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El diablo entre las piernas (***)

24 febrero 2021
El diablo entre las piernas

Celos en la tercera edad

Todos los días Beatriz es víctima de insultos, vejaciones y humillaciones por parte de su celoso esposo, pero no huye de su lado porque han creado una codependencia y, al menos ella, no concebiría su vida de otra manera. La mujer, a fuerza de sentirse vejada, se siente deseada y sobre todo deseable.

Hace más de medio siglo que el mexicano Arturo Ripstein está ligado profesionalmente al séptimo arte. A finales de la pasada centuria, mostrando claras influencias buñuelianas, fue capaz por sí solo de sostener la cinematografía de su país. La soledad del ser humano y lo escabroso son denominadores comunes de su obra, que ahora da una vuelta de tuerca con los dos personajes centrales de esta propuesta que se alzó con el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Málaga.

Una vez más, el guion de Paz Alicia Garciadiego, esposa del cineasta, y la puesta en escena de Ripstein se conjugan para irritarnos. Para mostrarnos una parada de los monstruos muy particular y centrada en personajes casi octogenarios que viven su propia sexualidad. La mayor parte del tiempo se muestran en paños menores. Incluso desnudos, lo que no deja de ser una provocación para muchos espectadores.

Alejandro Suárez interpreta a un personaje -El Viejo- consumido por los celos. Su esposa Beatriz -Sylvia Pasquel- tuvo una vida desenfrenada antes de casarse con él hace treinta años y eso le consume. Entiende que su deseo sexual es tan fuerte que le engaña de continuo. Provoca reacciones airadas en el hombre que termina por vejar a su mujer constantemente, pero ella permanece a su lado porque se ha establecido entre ambos un vínculo férreo.

No quita para que cada mañana Beatriz salga de casa con una bolsa en la que lleva zapatos y un vestido ad hoc para bailar tango con su pareja habitual en una academia. Ese espacio de tiempo lo aprovecha el marido para visitar a Isabel –Patricia Reyes Spíndola-, la peluquera de la zona. Representan lo que ahora se denomina como follamigos. Su relación se basa en la verdad y por eso no están heridos de amor.

El esposo de Isabel conoce perfectamente la situación y se queda en un segundo plano. Otro aspecto irritante, al menos para el amante, quien llega a afirmar que se siente celoso de que no tenga celos. Hay otro personaje, la asistenta Dinorah -Greta Cervantes-, que pasará de ser testigo a tomar parte de una historia en la que Beatriz, después de soportar vejaciones sin cuento decide salir una noche para encontrar sexo, para satisfacer ese diablo que tiene entre las piernas y que la consume cada día.

No hace ascos a un consolador, tira los tejos a su pareja de baile y reclama al propietario de una pensión –Daniel Giménez Cacho– para que la satisfaga. Siempre, bajo la atenta mirada de Greta, que pasa de admirar su decisión a ponerse de lado del viejo. Me gusta que se haya dado gusto, le dice antes de una acción que desatan unos acontecimientos imprevisibles.

Para contar esta historia Ripstein ha necesitado dos horas y veintisietisiete minutos. Otro aspecto más de irritación. Metraje exagerado, aunque consideremos los silencios, los planos secuencias tomados con calma y las conversaciones clásicas en su cine. Diálogos que acumulan frases profundas y rimbombantes con las que el espectador no tiene que estar siempre de acuerdo. Por ejemplo, la visión tan particular de la descendencia. Los hijos nunca son como uno espera. Ni siquiera se admiten réplicas. Son sentencias que se dan por aceptadas.

La película discurre a ritmo lento, al propio de la tercera edad, con personajes al borde del suicidio en cada paso. Sin embargo, como bien dice Greta, no merece la pena si la muerte está a punto de llamar a su puerta de forma natural. Con una resaltable fotografía en blanco y negro a cargo de Alejandro Cantú, son llamativos los escenarios abigarrados tan queridos por el director.

El domicilio de la pareja protagonista llega a parecer una tienda de antigüedades que recuerda el oficio de farmacéutico homeopático del hombre, ya que no terminó los estudios de medicina, su verdadera vocación. Adornan también la sexualidad que se respira en el film. Una especie de reverso imaginativo de Un tranvía llamado deseo.

From → Cine

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