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Rifkin’s Festival (***)

2 octubre 2020

Rifkin’s Festival – Otra de Woody Allen

Un matrimonio estadounidense acude al Festival de San Sebastián. Ella lleva las relaciones públicas de un egocéntrico director francés de quien se enamora y él se rinde a una doctora residente en la ciudad. Ambos quedan rendidos al encanto de la ciudad mientras se rinde homenaje al cine europeo de autor.

Si Woody Allen no hubiese rodado cuarenta y ocho películas antes que ésta no cabe duda de que nos habríamos rendido a Rifkin’s Festival. Sin embargo, la historia en esencia nos la ha contado muchas veces, aunque la particularidad sea en este caso una ciudad tan espléndida como San Sebastián. Ni la fotografía del brillante Vittorio Storaro se necesitaba para magnificar a la Bella Easo. Es más, ni siquiera la mejora.

Una agente norteamericana debe viajar al Zinemaldía por motivos de trabajo y arrastra consigo a su marido. Sue –Gina Gershon- emplea casi todo su tiempo en acompañar a un ególatra cineasta francés, Philippe –Louis Garrel-, de quien se termina enamorando. Su esposo, Mort Rifkin –Wallace Shawn- da clase de cine en su país y sueña con escribir una gran novela, toda una obra de arte a la altura de los autores más reconocidos de la historia, pero que ni tan siquiera llega a atisbarla en el horizonte.

Es el alter ego del genio neoyorquino, con sus miedos, su escaso complejo de inferioridad mal llevado y hasta sus sesiones de psicoanálisis y su cara a cara con la muerte, representada por Christoph Waltz en un remedo de El séptimo sello. Mort es un apasionado del cine europeo de autor, desde Buñuel a la nouvelle vague, y en sus sueños se recrean pasajes de títulos míticos, como Jules et Jim, Ciudadano Kane, El ángel exterminador, Comida sobre la hierba o Al final de la escapada. Ni que decir tiene que detesta las películas de Philippe, a las que considera vacías de contenido.

Entre su depresión por ver como su mujer está más pendiente del francés que de él, y que no tiene con ella el menos momento de intimidad, llega a prendarse de Jo Rojas –Elena Anaya-, una doctora a la que acude por tener un dolor en el pecho tras la recomendación de un amigo –Steve Guttenberg-.  Con ella recorre la ciudad y sus alrededores, prendándose todavía más de Guipúzcoa. Sabemos que ese idilio no llegará a ninguna parte, tanto por el aspecto físico de los personajes como porque el creador se reserva habitualmente el aspecto más depresivo.

Como suele ser habitual es sus películas, cada personaje tiene su contrapunto y el de la médica es un compañero impulsivo llamado Paco al que da vida de forma exuberante un Sergi López, que llega a romper cierta monotonía en la parte final, junto cuando el largometraje es más predecible y repetitivo teniendo en cuenta la filmografía de Allen.

Esos sueños recurrentes de obras de arte podrían ser geniales si no los hubiésemos referenciado con anterioridad. Fue mucho más transgresor en su día cuando presentó a Marshall McLuhan en la cola de un cine en Annie Hall. También sus ironías y sus chistes sobre judíos hace tiempo que no son tan punzantes como en títulos precedentes. De todas formas, ver una película de Wooy Allen siempre es un disfrute y ésta no iba a ser menos. Esta coproducción entre Estados Unidos, España e Italia, complacerá a sus fans, entretendrá a una mayoría y dejará cierta incertidumbre entre los más exigentes, que aguardarán con especial empeño el film número cincuenta.

Todas las claves clásicas de su cine están presentes en Rifkin’s Festival. También la forma de colocar la cámara y el aprovechamiento de los lugares, aunque las imágenes del Hotel María Cristina puedan parecer bastante recurrentes. San Sebastián no tiene un parque como Central Park, con sus puentes y pasadizos, por lo que ha tenido que refugiarse en un quiosco de música, en una bella postal desde el monte Urgull y en los planos en torno a la playa de La Concha.

Todo está bien engranado, incluso la mayoría de los intérpretes, como suele ser habitual. El pero viene porque en sus últimas propuestas Allen parece que fabrica sus guiones dando a una manivela y, para colmo, su acidez y su descaro están más reprimidos. Nos gusta el Woody Allen más comprometido, el que sabe tapar un revés con la frase más ingeniosa. Ese es el cineasta excelso que confirma en cada secuencia su inteligencia y hace que nosotros también lo seamos. El de Rifkin’s Festival es brillante, como siempre, aunque no se confirma como superlativo.

From → Cine

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