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Knight of Cups (**1/2)

14 septiembre 2020

Hollywood y el sentido de la vida

Un guionista que reside en Los Ángeles intenta darle sentido a su vida. Está harto de la vacuidad de Hollywood, pero también es adicto al éxito. En su casa sueña con un mundo de ilusiones mientras persigue algo real, como sucede con la carta de la baraja o del tarot que lo identifica.

Dos años de montaje, presentación en el Festival de Berlín y cinco años de retraso en relación a su estreno en España. La razón se puede encontrar en la misma naturaleza del film. Aunque la sinopsis parece narrar una historia comprensible, Terrence Malick ha optado por una propuesta absolutamente experimental. Con un reparto repleto de figuras importantes en la industria, encabezado por Christian Bale -Rick-, una voz en off es la que asume la tarea del personaje central, un guionista de Hollywood que desearía escabullirse del ambiente vacío en el que se desenvuelve pero que, al mismo tiempo, necesita del reconocimiento para alimentar su ego.

El título del film remite a una figura que aparece en cualquier baraja. Es el caballo de copas en la española y la dama de corazones en la francesa. También forma parte del tarot, donde se presenta como uno de los arcanos menores y se relaciona con cuestiones sentimentales. Activa la parte emocional y se corresponde especialmente con los sentimientos. Hay una relación que importa tanto o más, la de mensajero. Por Motivo por el que, al inicio de la función Rick cuenta una historia que le relató su padre.

Había una vez un joven príncipe cuyo padre, el rey de Oriente, lo envía a Egipto para encontrar una perla. Cuando llega, le sirven una bebida y al libarla se olvida su ascendencia, del objetivo de su viaje y cae en un profundo sueño. Por eso la cinta es una ensoñación que se divide en nueve capítulos. Todos ellos llevan el nombre de una carta del tarot, salvo el prólogo y el último, que se dedica a la libertad. En el primero, La Luna, se relaciona con Della -Imogen Poots-, una joven rebelde, para dar paso a El Ahorcado, donde emergen las figuras de su hermano -Wes Bentley- y de su padre, Barry -Brian Dennehy-. El español Antonio Banderas encarna a Tonio, un playboy amoral en El Ermitaño, mientras que su ex esposa Nancy -Cate Blanchett-, y también su médico, ocupa la parte central de El Juicio.

A continuación, llega el turno de La Torre en la que aparece una modelo serena llamada Helen -Freida Pinto-, en las antípodas La Sacerdotisa, con una stripper efervescente de nombre Karen -Teresa Palmer-. La Muerte es el penúltimo capítulo, en la que el protagonista tiene relación con Elizabeth -Natalie Portman-, una mujer casada que se queda embarazada de un hijo que puede ser del propio Rick. Finalmente, Isabel -Isabel Lucas- es una muchacha inocente que será quien le empuje a tomar una decisión.

Terrence Malick lleva a la pantalla todos sus fantasmas y sus contradicciones. Cambia el carácter religioso habitual de sus películas por el misticismo, al tiempo que una vez más se desplaza sobre una línea poco concreta entre la realidad y la ensoñación. Lo hace mirándose al ombligo, construyendo una película visualmente hermosa, pero cuyo contenido críptico es incomprensible para muchos espectadores. Se pueden entretener con los componentes de un reparto de altura y con las hermosas imágenes, que llegan a ser repetitivas, aunque llegarán a la conclusión de que no se habrían perdido nada por haberla obviado.

El cineasta norteamericano ha hecho un largometraje para sentirse a gusto, sin pensar en los demás. En su séptimo trabajo detrás de la cámara el héroe atormentado al que tanto partido suele sacarle, busca con desesperación el sentido de la vida. El argumento es el menos coherente de todos sus trabajos, incluido El árbol de la vida, y por ello gustará a una parte de la crítica y, en general, a aquellos que pretendan dárselas de intelectuales y que hagan demagogia con el existencialismo, aunque no tengan ni puñetera idea de las tesis que defienden. Malick huye de la linealidad en sus propuestas y esta vez es lógico pensar que se le ha ido la mano.

Hay veleidad en muchas de las imágenes, donde las mujeres parecen esconderse en velos transparentes que, todas juntas, podrían formar una magnífica Salomé. Por eso hablábamos arriba de fantasmas y contradicciones. También de una especie de catarsis o de pagar una deuda consigo mismo. Da la impresión de que el propio director está cansado de la impostura de Hollywood, pero al mismo tiempo necesita del éxito para sacar adelante sus proyectos. Lo hace desde la exageración y la cábala, arriesgando lo máximo y sin importarle nada, especialmente la opinión de los demás.

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