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Tokyo Shaking (**1/2)

13 octubre 2021
Tokyo Shaking

Entre el deber y la familia

11 de marzo de 2011. El mayor terremoto que ha experimentado Tokio en las últimas décadas desencadena el desastre de la central nuclear de Fukushima. Alexandra acaba de llegar al país oriental procedente de Francia para trabajar en un banco y tiene que afrontar una crisis para la que no está preparada.

Al igual que J.A. Bayona se fue al otro lado del mundo para centrarse en Lo imposible, esta coproducción francobelga nos lleva hasta Japón para referirse a otro tsunami, el derivado del mayor terremoto que ha registrado el país en décadas y que originó el desastre nuclear de Fukushima en marzo de 2011. A más de doscientos kilómetros de distancia, en Tokio, los problemas se veían muy lejanos, incluso para la recién contratada por el Credit de France, una institución financiera en la que se responsabilizaba de evaluar los riesgos financieros.

Dominique Besse -Philippe Uchan-, el director de la oficina de la capital nipona contrata a Alexandra Pacquart -Karin Viard-, una brillante ejecutiva, que hasta entonces desempeñaba sus labores profesionales en Hong Kong. Ahí empiezan los problemas, porque es difícil ver a estos dos actores desempeñando el rol que juegan en este film de Olivier Peyon. El caso es que la protagonista, en su corta estancia en su nuevo puesto, le ha dado tiempo para comprobar la valía de una subalterna, Kimiko -Yumi Narita- y del becario Amani Sassou -Stéphane Bak-.

Después de prometerle hacerle fijo, dada su capacidad, es el propio Besse quien le anuncia un recorte de personal ordenado desde la central. Es el anticipo de un comportamiento cínico e interesado que desembocará más tarde, una vez que se produce el terremoto y se suceden los problemas en la central de Fukushima. Un vecino de Alexandra, Michel -Jean-François Cayrey-, que trabaja en una empresa subsidiaria de la central dice que no hay motivos de preocupación. Sin embargo, la situación cada vez es más insostenible.

Finalmente, una nube tóxica amenaza a Tokio. Las evacuaciones se llevan a cabo por millares. Los hijos de Alexandra se reúnen con su padre en Hong Kong mientras ella elabora la lista de trabajadores que subirán al avión fletado por su compañía crediticia. Pero esa promesa anunciada por su jefe no pasa de ser una mera hipótesis. Ese es el momento en que la protagonista tendrá que sopesar si debiera juntarse con los suyos o permanecer al frente de un barco a la deriva junto a unos subordinados fieles empujados por la necesidad.

La parte final, cuando el conflicto llega al clímax resulta más difícil de aceptar. Los personajes parecen desplazarse por la pantalla como pollos sin cabeza, aunque es lo que sucede a su alrededor lo que realmente nos interesa. De sobras es sabido que las empresas no tienen corazón. Esa frase llega al culmen cuando la entidad francesa quiere rendimientos económicos por encima de la salvaguarda de las vidas humanas. Primero, los números; después, las personas.

Se apuntan otras cuestiones que quedan esbozadas. La principal es la presencia de una mujer en puestos ejecutivos en una sociedad mayoritariamente machista. También, la entrega incondicional de la mayoría de ejecutivos eficientes. Alexandra, tras más de un mes en su nuevo destino, apenas conoce nada de la ciudad en que trabaja. Mucho menos de sus costumbres. Su perro no puede pisar el lobby del exclusivo edificio donde vive. Ha de llevarlo en brazos o montado en un carrito como si se tratase de un bebé.

Peyon no recurre a grandes efectos visuales y reduce al mínimo los costes de producción. No obstante, consigue sacarle partido a un par de secuencias para las que exhibe más talento que alharacas. La nube tóxica que amenaza Tokio es creíble, máxime por el desempeño de los personajes, aplicados en sellar puertas y ventanas. El resto se ve respaldado por los noticiarios televisivos e, incluso, por la aparición del propio emperador para referirse a una situación que, hace poco más de una década, adquirió tintes trágicos por momentos.

From → Cine

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