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Amalia en el otoño (1/2)

6 julio 2021
Amalia en el otoño

La aceptación de ser viuda

Acaba de cumplir 77 años y vive sola desde que hace diez años falleció su marido. Su hija Isabel decide internarla contra su voluntad en una residencia. Amalia se encuentra con la sorpresa de que su vida en dicho centro no es como ella pensaba. Pasados unos meses, la COVID-19 aparece en la vida de todos.

Dos debutantes, Anna Utrecht y Octavio Lasheras han unido sus esfuerzos para llevar a la pantalla su propio guion. Una historia que ofrece muchas aristas sin que en ningún momento se concrete alguna de ellas. Pretende que, hasta en los pasajes más dramáticos, haya un punto de ilusión y optimismo. Es de agradecer, aunque a cambio va dejando esquirlas en el camino. Miguitas de pan que no sirven para encontrar el camino adecuado.

En un intento de drama aligerado dentro de una apuesta coral destaca María José Alfonso. En su papel de Amalia está muy por encima del resto del reparto, aunque tampoco tenga muchas oportunidades para el lucimiento. Es una persona mayor, que se conserva en buenas condiciones físicas y mentales, pero su hija Isabel, que se va a trabajar a Suiza, decide internarla en una residencia para que no se encuentre sola. Hace diez años que falleció su marido y está preocupada por ella.

Más que preocupación, es un ordeno y mando. Parece una imposición que Amalia no acepta de buen grado. Sin embargo, su vida en el centro también está llena de optimismo. Conoce a dos aduladores ya desfasados –Máximo Valverde y Manolo Zarzo– con los que vivirá inocentes aventuras con la aquiescencia de otros dos internos. También con el director haciendo la vista gorda. Los demás residentes, ni siquiera tienen más encaje que una hierática figuración.

Se pone en solfa la soledad de los ancianos, los escasos encuentros con sus hijos y lo que les reconforta una mínima visita. Incluso, la protagonista echa en falta a Juan, que trabaja en los Estados Unidos. También se intenta poner en valor la camaradería dentro de una residencia. Se hace de una manera tan simple que cualquier atisbo de presentar alguna temática se queda en un par de líneas. Otro caso es el de hacer la vista gorda ante las apropiaciones familiares. A su edad, el personaje central apenas se preocupa por ello.

Entre otras curiosidades incluimos la buena comida de la que disfrutan los residentes, gracias a una simpática María Gracia, y los abusos machistas ejercidos por el personaje de Tony Antonio. Se trata de pinceladas casi siempre inconexas que permiten la presencia de algunos nombres reconocibles, como Saturnino García o Willy Montesinos. Sin embargo, ninguno de ellos tiene oportunidades en el guion para mostrar sus cualidades ante las cámaras.

Cada secuencia parece no tener nada que ver con la anterior, y aunque la puesta en escena resulte aceptable, la historia se pierde en querer decir mucho y no contar nada. Se plantean muchos asuntos, y en ningún caso llegan a concretarse. Todo es amable y nada es concreto. Ni siquiera se ofrece ningún apunte acerca de la incidencia de la COVID-19 en las residencias, especialmente en el caso de la Comunidad de Madrid. Basta con ver un plano con mascarillas para señalar la pandemia.

Los recortes provocados por la crisis económica, las concesiones a cambio de sexo o la extensión de la vida profesional son otros vértices de este poliedro que, pese a sus setenta y cinco minutos de duración se hace mucho más largo. El diseño de los personajes es demasiado lineal y, con la escasa incidencia de cada una de las propuestas que contiene el film, parece como si se predicara en el desierto. Nada de lo que se dice deja poso porque el dramatismo se diluye y los aspectos de comedia nunca llegan a interesar.

From → Cine

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