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Delicioso (Délicieux) (***)

3 enero 2022
Delicioso

Francia, 1789, justo antes de la Revolución Francesa. Con la ayuda de una mujer inesperada, un chef que ha sido despedido por su jefe, un reputado noble, encuentra el valor para abrir un restaurante por sí solo. Al mismo tiempo, cocina a fuego lento una venganza favorecida por los tiempos de cambio.

Poco más de un lustro después de Pastel de pera con lavanda el cineasta francés Eric Besnard regresa a mesa puesta. Esta vez ubica su propuesta en los meses anteriores a la Revolución Francesa, cuando Pierre Manceron -Grégory Gadebois- es el jefe de cocina del Duque de Chamfort -Benjamin Lavernhe-. No se le ocurre otra cosa que en una comida en la que su feje se jugaba llegar a París con todos los honores que presentar un plato de su creación a base de patatas y trufa. Le llamó delicioso.

El ágape era un éxito hasta que un representante del clero reprendió esa novedad. Todo aquello que se cultiva bajo tierra no es digno de ser servido en las mesas de alcurnia, dijo. Manceron se negó a disculparse pese a las órdenes del conde y cayó en desgracia. Regresó a un hogar humilde junto a su hijo Benjamin -Lorenzo Lefèbvre-, donde instauró un pequeño negocio para aprovechar el paso de las postas. Eran tiempos en los que solo los viajeros o las diligencias se detenían en el camino para comer y abrevar sus monturas.

El chef demostró su orgullo y su intransigencia al no disculparse. También era consciente de que, antes o después, el conde reclamaría sus servicios puesto que ningún otro cocinero que llegó a sus fogones poseía su maestría. Al tiempo, su negocio florecía gracias a la presencia de Louise -Isabelle Carré-, una mujer que se acercó a la posada pretendiendo ser aprendiza. Se desvelará más tarde que también pretendía restañar una afrenta por parte del conde.

Besnard se luce con el paso de las estaciones. Brilla la infinidad de los tonos pardos del invierno y se recrea con la nieve. En interiores, cuando se acerca al fuego, sus encuadres parecen bodegones clásicos, hasta el punto que, de ser cuadros, bien podrían estar firmados por el propio Murillo, o quizás por Durero. La época que retrata se brinda a ello. Es un tiempo de cambio, como bien proclama Benjamin. El pueblo, que pasa hambre, está harto del boato y el dispendio de la Corte.

Entre apetitosos platos, una aproximación al thriller y los albores de una nueva era que cambiaría el mundo, la cinta discurre con placidez. No se recrea en las elaboraciones ni busca elementos diferenciadores más allá de una presentación apetitosa y algunas frases que demuestran el corporativismo de la alta cocina gala. Ni canela, ni jengibre, ni otras especies exóticas. Hay que potenciar la oferta con las especias de la zona. No eran buenos tiempos para la fusión, ahora tan de moda.

Es la parte final la que se torna chauvinista y se recrea con la posición de los restauradores galos. Si Pierre Manceron hubiera existido realmente, hasta Ferran Adrià tendría que estar rendido a sus pies. Según la película, inventó el restaurante, tal y como ahora lo conocemos. Mesas separadas con manteles y flores en el centro. También fue de su equipo la autoría de la carta, promocionarla en el exterior con el precio, presentar un menú con dos platos, queso y postre, o dar al conocer al mundo las patatas fritas. Cortadas en gajos, naturalmente.

Funciona en el film, pero también permite que nos las traguemos dobladas. Parece impensable que un chef, su hijo y una aprendiza puedan dar semejantes saltos en el tiempo a finales del siglo XVIII. Con la perspectiva actual, no desentona, pero tantas innovaciones para la época parecen un desatino. Especialmente, si se presentan todas prácticamente a la vez.

From → Cine

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