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Tomasso (**)

26 septiembre 2020

Un artista en la encrucijada

Un cineasta neoyorquino desarrolla en Italia un nuevo proyecto. Vive con una mujer mucho más joven que él y con su hija. Entre su preocupación por desarrollar su trabajo, asiste a reuniones de alcohólicos anónimos y da clases de interpretación. Su carácter neurótico influye poderosamente en su yo.

Las autobiografías cinematográficas suelen ser muy condescendientes o navegar a todo trapo en sentido contrario. Sea cual fuere el camino siempre ocultan algo por mucho que sus autores se desnuden en el guion. Abel Ferrara se muestra al natural en Tommaso gracias al sólido trabajo de Willen Defoe, su alter ego en la pantalla. Nos habla de su terapia para no depender del alcohol, de un amor tempestuoso y de algunos de sus miedos para llegar a un final absolutamente incongruente a tenor de las circunstancias de la historia.

Se puede decir que es una metáfora, como otras tantas a lo largo del film. El caso es que Ferrara juega, no solo con sus propias cartas sino también con reglas particulares que tanto le permiten transgresiones como ajustarse a los cánones. Siempre, con una fotografía oscura de Peter Zeitlinger, como si el propio autor se mostrase a disgusto consigo mismo y nos hablara de una época tenebrosa de su existencia.

Se centra en un pasaje de su vida en el que vive en pareja con Nikki y su hija DeeDee, incorporados por Cristina Chiriac y Anna Ferrara, esposa e hija del cineasta en la vida real. Es el epicentro de un relato que incluye todo tipo de neurastenias, miedos, egocentrismo y autocomplacencia. Tomasso entiende la vida en pareja de forma muy diferente a la de su compañera, reminiscencia de un mundo hippie que entiende como uno de sus derechos fundamentales el amor libre.

Para el protagonista verla besarse con otro hombre es un golpe directo al hígado. No lo es menos que él la espere para cenar y ella se prepare la comida por su cuenta. Insiste en que todo lo que existe puede proporcionar placer a nuestra conciencia, pero estás limitado porque esta última tiene obsesiones neuróticas. El pensamiento dualista es el que adquiere mayor importancia por mucho que reconozca que puede causarnos problemas.

La película emana tristeza y, para los amantes del séptimo arte, cierta decepción. El autor se muestra reprimido en casi todo aun cuando pretenda abrirse sin cortapisas. Lo demuestra en sus relaciones con otras mujeres, especialmente con una de sus alumnas de expresión corporal -Stella Mastrantonio-. Elude explicaciones y se conforma con mostrar lo que pasa sin profundizar en lo que siente. Podríamos pensar que no le interesa perseguir jovencitas porque eso ya lo tiene en casa. No es un razonamiento seguro si comprende que le dobla la edad a su pareja y que esa unión resulta inestable. En ningún instante respalda el remate a esta íntima propuesta, tan espectacular y cinematográfico como escasamente coherente.

Tampoco lo son los videos que observa en el ordenador, con osos haciendo de las suyas. Se supone que será importante para su nuevo proyecto, del que no sabemos nada. Ni siquiera las líneas principales. Tommaso es Abel Ferrara y éste habla de sí mismo sin más detalles que los que le interesa contar. Se le suma un protagonista excepcional e intenta con su puesta en escena convencer más que agradar.

Todo tiende a ser sombrío, desde las relaciones humanas hasta el color que se hurta en las imágenes. Va en descenso hacia el pesimismo, y esa sensación nos invade entre secuencias valiosas y otras que hubieran debido aligerarse. El responsable de esta producción se mira a sí mismo y pretende que todos clavemos sus ojos en él. Entonces es cuando te das cuenta de que hay mucho oropel. El templo de las leyes caerá y un nuevo templo de la verdad debe ser construido. Esa es su visión apocalíptica de la sociedad actual.  También quiere adoctrinarnos, pero su discurso se pierde entre desnudos femeninos, vacilaciones y una pareja que se quiebra a pasos agigantados. En ese escenario dar lecciones resulta bastante pretencioso.

From → Cine

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