini y Bruel se deja notar a través de las casi dos horas de metraje. El primero, con su rictus de amargura presente en la mayoría de sus composiciones; el actor, cantante y jugador de póquer profesional de origen judeo-argelino muestra su habitual carácter desenfadado, representando ambos con eficiencia y soltura sus respectivos roles. La puesta en escena no desentona, e incluso se luce en las partes más humorísticas, reservando una interpretación musical a cargo de Gilbert Becaud.

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