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La ofenda (L’ofrena) (**)

18 septiembre 2020

Morir pidiendo perdón

El padre de Rita ha muerto y gracias a ello conoce a Jan, un hombre atormentado por haber dejado tiempo atrás a Violeta. Su nueva amiga le ayuda en el intento por acercarse a su amor de juventud, una psicóloga casada y madre de dos niños.

Después de un largo rodado en 2008, y protagonizado igualmente por Álex Brendemühl, el barcelonés Ventura Durall se abrazó a la producción y al género documental para regresar nuevamente a la ficción con La ofrenda, un drama en el que se persiguen obsesiones del pasado y que habla fundamentalmente de los amores rotos que dejan cicatrices difíciles de curar.

Rita -Verónica Echegui- ejerce de actriz porno, de esas que a través de conversaciones audiovisuales sube las pulsaciones de sus comunicantes, cuando recibe una visita inesperada. Se trata de Jan -Brendemühl-, responsable de una empresa llamada Ulyses que se encarga de llevar a sus destinatarios los mensajes de aquellos que están a punto de morir. Generalmente, por decisión propia.

Aunque uno de los personajes dirá que el perdón es mejor pedirlo a la cara, mirando a los ojos, la mujer llega a emocionarse con el mensaje de su padre -Antonio Buil-, de lo que se desprende que sufrió malos tratos por parte de su progenitor. Rita y Jan intiman y ella descubre que las afecciones de su compañero, la tristeza y la introversión que muestra son debidos a un amor de juventud, de ahí que asistamos a una serie de flashbacks protagonizados por los dos adolescentes. El joven y encantador Jan deja a la hermana de Verónica para unirse sentimentalmente a ella, en un papel que pone en el mapa a Claudia Riera, cuyo debut puede colocarla en la recta final del Goya a la mejor actriz revelación.

Dispuesta a lo que sea por conseguir que su novio se entregue al cien por cien, Rita consigue encontrar a Verónica -Anna Alarcón- convertida en una notable psicóloga, casada con un profesor de literatura inglesa -Josh Climent- y madre de dos niños. También descubre su adicción, lo que demuestra que también se halla atormentada. Quizá por aquel abandono inesperado de un hombre al que juró amor eterno, que la dejó embarazada y del que no ha vuelto a tener noticias desde hace casi treinta años.

En la secuencia cumbre, los cuatro personajes principales comparten un almuerzo y unas copas. El erotismo que flota en el celuloide desde el comienzo del film y está a punto de llegar a su cénit. Rita utiliza el sexo como vehículo de expresión, mientras que Violeta se encuentra vacía y no es hasta el reencuentro con Jan cuando intensa satisfacerse a sí misma. De todas formas, una visita inesperada aborta la tensión en alza, lo que nos óbice como para que se despierten ciertos instintos primitivos y que algunas acciones tengan visos de repetirse.

Con unos cuarenta minutos álgidos, en los que la intriga y la entrega de los intérpretes refuerzan las dos épocas en que transcurre, el relato va perdiendo fuelle. Vuelve a elevarse con la secuencia referida anteriormente, si bien desde ese momento las situaciones se hacen menos sostenibles, y la resolución elegida, aunque con cierta lógica, no parece la más satisfactoria. Ese decaimiento viene arrastrado por una construcción de los personajes que no es la más acertada.

Cada uno de ellos tiene luces y sombras, pero no se proyectan por el canal más adecuado. Jan es inseguro en sus relaciones. Lo demuestra desde que seducía a las jovencitas cantando y tocando la guitarra en la playa a la luz de la luna, cuando conoció a Verónica en un camping llamado precisamente Ulises. Sin embargo, su obsesión por ella sigue latente treinta años después, y es correspondida, aunque todos los elementos jueguen en su contra. Sucede lo mismo con Rita, que se entrega tanto como su ahora rival. La línea marcada por los abusos paternos, su profesión extrema y la pasión que le despierta Jan es insegura. Tanto como la de Verónica, que plantó a su familia, tiene una carrera universitaria y es madre de dos hijos, a pesar de que su frialdad sexual es evidente.

Todavía menos afortunado es el rol de su esposo, un padre de familia que prepara la cena, es comprensivo y que eleva el tono por una cuestión en apariencia baladí para luego darse cuenta de que parece sobrar en la ecuación. Durán cuenta La ofrenda con acierto, pero lastrado por esos personajes mal definidos. Pretende demostrar con el título del largometraje esa dedicatoria que, antes del último trance, cualquiera puede contrarrestar su culpabilidad hacia otra persona. Al final, se queda en una obsesión elevada a una máxima potencia, que trasciende prácticamente al tiempo.

From → Cine

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