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Skin (***)

4 marzo 2020

Skin – Un supremacista arrepentido

Drama basado en hechos reales acerca de un skinhead que, tras gozar de reconocido prestigio entre los suyos, decide dar marcha atrás. Cuenta con la ayuda de un activista afroamericano y de su propia novia mientras intenta suprimir los numerosos tatuajes que cubren su cuerpo, incluido su rostro.

¿Puede alguien abandonar una organización cerrada con facilidad o sin pagar un alto precio? Pensamos inmediatamente en un colectivo mafioso y circunstancias de ese tipo las hemos visto en la pantalla con anterioridad. En este caso es un grupo de skinheads con unas normas tan claras como violentas. Un conjunto fanático que se deja notar en Ohio, Minnesota y Colorado, al que pertenece Byron Pitbull Widner. Este hombre fue protagonista de una historia real hace más de una década que tiene el mismo título, sin que se trate de una nueva versión, que el oscarizado cortometraje de ficción escrito y dirigido igualmente por el cineasta israelí Guy Nattiv.

A base de flashbacks asistimos a las vivencias de Byron, un tipo tatuado casi hasta el límite por su cara y su cuello cuyos grabados ahora pretende eliminar como si alguien borrase diversos dibujos de una pizarra, solo que con algo más de complejidad. Naturalmente, nos viene a la memoria American History X, pero hay diferencias fundamentales. No es la exaltación del individuo lo que refleja la historia firmada por Nattiv. Prima el colectivo, la manada. En sus arengas, lo líderes arremeten contra los negros, los asiáticos y otras mayorías ante unos seguidores enfervorizados.

El protagonista, además, proviene de una familia desestructurada. Es una víctima, pero cuyos actos no tienen justificación. Byron –Jamie Bell- es violento, y parece ser que únicamente gracias a esa agresividad goza de reputación entre los suyos, los que conforman el Vinlanders Social Club, creado en 2003. Cobra una importancia capital la pareja formada por Fred Hammer Krager y su esposa Shareen –Bill Camp y Vera Farmiga-, que se ocupan de recoger a chicos marginados, especialmente la mujer, a los que se acercan con halagos y lisonjas.

En su día, captaron a Byron y ahora quieren hacer lo mismo con una de las tres hijas de su pareja. A Desiree –Zoe Colletti-, la adolescente primogémita de Julie Price –Danielle McDonald-, intentan convencerla con halagos y frases cariñosas en las que no faltan palabras aduladoras como muñeca y preciosa. El punto de inflexión se produce cuando el personaje central interviene en la quema de una mezquita con resultado trágico. Julie se lo reprocha y la pareja está a punto de resquebrajarse.

El cúmulo de diversas circunstancias tiene como desenlace la regresión de Byron, un supremacista que, de alguna manera, ve la luz, y pretenden iniciar un sendero muy diferente. Si no hubiera encontrado el apoyo de su familia, habría sido incapaz. También resultó determinante la presencia del activista antifascista afroamericano Daryle Lamont Jenkins –Mike Colter-. Con todo ello, el personaje central comprende que sus tatuajes no son motivo de orgullo sino que se asemejan a una especie de mazmorra que le mantiene prisionero. Así vemos de forma paralela los desvelos de Byron por prescindir de sus figuras y sus actos más agresivos.

La película entra en una parte final en la que manda la acción. Nattiv parece haberse quedado sin recursos para rematar su historia. Es obvio que su protagonista no puede irse de rositas y que el peligro físico se cierne sobre él. Pretende de esta manera redimirlo. Piensa que es un tipo violento que explota a las primeras de cambio, aunque entiende de la misma forma que su fondo es bueno. La tendencia al melodrama de esos pasajes que aventuran el final no mejora con la cámara en mano ni con las imágenes blanqueadas del camarógrafo Arnaud Potier. En realidad, el conjunto funciona mejor en los momentos más reflexivos e incluso la puesta en escena de Nattiv resulta más eficiente.

El actor Jamie Bell es quien da vida al supremacista arrepentido. Su complexión parece anticipar un personaje más retraído y débil. Con una figura casi irreconocible, que incluye la cabeza rapada, proporciona con garantías la composición de un tipo entregado a su causa que se vuelve más vulnerable a medida que deja de creer. Si el autor de este film consigue salir a flote con su relato, Bell no le anda a la zaga apechugando con una personalidad compleja, similar a la del resto de los caracteres principales. A su nivel, o incluso por encima, se sitúa Danielle McDonald, que debe representar una mujer con las ideas claras y un cuerpo poco agraciado, lo que proporciona más valor a su intervención.

From → Cine

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