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Cartas a Roxane (Edmond) (***1/2)

14 mayo 2020

Cartas a Roxane – La gestación de una obra maestra

Edmond Rostand es un autor sin apenas futuro. Apadrinado por la actriz Sarah Bernhardt conoce al intérprete de moda en los teatros parisinos, Constant Coquelin. A él le ofrece una obra de éxito que escribirá a contrarreloj basándose en sus propias vivencias. Así nació Cyrano de Bergerac.

El cine nos ha brindado la oportunidad de asistir a la gestación de diversas obras cumbre de la literatura universal. Casi siempre se trataba de historias de corte biográfico que, en esta ocasión, da más pábulo a lo imaginativo. Alexis Michalik debuta por todo lo alto en el campo del largometraje gracias a la adaptación de su propia obra de teatro, Edmond, galardonada en su día con cinco Premio Molière. Llama la atención en un primerizo que apenas se note su procedencia original, ya que ha sabido mover a sus personajes por distintos escenarios y recrea la Francia de la Belle Époque a plena satisfacción, gracias a Praga y a los decorados de Franck Schwartz y Gilles Iscan, candidatos al César, al igual que el vestuario de Thierry Delettre.

La venerada actriz Sarah Bernhardt -Clémentine Célarié- acaba de estrenar la obra en verso de un joven dramaturgo, Edmond Rostand -Thomas Soliviérès-, pero el texto ha recibido unas críticas demoledoras. La diva sigue creyendo en su talento, al igual que su abnegada esposa Rosemond Gérard -Alice de Lencquesaing-, y le presenta al intérprete cómico más en boga en los teatros parisinos, Constant Coquelin -Olivier Gourmet-. El actor es todo un torbellino, y tras el fiasco de su último montaje necesita una obra antes de Año Nuevo. Edmond afirma que escribirá una tragedia, pero Coquelin quiere una comedia en tres actos.

Nos encontramos de lleno en la Belle Époque, con el triunfo del can-can y un Moulin Rouge a reventar cada noche. En él encontraremos a Antón Chéjov en una licencia del autor. A Rostand se le viene el mundo encima. Sin haber llegado a la treintena, tendrá dificultades para mantener a su esposa y sus dos hijos si no encuentra pronto un éxito. Para colmo, sufre el síndrome del folio en blanco. Sin buscarlo, encontrará la ayuda de cuatro personajes que resultarán claves en su creación literaria.

Monsieur Honoré -Jean-Michel Martial-, un hombre de color que regenta un café heredado de su anterior propietario, es quien le proporcionará el nombre del personaje, Cyrano de Bergerac, poeta, dramaturgo y pensador cuyo verdadero nombre de pila era Hercule-Savinien. Con el apoyo de su nariz prominente, el protagonista inventará circunstancias humorísticas en sus conversaciones con Coquelin, y el núcleo de su inventiva se centrará en la historia de amor entre su amigo Léo Volny -Tom Leeb-, un actor apolíneo sin recursos verbales para el flirteo, y Jeanne d’Alcy -Lucie Boujenah-, encargada del vestuario de las primeras actrices. El propio dramaturgo escribirá las cartas que, en la distancia, permitirá que los dos enamorados mantengan viva la llama de la pasión, y el contenido de las epístolas de ambos serán claves para los momentos más vibrantes de su obra.

No es que Edmond sea un adefesio. Simplemente, es el autor en la sombra de las misivas de Leo. Incluso, llega a enamorarse platónicamente de Jeanne hasta que su encargo va tomando cuerpo no sin ciertas dificultades. Los productores invierten su dinero a cambio de que una de sus amantes, Maria Leagult -Mathilde Signer- sea la primera actriz. Por su parte, Coquelin pretende que su hijo Jean -Igor Goterman-, negado para la interpretación, se encargue de unos de los papeles principales. Afortunadamente, encontrará un suporte impagable en el regidor Lucien -Dominique Pinon-, que salvará la puesta en escena con sus iniciativas.

Muchos personajes. Edmond habla de cien en escena para mil localidades de aforo en el teatro Paris-Royal. Sin embargo, Alexis Michalik los mueve con eficiencia y consigue momentos de humor que aportan un plus a una puesta en escena que parece más propia de un veterano. Hay algunos momentos en que la película parece languidecer, especialmente por las redundancias en el guion. Mientras los existencialistas nórdicos triunfaban en casi todo el continente, Francia miraba a autores como Toulouse Lautrec y vivía un oasis de entusiasmo a finales del siglo XIX.

Era el momento idóneo para que el texto de Rostand, estrenado el 27 de diciembre de 1897, triunfara irremediablemente y se convirtiera en una de las funciones más conocidas en los cinco continentes, a pesar de tratarse de un drama heroico en cinco actos. Su creación se narra de forma convincente, lo que no excluye pasajes melindrosos, especialmente al principio y en sus secuencias finales. El conjunto se nutre de aspectos banales salvados por el homenaje al teatro y la solvencia de su desarrollo. Es elegante de principio a fin, al tiempo que retrata con precisión una época y se nutre de personajes suficientemente conocidos como para seguir el hilo con interés.

From → Cine

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