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Una ventana al mar (***)

1 octubre 2020

La vida que queríamos tener

Una bilbaína a la que le diagnostican un cáncer de colon en fase avanzada viaja con dos amigas a Grecia. Cuando visitan la isla de Nysiros decide quedarse en ella y allí encuentra un nuevo amor en la figura de marinero. Pese a las continuas demandas de su hijo para que regrese, ella decide romper son su pasado.

Puede haber sensaciones encontradas a la hora de enfrentarse con Una ventana al mar. Sin duda, es la película más personal y calibrada de Miguel Ángel Jiménez, que muchos tildarán de lenta y otros de conformar únicamente bellas postales de Bilbao y distintos puntos de Grecia. Algunos, entre los que nos encontramos, valorarán unos encuadres diseñados con mimo, una brillante actuación de sus dos intérpretes principales y una sensibilidad que apenas se podría vislumbrar en su autor si tenemos en cuenta sus trabajos precedentes para la gran pantalla.

María -Emma Suárez- es una funcionaria de la ópera bilbaína a la que se le diagnostica un cáncer de colon en fase cuatro. Una vez superada la primera tanda de quimioterapia decide seguir adelante con sus planes. Desoyendo a su hijo Imanol -Gaizka Ugarte-, viaja a Grecia con sus dos mejores amigas y sus respetivas parejas. Desde Atenas, con sugerentes imágenes de la Acrópolis, el barrio de Plaka y Monasteraki o el Mercado de Las Pulgas, se trasladan a Nysiros, una isla menos rimbombante que otras compañeras del Egeo.

Cuando llega el momento de regresar, la protagonista decide quedarse. Previamente se había adivinado su actitud al alejarse de sus compañeras, soltarse el pelo y recorrer en solitario los alrededores con una motocicleta. Hay una línea de diálogo que puede explicar perfectamente su reacción al enunciar una de sus amigas que nunca tendrán la vida que esperaban cuando eran jóvenes. María replica diciendo que tal vez algunos sí; los que se atreve, los que no tienen miedo. Ella confiesa que no ha sido de esas mujeres y es posible que haya llegado el momento, cuando la muerte acecha y no tiene nada que perder.

En Nysiros conoce a un marinero local ya entrado en años, Stefanos -Akilas Karazisis-. Recoge esponjas del fondo del mar, siguiendo la tradición familiar y con su barco también lleva cargamentos a la vecina Kos. Le ayuda Sotiris -Kosta Petrou-, al que acompaña su novia, Aretina -Katerina Zafeiropoulou-. Entre la española y Stefanos surge una evidente atracción, tal vez impulsada por cierta necesidad, aunque prima más el hecho de tratarse de dos personas solas, sin apenas esperanza, que viven el presente con la misma desconfianza que les separa el futuro. Él ha perdido a su esposa en un accidente de tráfico y vive en el barco. Solo regresa al que fue su hogar para lamentar la pérdida y refugiarse en la bebida.

Hasta entonces, Miguel Ángel Jiménez retrata los estados de ánimo aprovechándose del paisaje. El entorno gris de la ría de Bilbao da paso al colorido natural del Egeo, con su mar turquesa, sus casas encaladas y las persianas azules de madura. Del pesimismo se pasa al optimismo con el denominador común del agua. El mar, la piscina, la ducha, las olas golpeando las rocas, el murmullo de la pleamar…

Tantas veces unido al plano sexual, el erotismo está de igual forma presente en el largometraje. Las amigas se bañan desnudas en una playa solitaria, las parejas se besan a su paso y Storis y Aretina representan lo que podrían haber sido Maria y Stefanos si se hubieran conocidos treinta años antes. Sí, la puesta en escena es lenta, pero estamos obligados a admirar estos detalles, como la mano que hurga entre las piedrecitas de una cala, algunas de las cuales parecen incrustadas en el rostro y el torso del personaje central. Siempre como epicentro de planos elegantes, de contraluces bien buscados.

Es cierto que hay cierta languidez en la fase final. Una enfermedad terminal obliga a que el relato se enrosque sobre sí mismo por mucho que su responsable intente huir de secuencias lacrimógenas y aspectos melodramáticos. Ese decaimiento se intenta subsanar con algunos planos que destacan todavía más por la fotografía de Gorka Gómez Andreu y el subrayado de la suave partitura de Pascal Gaigne. Son instantes que nos iluminan, como el de Emma Suárez en una isleta que rememora a La Sirenita de Copenhague, o la forma en que la traslada su nuevo enamorado sobre la superficie del agua su nuevo enamorado, quien le inyecta calmantes para mitigar el dolor acogiéndola como si ambos sirvieran de modelos a una Piedad.

De nada valen los anhelos de Imanol para que su madre vuelva a casa. Ella vive la felicidad cuando todo apunta a la tragedia. Sabe que no hay esperanza y se aferra al presente. ¿Dónde vamos esta tarde?, le pregunta a Stefanos aun sabiendo que quizá no pueda llegar a esas horas. Lo mismo sucede con el marinero. Vive su último estado de placidez en la casa donde un día fue feliz con su esposa. Storis y Aretina serán quienes ocupen su lugar.

From → Cine

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